TVE impuso a José Mota no hacer imitaciones de Ábalos, Koldo y Cerdán en su especial de Nochevieja
La dirección de TVE vetó a Ábalos, Koldo y Cerdán en el programa de José Mota
El especial de Nochevieja de José Mota en TVE, titulado El Juego del Camelar, tenía todos los ingredientes para convertirse en una demoledora sátira de la corrupción política española. Una parodia de El Juego del Calamar donde los principales dirigentes del país, incluido Pedro Sánchez, viajaban a una isla para someterse a pruebas relacionadas con mordidas, sobresueldos y tramas corruptas. Sin embargo, hubo tres ausencias tan sonoras como sospechosas: Koldo García, José Luis Ábalos y Santos Cerdán.
Los tres grandes protagonistas de la trama de corrupción del PSOE —dos de ellos actualmente en prisión en Soto del Real— no aparecieron en ningún momento del programa. Y no fue casualidad. Según ha podido saber OKDIARIO, la dirección de TVE impuso a José Mota que estos tres ex altos cargos socialistas quedaran fuera del guion. ¿Censura o blanqueamiento?
Un programa de humor sobre corrupción política en España que evita el caso PSOE es como hablar del Watergate sin mencionar a Nixon. Satirizar al PSOE omitiendo a Ábalos —ex ministro de Transportes y número tres del partido— es casi una broma, tanto como ignorar a Santos Cerdán, ex todopoderoso secretario de organización del PSOE que pasó varios meses en prisión preventiva, es más que un olvido.
Pese a todo hubo una versión muy bien recreada del clásico de la serie coreana «Luz roja, luz verde» con la muñeca gigante Young-hee, sólo que esta vez decía «Un, dos, tres… te imputo otra vez» mientras eliminaba a los políticos que se veían tentados a recoger sobres con dinero.
Pese a no mencionar a estos tres dirigentes socialistas, hubo uno que se llevó todos los palos: el ministro de Transportes, Óscar Puente. Los sketches sobre su nefasta gestión sobre los trenes, incluyendo una imitación aceptable del ministro, fueron de lo mejor del programa. Puente, con su verborrea en redes sociales y sus polémicas declaraciones, se convirtió en el chivo expiatorio perfecto. Un ministro prescindible al que se puede ridiculizar sin que tiemble el núcleo duro del poder.
Otro que no se libró fue un fiscal que apareció en una cárcel. Aunque no se dijo su nombre, todos supimos que se trataba del dimitido fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, condenado por un delito de revelación de secretos. La jugada de la gubernamental TVE quedaba meridianamente clara: permiso para criticar a los ya caídos o a los prescindibles, pero orden de proteger a quienes de verdad pueden acabar con el sanchismo.
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