El despertar de la mujer sometida a una corona de espinas
La sala gran del Teatro Principal de Palma fue testigo del final de la gira de 'La corona d'espines' de Josep Maria de Sagarra
El 4 de abril la sala gran del Teatro Principal de Palma fue testigo del final de la gira de La corona d’espines, el poema dramático de Josep Maria de Sagarra, recuperado por el Teatre Nacional de Catalunya, que lo estrenó el mes de noviembre del año pasado. Recuperado tal vez no sea la palabra adecuada, aunque algo hay de ello en esta producción que dirige y le pone apuntes musicales Xavier Albertí, quien además desde 2013 es el director artístico del Teatre Nacional de Catalunya.
Tampoco es de extrañar que el director defina esta obra como «una partitura de altísimo voltaje», pues no en vano Albertí tiene estudios de piano de la mano -como discípulo- de algunos miembros relevantes de la Generación del 51. En escena aparece un clave donde escucharemos algunas piezas de su propia cosecha, escritas para la ocasión.
Josep Maria de Sagarra, considerado figura central de la literatura catalana del siglo XX, se caracterizaba por utilizar un lenguaje rico en matices y en expresiones populares, hasta el punto de acercar su obra al gran público, lo que sin duda sucedió con el estreno en 1930 de La corona d’espines. Un lenguaje, en efecto, cercano, cuya riqueza se caracterizaba por ser un catalán profundamente ligado a la tradición oral, y elevando el lenguaje coloquial a categoría literaria gracias a su habilidad para captar la esencia del catalán hablado.
La gran aportación de esta producción del Nacional de Catalunya radica en la figura providencial de Xavier Albertí, músico comprometido con el ritmo del verso, su parte musical; «la plasticidad de la lengua», en definitiva. Y añade: «Si tienes a los intérpretes con la capacidad técnica necesaria, entonces el proceso es fascinante». El principio que ha guiado el trabajo de Xavier Albertí es dibujar cómo «la poesía recrea la arquitectura musical de la palabra», entendiendo la obra toda ella «como una partitura».
¿Qué se esconde detrás de esta partitura de alto voltaje? Un cóctel en el que se entremezclan el matrimonio de conveniencia, el final del antiguo régimen, el despertar de la mujer sometida y la nobleza rural de la Cataluña de finales del siglo XVIII viviendo plácidamente instalada en la hipocresía social. Todo ello dibujándose en unos versos que ligan a los personajes en un ejercicio de voces, tan cercano al teatro clásico que acostumbra a trabajar la Compañía Nacional de Teatro Clásico y que ahora el Teatre Nacional de Catalunya también hace suyo en el rescate de este auténtico clásico del teatro catalán.
Once personajes sobre las tablas, entre los que destacan por su papel en la trama Àngels Gonyalons como Marta, la criada; Júlia Roch, la joven mancillada Marianeta; Abel Folk, como el senyor de Bellpuig, y el joven Eudald encarnado por Jan D. Casablancas. El resto se ocupa de los papeles secundarios, imprescindibles por su trascendencia para centrar la historia, y por eso mismo mencionables por derecho propio: Manel Barceló, Jordi Domènech, Oriol Genís, Pau Oliver, Laia Valls, Rosa Vila y Roger Vilà.
Los siete haciendo historia junto a los cuatro principales en la monumental puesta en escena del Teatre Nacional de Catalunya, contribuyendo a darle todo su esplendor el cuidado vestuario que firman Silvia Delagneau y Marc Udina, además de la escenografía de Max Glaenzel, en la que sobresale esa gran puerta en el centro del escenario barnizada de gran relevancia simbólica, y cuyo fondo entreabierto cabe entender como conexión con el caos histórico que se está viviendo en Europa, hasta oscurecerse por completo como testigo silencioso de un final de época en el que ya emerge un Sagarra que se adelantaba a su tiempo al mostrarnos el despertar de la mujer, tan largo tiempo sometida.
Creo no equivocarme, aunque pudiera ser, si digo que desde que Josep Maria Flotats interpretara en marzo de 1987 el Cyrano de Bergerac en el Auditórium de Palma, no asistíamos al resplandor del teatro versificado en lengua catalana. Cuentan que, en el fondo, el proceso creativo de Josep Maria de Sagarra buscaba, según sus propias palabras, «cazar el calor de la vida». No dejaba de estar presente en su escritura la naturaleza observadora por su condición de periodista, lo que en primera instancia ya le convertía en notario de la actualidad, incluso ya embarcado en su obra literaria.
La corona d’espines es en este sentido una suerte de reportaje en el que pasa a describir a su manera cómo los tiempos estaban cambiando. Eligiendo el verso para sus descripciones, hacía de sus obras algo llamado a permanecer. El legado de un cazador en busca del calor de la vida.
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