De 14 empleados y deudas a 187 establecimientos: la vida de Arturo Fernández
Luchador, amigo y optimista infatigable. Ése es Arturo Fernández. Su historia no necesita adornos para impresionar. Impone sola, por acumulación de vida, de trabajo y de contradicciones. Es el camino de alguien que empezó joven, que levantó negocios desde cero y que acabó convirtiendo la hostelería en un imperio: 187 establecimientos, 3.000 empleados y hasta 50.000 comidas al día. Pero si uno se queda sólo con las cifras, se pierde mucho. Lo importante está debajo.
“Soy un currante”, dice con una sonrisa. Y ahí está el núcleo de todo su discurso. Horas. Catorce al día durante décadas. Y una idea muy clara, casi obstinada: trabajar no es un sacrificio, es una forma de vida, un hobby.
Su origen también explica mucho. Viene de una familia de maestros armeros, tradición de oficio duro, preciso, casi artesanal. Su abuelo era maestro armero del rey.. Esa herencia es una escuela de disciplina. Antes de la hostelería, ya había aprendido algo esencial: el valor del detalle y la importancia de hacer las cosas bien, sin excusas.
Entendió pronto dónde estaba la oportunidad: donde hay gente, hay negocio. Un club de tiro podía ser también un restaurante. Y lo que empezó como un complemento terminó convirtiéndose en el centro de todo. Ahí nace su mundo: dar de comer a escala masiva, organizar el hambre de un país en mesas. “Yo solito, con los préstamos de los bancos”. Esa frase resume otra parte menos divertida del relato: el riesgo constante. Deudas, presión, responsabilidades. Y momentos en los que todo depende de que al final del mes cuadren los números.
Lo interesante es cómo interpreta esas caídas. No como tragedias, sino como parte del oficio. “Si te caes, te levantas.” . Es una idea simple, casi obvia, pero que en la práctica separa a quien intenta emprender de quien aguanta en el tiempo.
También hay algo muy claro en su forma de entender el dinero. No como objetivo final, sino como consecuencia. “No quiero ser el más rico del cementerio”. Es una frase que desmonta bastante del discurso moderno del éxito. Para él, lo importante no es acumular, sino sostener una vida activa, útil, llena de movimiento.
Y luego está lo que más repite: la gente. Sus empleados, sus amigos, su entorno. “Mi mayor patrimonio son mis amigos”. Su mundo empresarial no se explica sin relaciones, sin confianza, sin redes humanas que sostienen todo lo demás. Quizá por eso insiste tanto en una idea que atraviesa toda su conversación: la ilusión. Levantarse con proyectos, con problemas, con cosas que hacer. Porque cuando eso desaparece, dice, lo demás pierde sentido. No es felicidad lo que busca, sino actividad con propósito. Ahora su ilusión está en La Nicolasa, un restaurante mítico en el que reivindica el buen comer y la cocina clásica. Y donde, si quiere conocerlo, podrá hacerlo. Y hasta pedirle que le haga una visita al Museo Chicote.
Al final, lo que queda de su historia no es la imagen del empresario triunfador, sino la de alguien que ha vivido en modo construcción permanente. Con éxitos y fracasos; que se ha caído, se ha levantado; que ha perdido parte de lo que tuvo y que ha vuelto a empezar sin dramatismo. Y que, a su manera, sigue entendiendo la vida como una cosa muy concreta: trabajo, gente y ganas de seguir.
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