Viaje al corazón de la carrera de Rafa Nadal de la mano de Rafa Nadal: «No quería que fuera tan íntimo»
OKDIARIO recorre el museo de Rafa Nadal, que reabre tras una profunda remodelación, con el tenista como 'guía' de la visita
La leyenda del deporte español se abre y comparte experiencias a lo largo de un recorrido que profundiza en su figura
La variabilidad meteorológica, a caballo entre sol y lluvia, da la bienvenida a todo el que pone un pie en Manacor. La clásica postal manacorí. No sabe el cielo si reír o llorar llegado el mediodía, cuando Rafa Nadal, micrófono en mano, cruza la puerta principal del museo que lleva su nombre y que desde este viernes abre sus puertas tras una profunda remodelación. «Se tomó un camino distinto al que yo pensaba. No me gusta que las cosas sean tan personales. Mi idea era hacer un museo un poquito más del deporte, no tan íntimo, pero he escuchado a la gente que me rodea y se ha tomado esta decisión. Espero que os guste», desea.
A las puertas de sus 40 primaveras, Rafa Nadal ha reinaugurado el museo que vio la luz de la mano de su academia hace una década. Se mantiene en el mismo espacio, pero con otra cara y una filosofía profundizada en la figura del ex tenista. Un viaje desde su infancia hasta su último raquetazo bajo un prisma humano más allá del deporte. «Los números y los títulos están ahí. Son conocidos. Me gustaría ser recordado como una buena persona de un pueblo pequeño de Mallorca», dice el protagonista en el vídeo que cierra la visita por el nuevo museo que el propio Rafa Nadal realiza junto a un grupo de invitados, entre ellos OKDIARIO.
La atmósfera que rodea al manacorí es íntima, dialoga con su entorno y bromea con los periodistas. Es un Rafa Nadal en esencia. Humilde, prudente, cercano y «normal», como le dijo a Ana Botín. «Dentro de la pista era especial, pero fuera soy una persona normal. Nunca entendí que el personaje se comiera a la persona», recalca. Un túnel de luces de neón da la bienvenida al renovado museo. Es un viaje que desnuda su intimidad, más de lo que le hubiera gustado a él, tan reservado. La visita inicia en un vivero de obsequios de otros deportistas. Camisetas firmadas por Leo Messi, Cristiano Ronaldo,LeBron James, Mbappé, Lamine Yamal, Doncic…
Todo bajo la voz de Pau Gasol, amigo personal de Rafa Nadal que narra en un vídeo lo que entiende como amor por el deporte. Cabe destacar que el nuevo museo es más interactivo y con mayor riqueza tecnológica. Pasado y presente de Rafa Nadal convergen al cruzar de sala. Su primera raqueta, sus primeros trofeos, sus primeras fichas federativas… «No he sido de mirarme, aunque cuando veo estas fotos me lleno de recuerdos», afirma. El imaginario popular tiene rienda suelta cuando el pasillo que conduce la visita desemboca en un fondo naranja y una superficie, la tierra batida.
Un Dios en la tierra
«Rey de la tierra», preside la sala en la que descansan algunos de sus 14 trofeos de Roland Garros. Las paredes parecían que hablaban en francés. «2005, 2006, 2007, 2008, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2017, 2018, 2019, 2020 y 2022». Como si Marc Maury siguiera recitando en la Philippe Chatrier y el tiempo se hubiera detenido. Como si el mordisco de Rafa Nadal a la Copa de los Mosqueteros no hubiese desdentado. Ahí estaba él y su circunstancia. Personaje y obra separados por una vitrina, pero unidos en la eternidad. Rafa dominó la tierra como nadie. Cojan aire para leer de carrerilla el currículum del ex tenista sobre la arcilla.
Ganó 14 Grand Slams; 26 Masters 1000; 18 ATP 500; 5 ATP 250; 3 Copa Davis; 66 títulos; 535 partidos jugados y 484 partidos ganados. Ya pueden respirar. Y de todo lo mencionado, Nadal guarda con especial cariño su derrota con Federer en Hamburgo 2007 que puso fin a su racha de 81 victorias consecutivas en tierra. «Le pedí que me firmara la camiseta y la tengo guardada en casa», confiesa. Rafa Nadal fue construyendo, sobre aquellas plantillas a medida que salvaron su carrera cuando tenía 19 años, un tenista inexplicable.
Capaz de frenar a Federer y obligarle a reinventarse y de humanizar a Djokovic. «Me probé las plantillas y dije ‘¿Con eso puedo jugar?». Se me salía mucha parte del pie por encima del zapato», comenta en la sala de las zapatillas al grupo reducido de periodistas. En 2005, a sus 19 años, una lesión degenerativa en el pie —síndrome de Müller-Weiss— casi obliga a la retirada de Rafa Nadal. La solución fue una plantilla extrema que modificó su pisada con todo lo que ello conlleva en el deporte de élite. Cambios para el tobillo, rodillas y cadera por la forzada compensación.
Rafa Nadal y un legado más allá del tenis
«La plantilla era de siete milímetros, pero fue la solución para salvar mi carrera. El molde siempre fue el mismo. Todas están hechas a medida, nadie más se las puede poner porque molestan. A mí me permitía tener el pie fijo y poder competir», añade. Y con eso bastaba. Su cabeza y umbral del dolor hacían el resto. Hipotecó su futuro por una oportunidad de reinar en el presente. Lo dejó con 92 títulos; 22 Grand Slams; 1.080 victorias; 36 Masters 1.000 y dos oros olímpicos. Su fuerza mental era superior. No hay un deporte que encapsule más que el tenis.
Servir, restar, iguales, juego, set, punto de partido… Todo es una toma de decisiones trascendental y constante, repetida cada cinco segundos. Rafa Nadal ha sido insuperable. Su legado, más allá de los títulos, deja una concentración superlativa basada en la negativa más absoluta a darse por vencido. Por eso el ciudadano siente que Rafa forma parte de su vida. Por su ejemplo y forma de competir y convivir con Federer y Djokovic, archienemigos respetados y admirados entre sí. El Big Three cuenta en el museo con una sala dedicada a su sana rivalidad al cubo.
Es el embrión de habitación donde descansan sus 92 títulos y la última estancia, donde vuelven a converger pasado y presente de Rafa Nadal en una proyección de esas que hacen que a uno le pique la nariz y los ojos necesiten pañuelos. «El vídeo final está muy bien. Sentaos para estar más cómodos.», invita. Y ahí aparece todo su viaje personal y tenístico. Un Grand Slam tras otro. Una remontada tras otra. Un ejemplo tras otro. Acaba la cinta y el silencio de la sala es sepulcral. «¿Qué significa que nadie diga nada?», pregunta. Los ojos de los presentes lo decían todo. «Los números y los títulos están ahí. Son conocidos. Me gustaría ser recordado como una buena persona de un pueblo pequeño de Mallorca», acaba, Rafa Nadal, el héroe de carne y hueso.
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