Pedro, elige: o estadista o populista

Pedro Sánchez
Pedro Sánchez en una reciente imagen (Foto: Efe).

Había pocas dudas de que los dos mejores presidentes de la democracia son por derecho propio Felipe González y Mariano Rajoy pero, visto lo visto, ya no existe ninguna. Deliberadamente no incluyo a Adolfo Suárez porque el de Cebreros ha jugado y jugará siempre en otra liga: un personaje histórico que trajo las luces de la libertad a este país tras 36 años de oscuridad. El presidente en ejercicio figurará por derecho propio en las enciclopedias por haber evitado a España un rescate que le exigían a voces Bruselas (UE), Fráncfort (BCE) y buena parte de sus asesores pero gracias a Dios no Berlín (Merkel). El pontevedrés de Santiago le echó arrestos a la cosa y nos ahorró a todos los españoles ese terrible protectorado de los hombres de negro que para su desgracia tan bien conocen portugueses, irlandeses y muy especialmente griegos.

Su respuesta al golpe de Estado catalán es igualmente encomiable con la excepción de ese límite temporal del 21-D que se antoja demasiado poco tiempo para cambiar la democrática dictadura que asuela Cataluña desde hace casi cuatro décadas. Rajoy hizo lo que seguramente sólo González se hubiera atrevido a hacer: aplicar el 155. No veo yo al Aznar de las mil y una cesiones atreviéndose a echar mano de un mecanismo tan legal como contundente, menos aún al Zapatero del “aprobaremos el Estatut que venga del Parlament catalán”.

Felipe González nació estadista, con una flor en salve sea la parte y con carisma en cantidades industriales. El de Heliópolis no conquistó La Moncloa aquel 28 de octubre de 1982 en el que arrasó con 202 diputados, imbatido Récord Guinness de las democracias europeas. Aquel domingo de la ilusión fue el puerto de llegada de una carrera que había comenzado cinco años antes cuando decidió respaldar con su firma esos Pactos de La Moncloa que permitieron al gran Adolfo reencauzar una España con tasas de paro desbocadas y niveles de inflación mexicanos o argentinos.

José María Aznar hizo tres cuartos de lo mismo: estampar su firma junto a su odiado Felipe González en los Pactos Autonómicos de 1992. Una jugada maestra que permitió quitar caspa a un Partido Popular que seguía estando mal visto en algunas comunidades por culpa del pasado franquista del fundador Manuel Fraga. Para ganar España tenía que pegar el estirón en regiones como la Comunidad Valenciana, Asturias, Murcia, Castilla-La Mancha o esa Andalucía que suministra al Congreso un zurrón de diputados (concretamente, 61). 

A Zapatero se le puede echar en cara su ruinosa gestión económica pero no su talante tolerante (y perdón por la cacofonía) ni desde luego su vis de estadista. El vallisoletano puso el turbo a la Presidencia del Gobierno el 8 de diciembre de 2000 al suscribir con José María Aznar ese Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que fue el principio del fin de ETA. Perdió a corto plazo frente a su rival para ganar el futuro a medio y largo plazo. Menos de tres años y medio después comprobó lo bien que te va en la vida cuando actúas como un estadista. 

Sobra decir, pues, que existe una regla no escrita en nuestra democracia que indica que para conquistar ese poder de verdad que es La Moncloa hay que haber hecho previamente gestos de estadista. La gente, que en contra de lo que piensan algunos políticos, no es gilipollas, aplaude la altura de miras de aquellos gestores de la cosa pública que hacen buena la máxima de Bismarck: “Los políticos piensan en las próximas elecciones, los estadistas en las próximas generaciones”.

Sé de buena tinta que a Pedro Sánchez, del que tengo un buen concepto en  lo personal y mejor que la media en lo político, alguien le formuló esta reflexión cuando el lío catalán se transformó como por arte de birlibirloque en golpe de Estado tejeril. Ese alguien que siempre le aconseja bien le recomendó respaldar sin fisuras al Gobierno, dar la sensación de ser un tipo de fiar, hacerse creíble ante los ojos de Juan Español, en resumidas cuentas, no pasar como el cantamañanas que es un Pablo Iglesias menos fiable que un trilero de la Gran Vía.

Dicho y hecho: Pedro dijo “sí”a Mariano aunque con ese límite temporal que se nos antojaba idílico y al final se ha demostrado claramente insuficiente para democratizar TV3, poner orden en esa policía política que son los Mossos y sacralizar la libertad de elección de la lengua vehicular en unas escuelas que son auténticas madrasas de independentistas. Claro que el que no se consuela es porque no quiere. Mejor dos meses que nada.

El peor enemigo de un Pedro Sánchez del que tengo cero dudas acerca de su constitucionalismo son esos barones que han hecho del PSOE un reino de taifas que deja reducido a la condición de juego de niños el de Al Ándalus. Una esquizofrenia que el Doctor Jekyll que es de día el secretario general del PSOE se convierta en un tan involuntario como metafórico Mister Hyde de noche. Nuestro protagonista tiene que poner en primera posición de saludo a un Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) en el que el mejor y más fiable en términos constitucionales es de largo Miquel Iceta. Es sencillamente impresentable que haya ¡¡¡51 municipios!!! gobernados por el PSC adheridos a la golpista Asociación de Municipios por la Independencia. Un disparate interplanetario en términos éticos y pragmáticos: la sangría de votos ha provocado que de cincuenta y tantos diputados hayan pasado a 16 en una década.

En ésas estábamos cuando llegaron Iceta y Sánchez, Sánchez e Iceta, el orden de los factores no altera el producto, y se pusieron como locos a proclamar urbi et orbi que en ningún caso facilitarían una mayoría constitucionalista en la Generalitat. Menos aún, si quien la encabezaba era esa política que llegará donde le dé la gana llamada Inés Arrimadas. Otra barbarité que resulta inaceptable e inexplicable siquiera en términos electoralistas. Si ese destino que está escrito en las estrellas conjuga el milagro dentro de tres jueves y Sánchez no facilita una Generalitat decente, legal y constitucional habrá firmado su sentencia de muerte. Y pasará a la historia como Pedro El Breve. El político Rocky que expiró, resucitó y volvió a palmarla al tercer año.

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