El lastre de Armengol

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Francina Armengol ya no gobierna Baleares. Conviene recordarlo porque, a veces, da la impresión de que sigue haciéndolo. Los gobiernos pasan. Sus consecuencias permanecen.

Durante años, mis conciudadanos y un servidor escuchamos una interminable sucesión de lecciones morales. Se nos explicó cómo debíamos hablar, qué debíamos pensar, qué preocupaciones eran legítimas y cuáles se debían ocultar para no incomodar a la izquierda. Era una época de eslóganes. Una época de las manidas etiquetas de turno. Una época en la que la propaganda institucional crecía con más facilidad que los salarios.

Mientras tanto, la realidad hacía su trabajo. La vivienda se convertía en un lujo. La presión migratoria aumentaba. Los servicios públicos acumulaban problemas. La saturación de las islas alcanzaba niveles insoportables para muchos residentes. Pero el Gobierno balear estaba ocupado en otras cosas. Había que fabricar relatos. Había que construir una ficción política en la que Baleares avanzaba hacia una especie de paraíso progresista permanentemente amenazado por quienes se empeñaban en señalar los problemas reales.

La izquierda posee una extraordinaria capacidad para confundir el deseo con la realidad. Si algo no funciona, no revisa sus políticas. Cambia las palabras. Si los ciudadanos muestran preocupación por la inmigración ilegal, se habla de xenofobia. Si protestan por la inseguridad, se habla de percepción. Si denuncian la imposibilidad de acceder a una vivienda, se anuncia un nuevo plan estratégico. Siempre hay un informe. Siempre hay una campaña. Siempre hay una excusa.

Lo que rara vez hay son resultados. Ese es el verdadero legado de Armengol. No una decisión concreta ni una ley determinada. Una forma de gobernar. Una manera de entender el poder según la cual la gestión ocupa un lugar secundario frente a la construcción del relato.

Los ciudadanos debíamos aceptar lo que el gobierno de socialistas y catalanistas varios decía que ocurría, aunque vieran exactamente lo contrario al salir de casa.

Pero la realidad tiene una mala costumbre: no vota a la izquierda. La realidad no atiende a consignas. No se impresiona con ruedas de prensa. No modifica su comportamiento porque un gabinete de comunicación redacte una nota brillante. La realidad es obstinada. Y acabó imponiéndose.

Hoy Baleares sigue afrontando muchos de los problemas que se agravaron durante aquellos años. El acceso a la vivienda continúa siendo una pesadilla para miles de familias. La presión sobre los servicios públicos sigue aumentando. La inmigración ilegal y la inseguridad ciudadana continúan siendo tratadas por la izquierda como un tema incómodo del que es mejor no hablar demasiado.

Y, sin embargo, algunos pretenden presentar aquella etapa como un éxito. Resulta difícil imaginar una definición más generosa del fracaso. Porque gobernar no consiste en pronunciar discursos. Tampoco en repartir certificados de virtud desde las instituciones. Gobernar consiste en resolver problemas.

Cuando los problemas aumentan y las soluciones no llegan, el balance es bastante sencillo.

Por mucho que cambien los cargos, los despachos o los titulares, Baleares sigue arrastrando una pesada herencia política. Una herencia construida sobre propaganda, ideología y negación de la realidad. Ése es el auténtico lastre de Armengol.

  •  David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.

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