Psicología del aprendizaje

La psicología dice que los niños que dibujan a menudo tienen más probabilidades de desarrollar la memoria y habilidades para aprender

Así se desprende de un estudio elaborado con 125 niños de entre 3 y 6 años

Un niño y una profesora, contagiados en dos escuelas infantiles de Santa Fe (Granada).
Aprender dibujando

No siempre se recuerda algo mejor al pasar horas frente a un libro abierto. A veces, puede empezar con una hoja en blanco, cuatro colores y un chico que, sin darse cuenta, está ordenando ideas. En la psicología del aprendizaje, cada vez hay más interés por entender por qué algunos niños recuerdan mejor lo que dibujan que lo que solo escuchan o repiten.

La respuesta no está tanto en el talento artístico, sino en lo que el cerebro tiene que hacer mientras transforma una idea en una imagen. No es sólo una forma artística de expresarse, es una forma de procesar mejor la información. Dibujar no sólo te obliga a hacer un buen dibujo, sino que también te permite seleccionar, organizar y representar ideas. Estos pasos activan varias vías del cerebro al mismo tiempo, la visual, la motora y la del significado.

Un estudio sobre memoria ha desvelado que dibujar el contenido que se quiere adquirir mejora el recuerdo posterior, ya que ese aprendizaje es más rico y completo que leer o copiar sin más.

Por ejemplo, si un chico tiene que dibujar el ciclo del agua, una planta o una escena de un cuento, no puede avanzar en automático, tiene que pensar qué partes son importantes, cómo se conectan y qué lugar ocupa cada una.

Ese esfuerzo extra, lejos de ser una carga inútil, puede dejar una huella de memoria más fuerte. Por eso muchos chicos recuerdan mejor lo que copiaron a mano que lo que solo vieron.

Un estudio elaborado con 125 niños de entre 3 y 6 años ha demostrado que el dibujar y el lenguaje están correlacionados y que tanto la memoria de trabajo como las funciones ejecutivas influyen en ambos. Dicho de otro modo, el dibujo no está aislado, como una actividad decorativa, sino que está conectado con los recursos mentales que también participan en el aprendizaje, como sostener información en mente, inhibir impulsos y organizar una respuesta.

Este hecho cambia bastante la visión que se tiene sobre estos casos. Muchas veces se piensa que dibujar es un descanso entre actividades importantes.

Sin embargo, la evidencia sugiere otra cosa, cuando un niño dibuja con sentido, también está entrenando capacidades que después necesita para comprender consignas, seguir una secuencia, ordenar ideas y expresarse mejor. No reemplaza la lectura ni la escritura, pero puede hacer de puente entre ambas.

Ahora bien, no cualquier dibujo produce el mismo efecto. Este es el punto que más se pierde cuando el tema se simplifica. Una revisión sobre aprender dibujando remarca que importa mucho qué dibuja el alumno y para qué lo dibuja.

No rinde igual copiar un adorno, rellenar una hoja porque sí o hacer garabatos sin relación con el contenido. El beneficio aparece más claramente cuando el dibujo ayuda a pensar una idea, reconstruir una explicación o volver visible algo que el chico entendió.

Ahí también entra un error bastante común en casa y en la escuela; convertir el dibujo en una exigencia estética. Cuando el foco pasa a ‘que quede bonito’, se pierde una parte del valor cognitivo.

Lo que más ayuda no es el dibujo perfecto, sino el que obliga a recordar, decidir y representar. Un esquema torcido pero pensado puede servir más para aprender que una lámina prolija hecha casi en automático. Esa es una diferencia clave.

La forma más útil de usarlo no suele ser sentar al chico a ‘dibujar por dibujar’, sino darle una consigna con sentido. Por ejemplo, pedirle que dibuje lo más importante de un cuento, que arme con imágenes los pasos de un experimento, que represente una escena histórica o que explique con un dibujo cómo funciona algo que acaba de aprender.

En estos casos, el dibujo se transforma de un mero complemento a una herramienta para organizar, retener y recuperar información.

También sirve mirar una escena cotidiana con otros ojos. Ese niño que dibuja seguido un recorrido, un personaje, una secuencia o una idea no necesariamente pierde el tiempo.

Puede estar practicando, sin saberlo, una habilidad muy valiosa, traducir lo que piensa a una forma visible. Y ese paso, que parece sencillo, está muy cerca de varios procesos que sostienen el aprendizaje real.

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