En los años 50, Argentina liberó animales exóticos en una isla remota para crear un ‘Arca de Noe’ turística: 65 años después, descubrieron que estaba invadida por faisanes
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Un proyecto para convertir la isla Victoria, a pocos kilómetros en barco de Bariloche, en un ‘arca de Noé’ turística y cinegética acabó en Argentina de la forma menos esperada: hoy el territorio está dominado por faisanes, las aves que se soltaron en los años 50. Ni un puma ha logrado frenarlos.
Aquel plan, ideado como una rarísima ‘arca de Noé’, reunió ciervos, jabalíes, visones y aves exóticas, pero fracasó pronto. Setenta años después, de las siete especies de aves liberadas solo queda una, y un trabajo científico ha medido hasta qué punto ha colonizado el lugar.
Un arca de Noé para turistas y cazadores
Durante la primera mitad del siglo XX, estancieros, cazadores y funcionarios de la administración de Parques Nacionales de Argentina introdujeron en la isla, de una forma u otra, ciervos europeos, jabalíes y todo tipo de árboles exóticos.
Plantaron secuoyas californianas, importaron visones americanos y se extraviaron gatos que acabaron asilvestrados. La lista de especies introducidas, en suma, fue larga y muy diversa.
El objetivo era aprovechar la problemática gestión privada anterior y transformar el lugar en un punto turístico de gran interés por su fauna, nativa o exótica, además de fomentar la caza en la región. En la década de los 50 llegó el turno de las aves: pavos reales, gallinas de Guinea y hasta cinco tipos de faisán.
La iniciativa descarriló enseguida. En 1959, la estación estaba cerrada y abandonada, y el proyecto quedó abandonado. Lo que se había soltado, en cambio, siguió ahí.
Lo que registraron las cámaras trampa
Entre junio de 2011 y mayo de 2012, un equipo del CONICET y de la Universidad Autónoma del Comahue colocó ocho cámaras trampa en la isla. Acumularon 710 registros independientes de mamíferos y aves terrestres, y solo dos correspondían a especies nativas: el chucao y el ratón colilargo.
El resto eran gamos, ciervos, jabalíes, visones y faisanes, y 222 de los registros pertenecían a estas últimas aves. Al contarlos, los investigadores hallaron 5,69 individuos por hectárea en las zonas alteradas y 1,77 en las poco alteradas.
Para tener una referencia, en el parque nacional de Khao Yai, en Tailandia, uno de los lugares de origen del faisán plateado, la densidad es de 0,15. Incluso en las zonas menos alteradas, la densidad es casi doce veces la tailandesa, y en las alteradas la supera en unas 38 veces.
Los números ayudan a dimensionar el fenómeno: 222 de 710 registros equivalen a casi uno de cada tres, una proporción llamativa en un espacio que nació como un escaparate de fauna variada y rara, una ‘arca de Noé’ a la medida de los visitantes.
Sin depredadores y con pinos
Hay un detalle revelador: los faisanes son más numerosos donde se plantaron pinos y eucaliptos para reforestar. No se trata de que se hayan adaptado mejor que la fauna local, sino de que aprovecharon el nuevo ecosistema para imponerse.
Cuenta también la falta de enemigos. En Asia, al faisán plateado lo cazan el gato leopardo y la comadreja siberiana, pero en la isla no había grandes depredadores: nada de lo que vivía allí podía comérselos, de modo que sus poblaciones crecieron sin freno. Ni siquiera la presencia confirmada de pumas desde hace 15 años ha frenado su expansión.
Esa es la gran preocupación de los investigadores: la isla Victoria es algo muy distinto a lo que la rodea, y nadie sabe qué pasará si estas aves logran salir de allí y extenderse por el territorio vecino.