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Psicología

Según los psicólogos expertos, los adultos que siempre llegan pronto no son sólo responsables, en realidad es un comportamiento asociado a malas experiencias en la infancia

Llegar pronto a los sitios suele verse en la mayoría de ocasiones como algo bueno. Puedes llegar antes a una entrevista de trabajo, a un restaurante en el que habías reservado o a una cita. De alguna manera, te hace sentir más educado y además, te permite tener el control de la situación o al menos es lo que se piensa desde la psicología, pero ¿sabías que también entra en juego algo que puede provenir de la infancia?.

De hecho, algunos psicólogos llevan tiempo señalando que lo de llegar con tiempo de adelanto cuando se ha quedado a una hora determinada, admite otra lectura, y que en ciertos casos el hábito de adelantarse a todo tiene menos que ver con la virtud que con una forma de protegerse. La diferencia, explican, no está en los minutos de margen sino en lo que se siente mientras se espera: una cosa es salir con tiempo porque no queremos ir con prisas, y otra muy distinta es hacerlo porque la mera posibilidad de llegar justo provoca un malestar difícil de explicar. Cuando ocurre lo segundo, apuntan, conviene preguntarse de dónde viene esa urgencia, y la respuesta la solemos encontrar precisamente en lo mencionado: la infancia.

Qué dicen los los psicólogos sobre los adultos que siempre llegan pronto

Desde que somos pequeños, las rutinas y la relación que tenemos con el tiempo, y en realidad con los horarios, es algo que nos va moldeando. Puede que no nos demos cuenta, pero muchas personas que han sufrido por ejemplo con broncas o castigos cuando llegaban tarde a casa, acaban desarrollando ese comportamiento en el que llegar con el tiempo justo a los sitios les provoca cierta intranquilidad y en casos extremos, incluso ansiedad. Es más, lograr llegar con tiempo de sobras les hace sentirse no sólo bien, sino que cada vez que lo logran lo consideran prácticamente una victoria.

Un hábito adquirido que además se va reforzando cada vez que se logra, explica la psicología. De hecho, la mayoría de personas que sufre de esto suele esforzarse bastante en no llegar tarde, debido precisamente al temor de no hacer que la otra persona se «enfade», a pesar de que puede que la situación sea la contraria. Es decir, que la persona con la que se ha quedado no vaya a reprocharle nada si llega unos minutos más tarde.

El reloj como manera de controlar lo que no se puede controlar

Visto así, la puntualidad extrema funciona como un pequeño seguro contra la incertidumbre. Llegar con mucha antelación permite reconocer el sitio y presentarse sin la presión de ir contrarreloj, y quien necesita esa tranquilidad suele revisar los horarios más de una vez, estudiar rutas alternativas por si falla la principal y dejarlo todo preparado desde la víspera. Desde fuera eso se parece mucho a la eficiencia, y en la mayoría de los casos lo es, pero los especialistas llaman la atención sobre el momento en que la preparación deja de dar calma y empieza a producir tensión, preocupación desmedida o la incapacidad de disfrutar del rato anterior a una cita. Ahí es donde el control, que prometía seguridad, acaba exigiendo una vigilancia permanente de la hora que cansa más de lo que parece.

Lo que cuesta vivir pendiente de la hora

Esa vigilancia tiene un precio que no siempre se advierte. Quien vive pendiente del reloj suele perder espontaneidad, porque cualquier plan improvisado le descoloca, y se irrita cuando los demás no respetan los tiempos acordados, algo que con los años termina generando pequeños roces con parejas, compañeros de trabajo o amigos que manejan otro ritmo y no entienden tanta prisa. A todo ello se suma el cansancio acumulado de estar siempre en alerta, aunque los psicólogos subrayan, eso sí, que no todo el que llega pronto sufre ansiedad ni existe una única explicación para este comportamiento, y que nadie debería ver un problema en una simple preferencia por el orden.

Cómo saber si es una virtud o una carga

Para distinguir una cosa de la otra, la pista más útil no son los minutos sino las emociones. Si querer llegar antes de tiempo es una decisión libre que deja tranquilo al que lo hace, es probable que se trate de un hábito sano; si, por el contrario, viene acompañado de miedo, tensión o una preocupación que no se apaga, quizá merezca una mirada más atenta, a ser posible con la ayuda de un profesional de la salud mental que ayude a entender de dónde procede esa necesidad. Muchas personas descubren que recortar el margen poco a poco, sin dramatismos, les demuestra que no pasa nada grave por llegar justas, y que la tolerancia a la incertidumbre se entrena como cualquier otra habilidad. La puntualidad seguirá siendo una cualidad valiosa, pero la diferencia está en que se viva como una elección y no como una obligación.