Psicología

La psicología sugiere que las personas nacidas entre 1960 y 1970 desarrollaron hábitos que hacen parecer a las nuevas generaciones más suaves y relajadas

Imagen generada con IA.
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Aitana Pascual
  • Aitana Pascual
  • Aitana Pascual Cuesta (2001) es estudiante de Periodismo en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid desde el 2023. Escogió esta profesión por su gran vocación con la comunicación y la escritura. Hoy en día, tiene mucho interés por la historia, deportes y actualidad. Su principal objetivo es seguir formándose y aprender a contar los sucesos de forma clara y rigurosa.

Las personas que crecieron durante las décadas de 1960 y 1970 aprendieron a desenvolverse en un mundo muy diferente al actual. Pasaban más tiempo jugando fuera de casa, tenían que entretenerse sin teléfonos móviles ni internet y, en muchas ocasiones, resolvían sus pequeños problemas sin la intervención constante de los adultos. La psicología ha puesto el foco en estas experiencias porque determinadas costumbres de aquella época ayudaron a desarrollar autonomía, tolerancia a la frustración, paciencia y capacidad para solucionar problemas. Frente a una infancia actual mucho más conectada y supervisada, aquellos hábitos explican por qué muchos adultos de esa generación parecen especialmente preparados para afrontar las dificultades.

Más libertad desde pequeños

Uno de los principales rasgos de aquella infancia era la autonomía. Muchos niños salían a jugar con amigos, recorrían el barrio solos y tenían que organizar su propio tiempo sin que sus padres estuvieran pendientes constantemente de cada movimiento.

Esa libertad obligaba a tomar pequeñas decisiones diariamente. Elegir dónde jugar, solucionar una discusión entre amigos o buscar una alternativa cuando algo no funcionaba eran experiencias aparentemente sencillas, pero que permitían desarrollar habilidades para enfrentarse posteriormente a problemas más complejos.

Una infancia sin pantallas

La ausencia de internet también modificaba completamente la relación con la paciencia. Si un niño quería saber algo, tenía que preguntar, buscar en una enciclopedia, consultar un libro o esperar a tener acceso a la información. No existía un teléfono capaz de responder inmediatamente a cualquier pregunta.

La psicología relaciona la capacidad para tolerar la espera y las pequeñas frustraciones con una mejor regulación de las emociones. Aquellos niños estaban acostumbrados a que determinadas cosas requirieran tiempo y esfuerzo. No todo estaba disponible inmediatamente y aprender a convivir con esa espera formaba parte de la vida cotidiana.

Aprender a aburrirse

Otro hábito característico era el aburrimiento. Sin videojuegos, redes sociales ni plataformas de entretenimiento disponibles durante todo el día, los niños tenían que inventarse sus propias actividades. Podían pasar una tarde entera jugando, leyendo, construyendo cosas o simplemente imaginando nuevas formas de entretenerse.

Ese tiempo aparentemente vacío podía estimular la creatividad y la capacidad para generar actividades propias. En lugar de recibir constantemente estímulos externos, los menores tenían que convertirse en protagonistas de su propio entretenimiento. El aburrimiento dejaba de ser un problema y se transformaba en una oportunidad para crear.

La cultura del esfuerzo

También existía una mayor presencia de pequeñas responsabilidades desde edades tempranas. Ayudar en casa, hacer recados, cuidar de hermanos o familiares y colaborar en determinadas tareas formaba parte de la rutina de muchos niños.

Estas experiencias podían transmitir una idea fundamental, ya que no todo resulta sencillo y algunas cosas requieren esfuerzo antes de obtener una recompensa. La capacidad para perseverar ante una dificultad se construía poco a poco mediante situaciones cotidianas, mucho antes de enfrentarse a los grandes problemas de la edad adulta.

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