Eyam, el pueblo inglés que venció a la peste con un enorme sacrificio
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A lo largo de la historia se han cuantificado muchos brotes de enfermedades por toda Europa. Durante la Edad Media y la Edad Moderna, cada cierto tiempo una nueva enfermedad causaba estragos en muchas poblaciones europeas y americanas, y sus habitantes debían combatirlas con lo que podían. Fue el caso de la peste bubónica que llegó a Reino Unido ya en el siglo XVI.
Esta peste bubónica ya había hecho su aparición en diferentes ciudades europeas, y siglos antes en Asia. Se transmitía a través de la picadura de una pulga procedente de ratas infectadas. Las condiciones sanitarias de la época no ayudaron para que esta Peste se terminara con facilidad.
Eyam, el pueblo inglés
Cuando la pequeña población de Eyam conoció los primeros casos de Peste bubónica entre sus habitantes era el año 1665. El pueblo era una vía habitual de comerciantes que iban desde Sheffield hasta Manchester, y recibían gente de paso todos los días.
Uno de estos comerciantes de telares, George Viccars había viajado a Londres cuando el brote era muy potente en la capital, sin percatarse de que sus telares llegaron a Eyam infectados de pulgas. Se convirtió en la primera víctima de la peste en el pueblo.
Poco después, los habitantes comenzaron a sentir fiebre, vómitos y espasmos, además de apreciar inflamaciones en el cuello, ingle y los brazos. Lo peor era que la enfermedad se propagaba muy rápida y que eran muchos los muertos que dejaba atrás.
Un encierro voluntario
El pueblo, de unos 350 habitantes en aquella época, tomó una decisión voluntaria para no seguir expandiendo la enfermedad. Sin mandato desde la capital de Reino Unido, los habitantes de Eyam decidieron recluirse en casa sin salir durante un año.
No lo hicieron por temor a morir, su objetivo principal fue no propagar la enfermedad fuera de sus fronteras y así tener que lamentar más víctimas mortales.
La decisión fue impulsada por el nuevo reverendo de la iglesia, Thomas Stanley que, aunque en un principio se encontró con la resistencia de los vecinos, gracias a la ayuda del anterior reverendo y del conde de Devonshire, que se ofreció a llevar alimentos a los vecinos si cumplían la cuarentena, Eyam se quedó desierto durante 365 días.
Colocaron carteles para delimitar el pueblo, al igual que advertían a los comerciantes que pasaban por allí de la situación para que no entraran al pueblo. Cerraron la iglesia para evitar las concentraciones de gente y dispusieron fosas cerca de las casas donde la gente moría, para no tener que trasladarlas al cementerio.
Las cifras fueron 260 muertes de los 350 vecinos oficiales de Eyam. El 1 de noviembre del año siguiente, la peste bubónica desapareció, y en Eyam desde entonces se puede leer todavía: «Cualquier medida que se tome antes de una pandemia parecerá exagerada. Sin embargo, cualquier medida que se tome después de ella parecerá insuficiente».
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