Curiosidades
Psicología

La psicología lo deja claro: las personas que nacieron en los años 1950 y 1960 no empezaron a trabajar pronto por vocación, sino porque no tuvieron otra opción

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Hablar de las personas que nacieron en los años 1950 y 1960 implica retroceder a una etapa histórica marcada por profundas diferencias sociales, económicas y educativas respecto al presente. En aquel entonces, la idea «vocación» apenas existía, y para la mayoría de los niños y adolescentes de estas generaciones, incorporarse al mundo laboral era una respuesta directa a las necesidades económicas de la familia. En zonas rurales, esta realidad era aún más evidente.

Los hijos ayudaban en el campo, en la ganadería o en pequeños negocios familiares desde edades muy tempranas, algo que hoy en día resultaría impensable, y el acceso a estudios secundarios era un privilegio reservado a quienes podían permitírselo económicamente. Este fenómeno no solo estaba ligado a la pobreza, sino también a la estructura social y cultural de mediados del siglo XX, en la que la infancia se concebía de manera distinta a la actual.

La obligación de trabajar de quienes nacieron en 1950 y 1960

Para las personas que nacieron en 1950 y 1960, la idea de prolongar los estudios hasta los 25 años no era lo habitual. La mayoría de jóvenes se incorporaba al mercado laboral en cuanto alcanzaba la edad legal mínima o incluso antes, dependiendo de las circunstancias familiares. Sin embargo, este fenómeno no debe interpretarse únicamente desde una perspectiva negativa. Para estas generaciones, el trabajo temprano también generó una cultura de esfuerzo, resiliencia y adaptación.

Al ser conscientes tanto de sus capacidades como de sus límites, confían en aquello que pueden hacer. Una de sus principales características es que no pierden de vista sus metas y mantienen la seguridad en sus posibilidades de logro. Sin embargo, al mismo tiempo valoran el trabajo en equipo y no adoptan una postura individualista, ya que también saben identificar cuándo es necesario recurrir al apoyo de otras personas.

Para entender el concepto de resiliencia, merece la pena recordar la metáfora del junco y el roble: «Imagina un roble fuerte y rígido frente a un vendaval; su dureza puede hacer que se quiebre si el viento es demasiado fuerte. Ahora imagina un junco; se dobla, toca el suelo, parece vencido, pero cuando el viento cesa, recupera su verticalidad. La resiliencia se parece más a la flexibilidad del junco que a la rigidez del roble».

La idea de «vocación» es un concepto relativamente moderno. Generalmente, la vocación profesional se asocia con los intereses, habilidades y experiencias de cada persona, y puede descubrirse en cualquier etapa de la vida, ya sea desde una edad muy temprana o incluso después de haber iniciado ya una carrera profesional. Además, esta pasión por una determinada actividad o profesión puede ir evolucionando con el tiempo.

Otro aspecto relevante es la desigualdad de género. Muchas mujeres de estas generaciones no tuvieron siquiera la oportunidad de elegir su profesión, ya que su papel estaba socialmente orientado hacia el cuidado del hogar o hacia trabajos muy concretos y limitados. En este sentido, el acceso mercado laboral no sólo estaba condicionado por la economía, sino también por normas sociales rígidas que definían el rol de cada individuo desde la infancia.

En conclusión, las personas nacidas en los años 1950 y 1960 comenzaron a trabajar en edades tempranas en la mayoría de los casos por necesidad económica y social.

Tolerancia a la frustración

Un estudio publicado en The Journal of Pediatrics, firmado por Peter Gray, David Lancy y David Bjorklund, plantea que la disminución de las actividades independientes en la infancia y la adolescencia podría estar relacionada con un deterioro del bienestar psicológico en las nuevas generaciones. El trabajo sugiere que acciones como jugar libremente, moverse sin supervisión constante o tomar pequeñas decisiones por cuenta propia contribuyen a desarrollar una percepción fundamental: la sensación de que uno puede influir en lo que le sucede.

Las personas que nacieron en 1950 y 1960 pasaban tiempo jugando en la calle, iban de un lado a otro sin la presencia constante de adultos y resolvían sus conflictos entre ellos. En este contexto, la ausencia de supervisión era una realidad social y cultural, en la que las familias tenían otras dinámicas y los ritmos eran distintos.

«El nivel de tolerancia a la frustración en parte es innato, pero también es susceptible de aprendizaje. Por eso una persona que de pequeño se enfada y se irrita por todo lo que le es incómodo, poco a poco, en la medida que va creciendo, puede ser más capaz de contenerse. En general los bebés tienen la tolerancia a la frustración mucho más baja (aunque hay diferencias enormes entre cada uno de ellos), y ésta puede ir aumentando. Y ¿de qué depende que aumente? De si tienen unas figuras de progenitores que le hacen vivir buenas experiencias y le contienen el malestar; y si es capaz de conservar estas figuras dentro de él. Esto le dará una seguridad interna y una imagen positiva de sí mismo, que le permitirá poco a poco ir tolerando más la adversidad», explica la Fundación Orienta.