Filosofía

Jorge Luis Borges, escritor argentino: «Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos»

Borges
Jorge Luis Borges en 1971. Foto: Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina.
  • Alejo Lucarás
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Borges fue, antes que un ilustre escritor y poeta, un lector. Creció entre los libros de la biblioteca familiar en el barrio porteño de Palermo, aprendió a leer y escribir antes de los cuatro años y de adulto declaró que esa colección había sido «el hecho capital» de toda su vida. Podríamos afirmar que todo lo que escribiría después tenía raíces en aquellas estanterías de Buenos Aires.

Pero sin duda, Borges fue también un hombre de su tiempo: antiperonista convencido (opositor a Perón, presidente del país en tres ocasiones), opositor incómodo del poder y pensador que cultivó su universo estético sin renunciar a sus convicciones. De esa combinación de erudición y experiencia política surgieron algunas de sus reflexiones más certeras sobre la naturaleza del odio.

La advertencia de Borges sobre los enemigos: una frase nacida de la experiencia propia

«Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos». Fuerte, ¿No? La frase circula ampliamente atribuida a Borges, aunque no se ha podido fijar con precisión el texto o entrevista donde apareció por primera vez. No obstante, varios sitios confirman que se trata de un aforismo del autor argentino.

Eso es habitual en las citas orales del escritor, que fue tan prolífico en conferencias como en páginas escritas. Lo que sí está documentado es que Borges conoció el odio político de primera mano.

Cuando Juan Domingo Perón llegó al poder en 1946, Borges fue destituido de su cargo de bibliotecario. El nuevo régimen lo nombró, en lo que fue una humillación deliberada, «inspector de mercados de aves y conejos».

Su madre y su hermana fueron detenidas brevemente por la policía. Lejos de doblegarse, continuó su actividad como conferenciante por Argentina y Uruguay, y mantuvo su postura pública sin concesiones. Esa experiencia de sostenerse íntegro frente a quienes ejercen el poder desde el desprecio es el terreno en el que la frase adquiere mayor peso.

La formulación de Borges tiene además una raíz filosófica reconocible. Friedrich Nietzsche, a quien leyó en alemán siendo adolescente en Ginebra, escribió en Más allá del bien y del mal: «Quien combate monstruos debería tener cuidado de no convertirse él mismo en un monstruo». La síntesis borgiana es más directa y cotidiana, pero parte de la misma intuición.

El escritor que dirigió un millón de libros sin poder leerlos

En 1955, el gobierno de facto que sucedió a Perón, que fue el de Lonardi y Aramburu, nombró a Borges director de la Biblioteca Nacional de Argentina. Era, sobre el papel, el cargo más adecuado para un hombre que desde los cuatro años no había dejado de leer.

El problema era que, para entonces, los médicos ya le habían prohibido hacerlo. La misma ceguera progresiva que había afectado a su padre avanzaba sin remedio, y los oftalmólogos descartaron cualquier intervención.

Borges bautizó esa paradoja en un poema que tituló El poema de los dones: Dios, escribió, le había entregado «a la vez los libros y la noche».

Ocupó el cargo durante dieciocho años. Pedía a sus colaboradores que le leyeran en voz alta, dictaba sus textos a secretarias y recibía visitas en un despacho lleno de volúmenes que ya no podía ver.

La ceguera transformó además su escritura. Obligado a componer en la memoria antes de dictar, sus textos se volvieron más concisos y aforísticos. Esa tendencia a la síntesis extrema es la misma que convirtió la frase sobre los enemigos en algo capaz de circular solo por el mundo décadas después de haber sido pronunciada.

Los espejos, los dobles y la identidad: la obsesión filosófica detrás de la frase

La obsesión de Borges por los espejos y los dobles no era un mero capricho estético. Era una pregunta filosófica sostenida durante toda su obra.

Si el otro es el espejo en el que uno se reconoce, y el enemigo es el otro por definición, el parecido con quien detestamos no es solo posible, sino, en cierta medida, inevitable sin vigilancia.

Esta idea recorre cuentos como La forma de la espada, donde perseguidor y perseguido resultan ser la misma persona, o Las ruinas circulares, donde el soñador descubre al final que él mismo es el sueño de otro. En todos ellos, la identidad es algo poroso: se contamina con aquello que se observa con demasiada intensidad.

Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, la misma ciudad donde había estudiado durante la Primera Guerra Mundial. Tenía 86 años y había contraído matrimonio por poder con María Kodama pocas semanas antes de morir.

El Nobel, ese reconocimiento al que aspiró durante décadas, no llegó nunca. Sus rivales literarios y políticos, en cambio, han pasado a la historia en gran parte porque él los nombró.

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