Curiosidades

Las modas históricas más peligrosas jamás inventadas

A lo largo de la historia ha habido muchas tendencias y modas, muchas de ellas curiosas y otras también casi peligrosas.

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Modas peligrosas
Las modas históricas más peligrosas.
Francisco María
  • Francisco María
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Varios elementos de moda que hoy admiramos en museos o en películas históricas fueron altamente demandados y, en ocasiones, incluso costaban mucho dinero. En general, estas piezas reflejaban una imagen elegantemente sofisticada pero con frecuencia amenazaban la salud e incluso la vida de sus propietarias. A menudo, llevarse como se debía la moda del siglo pasado implicaba correr grandes riesgos; fue cierto para algunas personas que sufrieron intoxicaciones, para otras se desarrollaron enfermedades crónicas y para algunas acabaron enfrentándose a trágicos accidentes debido a un vestido o a algún accesorio.

Hay que decir que muchas de esas tendencias no nacieron por puro gusto. Los deseos de belleza estudiados, normas sociales difíciles de cuestionar o el interés en demostrar posiciones privilegiadas impulsaron muchos de los rasgos de las modas más arriesgados. El hecho de que la apariencia pudiera abrir o cerrar puertas o marcar diferencia entre clases sociales hacía que resultara normal aceptar riesgos hoy considerados evitables. A medida que el tiempo pasaba y que la medicina, la química y las leyes se vieron obligadas a hacer público el precio de estas tendencias, comenzó a descubrir cuánto costaba llevarse esa prenda u accesorio de esa manera.

Cosméticos que envenenaban lentamente

Durante siglos, una piel muy blanca fue sinónimo de prestigio. Tener el rostro pálido indicaba que no era necesario trabajar al aire libre, algo reservado a las clases acomodadas. Esa obsesión llevó a miles de personas, especialmente mujeres de la aristocracia europea, a utilizar maquillajes elaborados con plomo blanco.intoxicaciones alimentarias verano

El efecto era inmediato. La piel adquiría un aspecto uniforme que ocultaba manchas e imperfecciones. El problema aparecía después, cuando el uso continuado empezaba a dejar huella. Irritaciones, llagas, pérdida de cabello e incluso daños en el sistema nervioso eran consecuencias relativamente habituales. Lo más paradójico era que, cuanto más deterioraba el maquillaje el rostro, mayor era la cantidad que se aplicaba para disimular esos mismos daños. Se generaba un círculo del que pocas personas lograban escapar.

No fue el único producto cosmético peligroso. Durante el Renacimiento también se extendió el uso de la belladona para dilatar las pupilas. Se pensaba que unos ojos grandes transmitían juventud y atractivo. Bastaban unas gotas para conseguir ese efecto, aunque la planta contiene sustancias altamente tóxicas.

El arsénico también estaba de moda

Hoy cuesta imaginar que un color pudiera representar un riesgo para la salud. En el siglo XIX ocurrió exactamente eso. Los tonos verdes intensos se convirtieron en una auténtica sensación gracias a pigmentos fabricados con arsénico, especialmente el conocido verde de Scheele y, más tarde, el verde de París.

Aquellos tintes ofrecían una intensidad difícil de conseguir con otros materiales de la época. Vestidos, guantes, flores decorativas, sombreros e incluso papeles pintados lucían ese característico color esmeralda. El inconveniente era que el arsénico no desaparecía una vez aplicado sobre el tejido. Con la humedad o el desgaste podía desprender partículas tóxicas que terminaban siendo inhaladas.

Las consecuencias afectaban tanto a quienes vestían esas prendas como a quienes las fabricaban. Costureras y trabajadores de talleres textiles enfermaban con frecuencia, aunque en muchos casos nadie relacionaba sus síntomas con los pigmentos que manipulaban cada día. La explicación llegaría mucho después, cuando la toxicología empezó a desarrollarse como disciplina científica.

Corsés: belleza a costa del cuerpo

Pocas prendas simbolizan tanto la moda del siglo XIX como el corsé. Conviene hacer una matización importante: no todos eran peligrosos. Muchos se confeccionaban para sujetar la postura o adaptar la silueta sin provocar daños importantes. El problema surgía cuando la presión social empujaba a reducir la cintura mucho más allá de lo razonable.

Al apretar el corsé de forma extrema, la caja torácica perdía movilidad y los órganos internos sufrían una compresión constante. Respirar profundamente resultaba complicado. Comer con normalidad tampoco era sencillo. No sorprende que los desmayos se convirtieran en una imagen habitual en reuniones sociales de la época, aunque el cine haya exagerado el recurso en más de una ocasión.

También aparecían dolores de espalda, molestias digestivas y deformaciones progresivas del cuerpo. Algunos médicos comenzaron a denunciar estos efectos ya en pleno siglo XIX, pero cambiar un ideal de belleza nunca ha sido un proceso rápido. Durante décadas, la cintura imposible siguió siendo un símbolo de elegancia.

Vestidos capaces de provocar tragedias

Las enormes faldas sostenidas por miriñaques representan otra de esas modas que hoy parecen espectaculares, aunque en su momento escondían riesgos muy reales. Aquellas estructuras metálicas permitían crear vestidos de gran volumen, muy vistosos en salones y recepciones, pero bastante incómodos para la vida cotidiana.

Moverse con soltura era complicado. Cruzar una puerta estrecha, subir unas escaleras o simplemente girarse en un espacio reducido podía terminar en una caída. El mayor peligro, sin embargo, estaba en las llamas, porque no habría tiempo de quitarse la prenda si se incendiaba.Plomo

Tintes para el cabello y materiales inflamables

Los productos destinados al cuidado del cabello tampoco estuvieron libres de riesgos. Antes de que existieran controles sanitarios rigurosos, era relativamente habitual encontrar tintes que incorporaban plomo, nitrato de plata o derivados del alquitrán de hulla. Prometían resultados duraderos, pero muchas veces provocaban quemaduras químicas, irritaciones severas y reacciones alérgicas importantes.

Algo parecido ocurrió con algunos materiales utilizados en la confección de accesorios. El celuloide, uno de los primeros plásticos empleados a gran escala, parecía una solución moderna y económica para fabricar cuellos desmontables y otros complementos. El inconveniente era enorme: era extremadamente inflamable. Una chispa procedente de una estufa, una vela o incluso un cigarrillo podía convertir aquel accesorio aparentemente inofensivo en un foco de fuego.

Estas historias siguen siendo un buen recordatorio de que la moda nunca ha consistido únicamente en vestir bien. En ocasiones también ha reflejado hasta dónde puede llegar una sociedad cuando convierte la apariencia en una prioridad absoluta.

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