8M: el fin y los medios

8M: el fin y los medios
  • Diego Vigil de Quiñones Otero

Una frase muy repetida habitualmente es que el fin no justifica los medios. Se suele decir en casos extremos, para deslegitimar a quienes usan medios desproporcionados. Apenas nunca se suele expresar su consecuencia positiva: no es el fin el que justifica los medios, son los medios los que justifican el fin. Es decir, que si los medios son presentables, el fin puede ser acogido como lícito. Quien emplea un mal medio, por intolerante o totalitario, queda deslegitimado aunque persiga un buen fin. Del mismo modo, un buen fin empleará un buen medio pues no pretende añadir un mal mientras combate otro.

La aplicación de la teoría sobre la relación entre el fin y los medios a la celebración del pasado 8-M resulta bastante reveladora de la situación del feminismo en España. El fin debería ser, a priori, defender a la mujer de la opresión y desigualdad que padece en el mundo actual y ha padecido en la historia. Los medios deberían ser todos los lícitos de la lucha política democrática y pluralista.

En estos últimos días hemos visto a un Vicepresidente salir en defensa de su mujer Ministra para llamar “machista frustrado” a un ministro de Justicia que solo pretendía hacer correcciones técnicas a una Ley para que no sea inconstitucional. Hemos visto también la expulsión del Partido Feminista de la coalición Izquierda Unida. Hemos visto unas manifestaciones en las que ha “echado a patadas” a las líderes de Ciudadanos (a las del PP no las echaron porque mandaron a dos desconocidas y pasaron desapercibidas…si llega a ir Cayetana arde Troya), y a la Ministra del ramo justificar dicha acción autoritaria. Finalmente, parte del discurso de fondo se basa en que los hombres odian a las mujeres, y las matan por ser mujeres, prescindiendo voluntariamente de las verdaderas causas de las agresiones (el alcohol, las drogas, el bestialismo, las crisis familiares, las angustias económicas o la mala educación y otros males).

Junto a todo esto, hemos visto un planteamiento metodológicamente marxista en el enfoque de las manifestaciones: se identifica opresión con superestructura capitalista (olvidándose, eso sí, de algunos opresores como dictaduras islámicas o comunistas –estaría bien conocer la situación de la mujer en China o Cuba-), se plantea una “lucha de clases” de las mujeres contra los hombres, y de paso se aprovecha para introducir otras causas tangentes en el enredo (por ejemplo, un portavoz de la cosa salió diciendo que sólo la escuela pública y laica garantizaba la igualdad, como si fuésemos idiotas y no supiésemos que la enseñanza de élite –privada, en tanto el marxismo ha impedido que la haya estatal- tal vez sean el mejor instrumento de empoderamiento femenino en nuestra sociedad).

Todos estos medios empañan el fin del 8M. Primero, porque las agresiones y los medios autoritarios como la expulsión de Ciudadanos o los ataques al Partido Feminista deslegitiman al movimiento por su falta de civismo democrático. Segundo, porque la identificación estratégica con el marxismo supone una captura izquierdista del movimiento feminista que lo aleja de sus fines propios para (por vía de los medios) aproximarlo a los marxistas. Tercero, porque los hombres y las mujeres tienden a quererse e interesarse más aun que los empresarios y los empleados (mal que le pese al marxismo). Y por ello, el razonamiento de fondo es como mínimo confuso, pues aunque son evidentes y lamentables las agresiones, no es en absoluto evidente que haya un odio generalizado a las mujeres por ser mujeres.

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