Así se fabrica un escándalo: las claves

España no tiene una teoría del poder; tiene una costumbre. Y esa costumbre se escribe en capítulos que empiezan siempre igual: un nombre propio, una filtración oportuna y un país que reconoce la escena antes de entenderla. Cambian los actores —de Felipe González a Mariano Rajoy, Zapatero o Pedro Sánchez— pero el decorado sigue siendo reconocible: poder, sospecha y micrófono. Por ello, debemos entender sus claves, las que fabrican el escándalo.
Primera clave: el nombre. Todo escándalo necesita bautismo rápido. Antes fue Caso Filesa; después, Caso Gürtel; hoy es el caso Koldo, hermanísimo, Begoña, financiación irregular… La complejidad se resume en una etiqueta que cabe en un titular y se repite hasta volverse verdad compartida, porque, claro, todo es sospecha y bulos para los implicados.
Segunda clave: la filtración interesada. No hay sumario sin gotera. Lo que debería habitar en el despacho de un juez aparece en las portadas mientras el país desayuna. ¿Quién ha informado al informador? La justicia escribe despacio; la prensa, deprisa. Y las partes susurran al oído del interesado.
Tercera clave: el héroe provisional. A veces es un juez, otras un guardia civil, otras un político arrepentido. Hoy, puede ser el teniente coronel Antonio Balas; mañana será otro. España fabrica iconos con la misma rapidez con la que los olvida y eso que son quienes aseguran un país libre.
Cuarta clave: la memoria selectiva. Aquí es donde el escándalo se vuelve tradición. Se invoca a Felipe González y los GAL, a Mariano Rajoy y Gürtel, a Zapatero, Venezuela, China…, a Pedro Sánchez necesito un apartado propio por amplitud, (lo dejo para otro momento), para explicar el presente como si fuera una secuela inevitable. Nadie recuerda todo, pero todos recuerdan lo útil.
Quinta clave: la política. Pedro Sánchez apela a la presunción de inocencia que no concedió a otros y aplicó con la tremenda –moción de censura–; Alberto Núñez Feijóo exige responsabilidades; Santiago Abascal eleva el tono hasta convertir el caso en síntoma de decadencia nacional. En paralelo, Yolanda Díaz intenta sostener un equilibrio cada vez más frágil para aguantar un poco más en el sillón. Todos hablan de los casos; todos hablan, en realidad, de su posición en el tablero, hasta que la ciudadanía pueda libremente elegir.
Sexta clave: el medio. Porque sin altavoz no hay escándalo. El lunes exige otro lunes, y la noticia pide continuidad como si fuera una serie. Los nombres cambian, pero la mecánica es siempre la misma: alimentar el relato para que no decaiga cuando hay tanto ladrón. Lo que ocurre es que cuando los malos tocan las narices con lo de seudo medios, hombre… ¡Mírense al espejo!
Séptima clave: la justicia. Mientras el país corre abrumado, el Tribunal Supremo camina, porque debemos creer en ellos, son el bastión inexpugnable de España que nunca será asaltado, que tome nota el Constitucional. Y, así, cuando llegue la sentencia —cuando toque—, el foco ya estará en otro caso, en otro nombre, en otra sospecha.
Octaba clave: el ciudadano. Ese espectador que ha aprendido a no sorprenderse. Que escucha corrupción y ya no pregunta «qué ha pasado», sino «a quién le toca». Entre el escepticismo y el cansancio, ha convertido la política en un hábito, no en una esperanza.
Y la última clave, la que no se escribe: en España el escándalo no necesita demostrarse para existir; le basta con parecer verosímil. Como ya advirtió Charles de Gaulle, la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos. Aquí, además, la hemos convertido en espectáculo continuo. Qué decepción la de los socios de Pedro Sánchez: tan impolutos en la moción de censura y hoy tan cómodos en la indulgencia. Miran hacia otro lado sin que se les altere el pulso ni les quite el sueño. La historia que es implacable les juzgará.
Manual español de escándalos. Edición permanente. Con nombres propios… y finales siempre provisionales.
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