Lula se erige en apóstol de la paz junto a Sánchez mientras 200 turistas quedan atrapados en tierra de los narcos
Los visitantes estuvieron inmovilizados durante horas sin poder abandonar el lugar

En el Brasil de Lula da Silva doscientos turistas quedaron atrapados este fin de semana en lo alto de un monte en Río de Janeiro en medio de un tiroteo entre la policía y el Comando Vermelho, una de las organizaciones criminales más violentas del país iberoamericano, cuyas favelas controlan con ley propia amplias zonas de la ciudad. Los visitantes, inmovilizados durante horas sin poder abandonar el lugar, vivieron en primera persona la realidad de un país que su presidente prefiere no mencionar cuando acude a foros internacionales a dar lecciones sobre la paz.
Precisamente, mientras el incidente se desarrollaba en Río, el presidente brasileño tomaba la palabra en Barcelona, en la segunda jornada de la Global Progressive Mobilisation (GPM) celebrada en la Fira de Barcelona Gran Via, en L’Hospitalet de Llobregat. Ante el auditorio, Lula se dirigió a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido) con una exhortación a favor de la paz en el mundo. «Por amor de Dios, cumplan con sus obligaciones de garantizar la paz en el mundo», dijo el mandatario iberoamericano mientras su nación sucumbe a la violencia entre bandas.
El mandatario brasileño reclamó a esas cinco potencias que convoquen una reunión urgente del Consejo de Seguridad para poner fin a lo que él mismo describió como «esa locura de guerras, porque el mundo no soporta más». Lula apostó, por un multiculturalismo reformado que, según sus palabras, logre «restablecer la credibilidad de la ONU» y garantice que las reglas internacionales valgan por igual para todos los países.
El presidente brasileño fue más lejos y acusó a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de haberse convertido en «señores de la guerra», reprochándoles que sus constantes vetos paralizan cualquier iniciativa de paz. Un señalamiento que contrasta con la realidad violenta de su propio país, que su gobierno nunca ha solventado. «Cuando uno aprueba una cosa, el otro la veta», denunció, antes de concluir que él no quiere guerra «ni con China ni con Estados Unidos», sino «paz, amor y fraternidad».
El contraste entre el discurso del presidente en el foro barcelonés y la realidad cotidiana de sus ciudadanos y turistas que visitan Brasil resulta elocuente. El Comando Vermelho, organización a la que las autoridades brasileñas llevan décadas combatiendo sin resultado definitivo, ejerce un control territorial efectivo sobre amplias zonas de Río de Janeiro, imponiendo sus propias normas en barriadas enteras y generando enfrentamientos con las fuerzas del orden que periódicamente siembran el pánico entre la población civil y los visitantes extranjeros.
La escena de doscientas personas inmovilizadas en un enclave turístico, incapaces de moverse mientras el fuego cruzado se desarrollaba a su alrededor, condensa una problemática estructural que ningún discurso en un congreso progresista internacional puede resolver. Cabe recordar que Brasil cerró 2024 como uno de los países con mayor número de muertes violentas del planeta, con decenas de miles de homicidios anuales registrados por sus propios organismos estadísticos.