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El Pisuerga no pasa por Mallorca

Hay una tentación muy española —y muy mediática— de explicar el país entero a partir de una sola elección. Si el PP gana con holgura en Castilla y León, algunos ya sacan el mapa, lo doblan como si fuera una servilleta de bar y concluyen que el resto de España seguirá la misma corriente. Pero conviene recordar una obviedad que, a fuerza de repetirse poco, resulta casi revolucionaria: el Pisuerga pasa por Valladolid, sí, pero no por Mallorca.

La victoria del Partido Popular en Castilla y León ha facilitado el inevitable capítulo de las negociaciones con Vox. Nada nuevo bajo el sol. La política española lleva años instalada en esa dinámica: el PP necesita a Vox para gobernar en muchos territorios y Vox, a su vez, ha demostrado que no vino a la política para ser una comparsa, sino para influir en las políticas públicas.

En Castilla y León se ha visto otra vez el mismo esquema: el PP gana, pero no le basta. Vox consolida su presencia y se convierte en pieza clave para la gobernabilidad. Algunos analistas se han apresurado a interpretar el resultado como un techo para Vox. Otros hablan de frenazo. En realidad, lo que hay es algo mucho más sencillo: una fuerza política que sigue siendo decisiva.

Pero de ahí a extrapolar conclusiones automáticas para Baleares hay un trecho del tamaño del Mediterráneo. La política autonómica tiene algo de cocina de mercado: cada territorio tiene su receta, sus ingredientes y sus manías. Castilla y León es una comunidad marcada por el mundo rural, por décadas de hegemonía del PP y por una estructura electoral muy particular. Baleares, en cambio, vive de cara al mar, al turismo, a la presión migratoria y a una convivencia política mucho más fragmentada.

Pensar que el resultado castellano y leonés dicta el destino balear es tan lógico como creer que el clima de Burgos explica el de Palma.

En Baleares, Vox tiene un espacio político propio que no depende de lo que ocurra a mil kilómetros de distancia. Ese espacio está vinculado a debates que allí no son cotidianos: la saturación turística, la presión demográfica, la defensa de la identidad cultural o el hartazgo ante determinadas políticas lingüísticas. Temas que no se deciden en Valladolid ni en Madrid, sino en el día a día de los ciudadanos de las Islas.

Por eso conviene no confundir fotografía con película. Castilla y León muestra que Vox sigue siendo una fuerza relevante dentro del bloque de la derecha española. Puede crecer más o menos en cada elección, pero su papel en la arquitectura política sigue intacto: sin Vox, muchos gobiernos autonómicos simplemente no existirían.

Y esa lógica también opera en Baleares. De hecho, cuanto más se insiste desde ciertos sectores en presentar a Vox como una fuerza prescindible, más evidente se vuelve la paradoja: cada vez que llega la hora de formar gobiernos, su apoyo se vuelve imprescindible.

Así que conviene rebajar el entusiasmo de los analistas que ya dan por escrito el guion de las próximas elecciones. España no es una autopista recta donde todo circula en la misma dirección. Es más bien una red de carreteras comarcales donde cada territorio conduce a su manera.

Y Baleares, como bien saben sus habitantes, siempre ha tenido un carácter propio. Por eso, mientras algunos miran al Pisuerga para explicar el futuro político del país, otros recuerdan algo mucho más simple: ese río no pasa por Mallorca. Y en Mallorca, como en buena parte de España, todavía hay partido.