Piojos: tipología y características más destacadas
Existen tres clases distintas de piojos, ¿las conoces?
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Los piojos son quizás, junto a las moscas y los mosquitos, los insectos más desagradables y molestos de todo el planeta. Los evitamos a toda costa, aunque normalmente sea muy complicado escapar de ellos. Para los que todavía no lo sepan, los piojos son en realidad una especie de parásito externo, conocido científicamente como phthiraptera. Se alimentan de sangre caliente, células muertas y secreciones sebáceas, que consiguen principalmente de aves y mamíferos como nosotros.

Su estructura anatómica es de lo más compleja, la cual han adaptado a su forma de vida y alimentación. Son capaces de adherirse a la superficie corporal de sus “víctimas”, gracias a unas garras fuertes y muy desarrolladas. Algo que dificulta su localización y posterior eliminación. Quién haya pasado por este trago, sabe de lo que hablamos.
Tipos de piojos

Estos parásitos pueden clasificarse según la zona de nuestro cuerpo en la que aparecen. La más común de todas es la cabeza, que recibe el nombre de pediculus humanus. Como ya sabéis, estos se transmiten por el contacto, directo o indirecto, con una persona ya afectada. El síntoma más recurrente es una fuerte picazón en el cuero cabelludo. Si no son detectados a tiempo, los piojos pueden anidar y colocar huevos sobre tu cabeza, de los cuales nacerán más de una decena de liendres al día.
Otra especie, conocida como pediculus humanus corporis, se encuentra en la zona del torso y las piernas. Son más grandes y habitan en los pequeños pliegues de nuestra ropa. Desde allí, se alimentan de nuestra sangre, provocando un intenso escozor. Eso sí, es mucho más sencillo evitar a este tipo de piojos. Solo debemos tener una higiene corporal adecuada y lavar nuestra ropa con asiduidad.

La última de todas es quizás también la más desagradable. Nosotros las conocemos como ladillas, aunque su nombre científico es phthirus pubis. Residen en el vello púbico y axilar, un lugar idílico para su reproducción. Se transmiten al mantener relaciones sexuales con una persona que ya está infectada, así como al compartir su ropa íntima. Los síntomas comenzarán a aparecer a las dos semanas de haber tenido el primer contacto.
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