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Parece ciencia ficción, pero EEUU lo hace posible: ya utiliza drones para sembrar nubes y crear lluvia en Utah e Idaho

Fotografía de la maquinaria de Rainmaker
Fotografía de la maquinaria de Rainmaker
  • Naiara Philpotts
  • Editora formada en la Universidad de Buenos Aires, con posgrado en lectura crítica. Escribo sobre ciencia, tecnología y actualidad. Soy escritora de novelas y gran aficionada a la ciencia ficción.

A pesar de que el imaginario colectivo suele asociar el control del clima con la ciencia ficción o las teorías conspiranoicas, la realidad en Estados Unidos ha superado la ficción. La compañía californiana Rainmaker lidera actualmente misiones de siembra de nubes mediante el uso de drones de última generación.

Estas operaciones, que ya están activas en estados como Utah e Idaho, buscan exprimir el potencial hídrico de la atmósfera para combatir la escasez de agua que golpea al oeste americano. Mediante el despliegue de aeronaves no tripuladas equipadas con sensores avanzados, la empresa busca optimizar la caída de agua y nieve en regiones estratégicas.

Según datos de la propia organización, esta técnica no crea tormentas de la nada, sino que actúa sobre sistemas nubosos ya existentes para mejorar su eficiencia. El objetivo principal reside en fortalecer el suministro de agua para la agricultura, recargar acuíferos y estabilizar la producción de energía hidroeléctrica en un contexto de sequía persistente.

La tecnología de drones para sembrar nubes en Estados Unidos

El proceso implementado en Utah e Idaho se basa en la dispersión de partículas de yoduro de plata dentro de formaciones nubosas específicas. Según explica la empresa Rainmaker, los drones liberan estos núcleos de condensación en nubes que presentan temperaturas de entre -5°C y -20°C. Una vez que las gotas de agua microscópicas entran en contacto con las partículas, se congelan, ganan peso y terminan cayendo en forma de lluvia o nieve.

Esta modernización de la técnica, que tiene sus orígenes en los años 40, permite una precisión mucho mayor que los métodos tradicionales. Al utilizar vehículos aéreos no tripulados, los técnicos acceden a zonas complejas de la atmósfera con un riesgo nulo para pilotos humanos.

De acuerdo con la información facilitada por la compañía, estas intervenciones con drones pueden incrementar la precipitación local entre un 10% y un 20% a lo largo del tiempo, lo que supone un alivio crítico para las cuencas fluviales y los embalses de la región.

¿Qué impacto real tiene la lluvia provocada en las comunidades?

Muchos ciudadanos se preguntan si esta manipulación climática puede derivar en consecuencias imprevistas o desastres naturales. Ante estas dudas, Augustus Doricko, consejero delegado de Rainmaker, aclaró en declaraciones recogidas en 2025 por el medio Newsweek que la siembra de nubes es un proceso controlado y limitado.

Además, explicó que los temores sobre inundaciones son infundados, porque la tecnología solo produce un aumento moderado del agua acumulada. Según Doricko, mientras que una tormenta tropical puede descargar billones de galones, sus misiones más ambiciosas apenas alcanzan los 10 millones.

El uso de aeronaves no tripuladas sitúa a Rainmaker como la única empresa en Estados Unidos que opera exclusivamente con esta tecnología para la modificación climática. Al prescindir de aviones tripulados, la compañía evita exponer a pilotos a condiciones de congelación severas, situaciones donde las máquinas convencionales suelen fallar debido a la acumulación de hielo en sus estructuras.

Los drones también permiten una operatividad constante y económica, liberando yoduro de plata con una precisión quirúrgica en nubes que alcanzan temperaturas de al menos -5°C, logrando así que el vapor se transforme en cristales y caiga como nieve. De hecho, los niveles de plata detectados tras estas misiones son infinitamente inferiores a los límites recomendados por la EPA para el agua potable. Por tanto, el uso de drones para sembrar nubes no supone una amenaza para la salud pública ni para la integridad de los ecosistemas locales.

Asimismo, la urgencia de estas misiones en Utah responde al estado crítico del Gran Lago Salado, cuya superficie ha caído a mínimos históricos, dejando expuesto un lecho seco cargado de polvo con arsénico y metales pesados. Lo mismo ocurre con las sequías que están devastando Idaho.

Según datos publicados por el Washington Post, el lago de Utah necesita un flujo adicional de al menos 250.000 acres-pies de agua solo para estabilizarse. Para enfrentar este desastre ecológico, el gobierno estatal ha multiplicado su presupuesto para la siembra de nubes, pasando de 350.000 dólares a 7 millones de dólares anuales.

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