Clima

Una pesadilla climática acecha al Atlántico y ahora Europa empieza a preocuparse: la cuenta atrás ha comenzado

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Ilustración de las corrientes oceánicas del Atlántico Norte. (Foto generada por IA)
Blanca Espada

Europa parece estar preocupada por un problema climático que afecta al Atlántico Norte. A cientos de metros de su profundidad se encuentra parte de un sistema de corrientes que ayuda a repartir el calor por el planeta. Pero ahora, un estudio publicado en agosto de este mismo año ha señalado que quizá no importe solamente cuánto sube la temperatura de la Tierra, sino la velocidad a la que lo hace. Es una diferencia que puede parecer pequeña, pero que está obligando a los investigadores a revisar cómo se comportaría el océano ante un calentamiento cada vez más rápido.

El asunto no consiste en que la corriente del Golfo vaya a desaparecer mañana ni en que el próximo invierno vaya a ser extraordinariamente frío. Lo que inquieta es la posibilidad de que la circulación del Atlántico pierda fuerza hasta alcanzar un punto del que ya no pueda recuperarse con facilidad. Las consecuencias afectarían al clima de numerosos países y al agua disponible. Islandia ya ha llevado esta preocupación a su agenda de seguridad nacional, con los científicos intentando averiguar cuánto margen queda. Y por el momento, no hay una respuesta definitiva, aunque las nuevas investigaciones han conseguido que este problema reciba una atención que hasta hace poco apenas tenía fuera del ámbito científico.

Una pesadilla climática acecha al Atlántico y ahora Europa empieza a preocuparse

El fenómeno tiene un nombre poco conocido fuera de los círculos científicos: circulación meridional de retorno del Atlántico, o AMOC. Se trata de un conjunto de corrientes que lleva agua cálida hacia el norte y devuelve agua más fría hacia el sur, a través de las profundidades. La corriente del Golfo participa en ese transporte, aunque no debe confundirse con todo el sistema. Este movimiento influye en el clima de Europa y en la distribución del calor entre distintas regiones del planeta.

En las latitudes del norte, parte del agua pierde calor y aumenta su densidad, lo que favorece que se hunda. Pero esa dinámica depende también de la salinidad. El hielo de Groenlandia se está derritiendo y añade agua dulce al Atlántico, algo que puede dificultar ese hundimiento. Los investigadores han observado, además, una región al sur de Groenlandia que se ha calentado menos que otras zonas del planeta. Este comportamiento se está investigando, aunque no demuestra que el colapso haya comenzado.

El estudio que ha reabierto el debate

La investigación publicada en agosto en Nature Climate Change examinó cómo responde la circulación atlántica cuando el calentamiento avanza a distintos ritmos. En algunas simulaciones, el sistema perdía estabilidad con un aumento de temperatura cercano a los dos grados si el cambio era rápido. En otras, con un calentamiento más lento, aguantaba incluso temperaturas superiores. Dos escenarios parecidos pueden terminar de forma distinta.

Eso no convierte los dos grados en una fecha límite ni permite anunciar un desastre inevitable. Hablamos de modelos, sujetos a incertidumbres, y no de una predicción exacta de lo que sucederá en el océano. Los investigadores discrepan sobre la probabilidad de un colapso durante este siglo, pero este nuevo trabajo sirve para poner el foco en una variable que importa mucho: el ritmo al que estamos alterando las condiciones del planeta.

Qué consecuencias podría tener para España y Europa

Un frenazo extremo de la AMOC cambiaría el reparto de calor en el Atlántico. Algunas regiones del norte europeo podrían sufrir inviernos más fríos, incluso mientras la temperatura media mundial sigue aumentando. También se verían afectados los patrones de lluvia y la circulación atmosférica. Pero no hay una previsión que permita anunciar, por ejemplo, una ola de frío concreta para el año que viene por esta causa.

En España, la preocupación estaría especialmente relacionada con las precipitaciones. Determinadas simulaciones apuntan a una Europa más seca en algunas zonas si la circulación atlántica cambiara de manera profunda. Para un territorio donde las sequías ya condicionan las cosechas y las reservas de agua, sería un problema añadido. Aun así, no se puede asegurar qué ocurriría en cada comunidad autónoma dado que intervienen otros factores climáticos y las proyecciones presentan diferencias importantes.

Islandia ya ha llevado el riesgo a la seguridad nacional

La situación ha dejado de ser una conversación exclusiva de oceanógrafos. En 2025, Islandia comenzó a tratar el posible colapso de la AMOC como una cuestión de seguridad nacional. Su ubicación explica parte de esa preocupación ya que una alteración importante del Atlántico tendría implicaciones para sus actividades económicas, sus infraestructuras y su entorno. Tomar medidas de planificación, sin embargo, no equivale a confirmar que el fenómeno sea inminente.

Todavía no existe una cuenta atrás con una fecha señalada. Lo que hay son investigaciones que advierten de riesgos graves, otras que apuntan a una mayor resistencia del sistema y muchas preguntas sin resolver. Por eso importa observar el océano y limitar el calentamiento. Desde Europa se desconoce si llegaremos a enfrentar al escenario más extremo, pero sí se sabe que esperar a tener todas las respuestas puede dejar menos opciones para actuar.

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