Orquesta Barroca de Sevilla: el compromiso de revivir instantes adelantados a su época
La OBS ofreció un recital sublime en el Auditórium centrado exclusivamente en Vivaldi
Un ‘partidazo’ inviable entre la Sinfónica de Baleares y la Orquesta Barroca de Sevilla
Les he puesto al corriente de la sorpresa, sobrevenida, al coincidir la misma fecha los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Baleares (OSIB) y también la Orquesta Barroca de Sevilla (OBS) el 13 de marzo en el Teatro Principal de Palma y también en el Auditórium de Palma, incluyendo en ambos casos Las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi. La sospecha de que asistíamos a una suerte de contraprogramación, imagino que no buscada, allí estaba, si además, pocos años atrás el Festival de Pollença propuso a la OSIB acudir al claustro de Sant Domingo con un programa específico, que por sorpresa fue adelantado meses antes en su temporada de abono. ¿Casualidades?
Sea como fuere, el 13 de marzo no quedaba otra que elegir entre Vivaldi o Vivaldi. La elección era difícil, teniendo en cuenta que nuestro Francisco Fullana era el violinista-director, elegido por la OSIB. Lo tuve que pensar, en conciencia, y finalmente opté por la OBS en el Auditórium y creo que no me equivocaba. La OSIB eligió una fórmula estándar, abriéndose en la primera parte con la Sinfonía número 8 de Beethoven y dejando para la segunda parte los desarrollos de Las Cuatro Estaciones.
En cambio, el planteamiento de la Orquesta Barroca de Sevilla se centraba exclusivamente en Vivaldi, en dos partes perfectamente ambientadas en la obra del veneciano, iniciando las dos partes con un concierto de su ingente corpus compositivo, para acto seguido desglosar Primavera y Verano en la primera parte, y dejando para después el Otoño e Invierno. Nada más entrar a la sala magna, me asistía la sensación de que el público, allí estaba, para una inmersión en el barroco. Mucho público, por cierto, teniendo en cuenta una oferta por duplicado.
Como suele ocurrir por regla general con las giras, el despliegue se limitaba a lo indispensable, de manera que sobre el escenario teníamos una versión de circunstancias, esto es, con ausencia de tiorba y archilaúd, además de la reducción en el refuerzo de contrabajos y violonchelos. Pero daba igual.
En escena, todos de pie, los seis violines y las cuatro violas, reservando el clavecín, contrabajo y violonchelo a mejor sujeción en el asiento. El hecho de permanecer de pie las cuerdas principales venía a subrayar la energía del conjunto, porque no había lugar para el asueto que es manera de referirse a lo habitual. Antes bien, se trataba de inyectar energía a la interpretación. Y el barroco es por definición ejercicio de introspección, desde el momento en que su punto de partida era romper amarras con cánones para la época, para buscar el acceso a la completa expresividad, que eso es precisamente el gran hallazgo de Vivaldi con sus estaciones. No es casual que estemos hablando de una obra que adelanta la música programática y no lo es por el ánimo de su autor que vive intensamente el deseo de dar rienda suelta a un relato argumental que se va desarrollando a lo largo de la ejecución.
No pude dejar de acordarme de aquella visita, en los años 90, de la Orquestra de Cámara de Camberra, también en el Auditórium, toda ella puesta en pie y haciendo las delicias del público, con su enérgica interpretación. De eso iba precisamente la velada con la Orquesta Barroca de Sevilla: vivir intensamente la música.
No dudo que pasara algo parecido con la OSIB en el Principal, sólo que en el Auditórium se vivió un momento sublime, por el firme compromiso del conjunto de cámara reviviendo unos instantes añorando la fuerza por llegar del sinfonismo, que todavía estaba por hacer acto de presencia.
Convendría que en el futuro no se repitieran tan innecesarias coincidencias.
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