La mentira más repetida: el muslo de pollo no es en realidad lo que parece
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La carne de pollo es uno de los alimentos más consumidos en todo el mundo, y los muslos y las pechugas son las partes más codiciadas. Sin embargo, el muslo de pollo no es en realidad lo que parece, ni tampoco lo que nos han contado siempre. Y es que, ni siquiera es el muslo, sino la pantorrilla. Aunque parece un detalle sin importancia, lo cierto es que tiene dos consecuencias muy relevantes.
En primer lugar, a lo que llamamos sobremuslo es el verdadero muslo. Y, en segundo lugar, la «bola de carne» no corresponde a ningún músculo del muslo, sino al gastrocnemio, tal y como se denomina en las aves a nuestros gemelos. Pero, ¿cuál es el motivo por el que esta parte se llama muslo de pollo si realmente no es el muslo?
Pues bien, en las aves el tarso y el metatarso se fusionan para formar un hueso muy largo bautizado como tarsometatarso. Esto hace que parezca que la pata del pollo tenga una sección «extra» en su anatomía. No tiene ninguna relevancia en lo que al sabor y la textura se refiere, pero es interesante saberlo, según explica en ‘The Conversation’ A. Victoria de Andrés Fernández, profesora titular en el Departamento de Biología Animal de la Universidad de Málaga.
¿Cómo elegir el mejor pollo?
A la hora de comprar este alimento en el supermercado, es fundamental que la pieza tenga una carne tierna, firme y elástica. El color tiene que estar entre el amarillo y pálido y el blanco. Cae señalar que el color se debe a la alimentación del animal, y en ningún caso es un indicador de frescura ni de calidad.
Una vez se ha comprado la carne, es fundamental no romper la cadena de frío. Para ello, conviene utilizar una bolsa isotérmica para llevarla a casa y hacerlo en el menor tiempo posible. Dentro de la nevera, el pollo tiene que estar a una temperatura inferior a los cuatro grados.
Puede durar entre uno y dos días en crudo y entre tres y cinco días una vez cocinado. Existe la creencia de que hay que lavar la carne de pollo antes de almacenarla, pero los expertos recomiendan no hacerlo. De lo contrario, existe un alto riesgo de esparcir las posibles bacterias.
La carne cruda de pollo siempre hay que guardarla en un tupper con cierre hermético. Esto es importante para evitar que sus jugos, que pueden contener bacterias, entren en contacto con el resto de alimentos almacenados en la nevera, evitando con ello la contaminación cruzada.
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