Los cinco hábitos que toda familia sólida tiene: hacen que los miembros se mantengan unidos y que el hogar sea un lugar al que todos estén felices de regresar
Buscar tiempo para estar juntos o repartir responsabilidades son hábitos que comparten las familias sólidas
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Una familia puede quererse mucho y, aun así, discutir cuando se dan situaciones comunes en todas las casas como decidir quien baja la basura, cuando se hace un comentario inoportuno durante la cena o porque alguien ha tenido un mal día y termina pagándolo con quien tiene más cerca. La buena convivencia no consiste en eliminar esos momentos, algo prácticamente imposible cuando varias personas comparten casa, sino en evitar que cada desacuerdo termine en gritos, reproches y peleas. Al final, la diferencia entre una familia que permanece unida y otra que poco a poco se distancia suele estar en detalles mucho más cotidianos de lo que pensamos.
Tampoco hacen falta grandes viajes, celebraciones constantes o planes espectaculares para crear buenos recuerdos de la familia. En realidad, buena parte de la relación familiar se construye en el día a día, mientras se prepara la cena, alguien cuenta lo que le ha ocurrido durante el día o dos personas consiguen hablar después de haberse enfadado. Y además, todas las familias sólidas que se identifiquen como tal seguro que se reconocerán en los cinco hábitos que ahora enumeramos. Son comportamientos sencillos, aunque precisamente por formar parte de la rutina también resulta fácil olvidarlos.
Buscar un momento para hablar o estar tiempo juntos
Compartir casa no garantiza compartir tiempo y más cuando cada uno tiene mil cosas que hacer ya sea con los estudios o el trabajo. Sin embargo, las familias que cuidan su relación intentan pasar algo de tiempo juntas todos los días. A veces lo hacen sentándose juntas a la mesa y otras simplemente aprovechando un paseo, un trayecto en coche o los minutos anteriores a acostarse. Lo importante no es establecer una especie de reunión familiar diaria, sino conservar la costumbre de interesarse por cómo están los demás. Esos ratos también permiten detectar que alguien está más callado de lo normal o que lleva varios días preocupado. Muchas conversaciones importantes empiezan precisamente así, con una pregunta aparentemente corriente.
Saber enfadarse sin ofender a nadie
Una discusión puede empezar por cualquier tontería y acabar recuperando asuntos de hace tiempo. En esos momentos resulta fácil exagerar, lanzar reproches o recurrir al conocido «tú siempre» y «tú nunca», dos expresiones que rara vez solucionan algo. Mantener una buena relación no exige estar de acuerdo en todo, pero lo que sí ayuda es discutir sobre el problema que existe en ese momento sin utilizar la conversación para humillar al otro. Decir qué ha molestado suele resultar bastante más útil que lanzar un reproche a quien nos ha enfadado. Y después está algo que cuesta bastante más de lo que parece: pedir perdón. Dentro de una familia que se considere sólida o bien avenida, reconocer que uno se ha equivocado no significa perder autoridad. En muchas ocasiones ocurre justamente lo contrario, porque demuestra que las mismas reglas de respeto sirven para todos.
Escuchar sin responder inmediatamente «no es para tanto»
A veces alguien cuenta un problema y recibe una solución antes incluso de terminar de explicarlo. Otras veces obtiene una respuesta todavía peor: «eso no es nada», «estás exagerando» o «ya se te pasará». Seguramente se dicen con intención de tranquilizar, pero el resultado puede ser que esa persona decida no volver a contar lo que le ocurre. Escuchar también consiste en admitir que dos personas pueden vivir una misma situación de manera completamente distinta. No es necesario compartir las mismas sensaciones e incluso sentimientos, para comprender que al otro le afecta. Esa confianza adquiere especial importancia con niños y adolescentes. Saber que pueden explicar algo incómodo sin recibir inmediatamente una reprimenda facilita que recurran a su familia cuando realmente necesiten ayuda.
Repartir las tareas de la casa
La armonía familiar no se juega únicamente en las conversaciones profundas. También aparece cuando toca poner una lavadora, preparar la cena, hacer la compra o recoger lo que alguien ha dejado por medio. Si una persona termina encargándose de todo de manera sistemática, el cansancio acaba pasando factura. Por eso es importante que cada miembro colabore según su edad y sus posibilidades. Un niño puede ordenar sus juguetes o preparar su mochila; los adultos pueden repartirse las tareas sin asumir que una determinada persona será siempre quien recuerde, organice y resuelva todo. Incluso un simple «gracias» cuenta. Muchas de las cosas que mantienen una casa en marcha pasan desapercibidas precisamente porque se hacen todos los días.
Tener pequeñas costumbres que sean sólo de la familia
Y no, no sólo nos referimos a celebrar cumpleaños o la Navidad. Puede ser la comida del domingo, preparar pizza una noche determinada, ver juntos una serie o repetir cada verano el mismo plan que empezó casi por casualidad. Con los años, esas pequeñas costumbres terminan formando parte de la historia familiar y crean recuerdos que sobreviven incluso cuando los hijos crecen y dejan de vivir en casa.
Eso sí, estar unidos tampoco significa hacerlo absolutamente todo juntos. Una relación familiar sana permite tener amigos, aficiones, opiniones y momentos propios. Quizá ahí esté precisamente el equilibrio: poder hacer vida propia y saber que además está la familia a que uno puede volver sin necesidad dar explicaciones.
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