Danzad, danzad, malditos…

Danzad, danzad, malditos…

En 1969, Sydney Pollack dirigió Danzad, danzad, malditos, una película tan extraordinaria como despiadada. En plena Gran Depresión, un grupo de desesperados participaba en interminables maratones de baile por un plato de comida y unos dólares. Bailaban hasta la extenuación mientras el público contemplaba el espectáculo. La miseria convertida en entretenimiento. La desesperación, en coreografía.

Más de medio siglo después, España parece haber encontrado su propia versión. Con una diferencia: ahora bailan los que gobiernan y sufren los que pagan la entrada.

Y al frente de esta particular compañía de baile, Pedro Sánchez ha descubierto las extraordinarias posibilidades del movimiento de caderas. Sonrisas, palmas, aplausos sincronizados y entusiasmo de atrezo. Un pasito a la izquierda, otro hacia ninguna parte. Y a su alrededor, ministros y dirigentes entregados a esa peculiar modalidad de gestión pública que consiste en confundir gobernar con montar un espectáculo.

Pero hay tragedias ante las que la música debería detenerse.

El accidente ferroviario de Urda, en Toledo, ha vuelto a teñir de luto a España. Dos trenes de alta velocidad colisionando, dejando decenas de muertos y familias destrozadas. Todavía resuena la tragedia de Adamuz y nuevamente surgen preguntas que ningún eslogan puede responder.

¿Qué falló? ¿Cómo pudo producirse semejante colisión? ¿Funcionaron los protocolos de seguridad? ¿Quién deberá asumir las responsabilidades que determine la investigación?

Porque una cosa es respetar los tiempos de la investigación y otra muy distinta, renunciar a exigir explicaciones. Las condolencias son imprescindibles. Las responsabilidades, cuando procedan, también. Y mientras tanto, la realidad continúa empeñada en arruinar la fiesta.

El precio de la vivienda sigue disparado: sólo en el segundo trimestre de 2026 aumentó un 12,2% interanual. Los alquileres asfixian a las familias. La cesta de la compra castiga los salarios. La deuda pública supera el 100% del PIB y la recaudación tributaria alcanza niveles históricos.

Las agresiones sexuales registradas han aumentado significativamente durante estos años. El narcotráfico y la delincuencia violenta plantean desafíos que no se resuelven con propaganda. La pobreza infantil sigue siendo una herida abierta y miles de jóvenes contemplan la emancipación como un privilegio reservado a unos pocos.

Pero que nadie interrumpa la coreografía.

Porque el gran peligro de la política convertida en espectáculo es que termine sustituyendo los resultados por los aplausos, las explicaciones por los eslóganes y la responsabilidad por la escenografía. Un mitin no paga una hipoteca. Una sonrisa presidencial no llena una nevera. Y ningún baile devuelve la vida a quienes la han perdido en una tragedia ferroviaria.

En la película de Pollack, los organizadores necesitaban que los concursantes siguieran bailando para mantener vivo el negocio. En nuestra política, el espectáculo permanente amenaza con convertirse en una cortina de ruido que impida escuchar las preguntas incómodas.

Pero detrás del decorado hay un país real. Un país que trabaja, paga impuestos, llega con dificultades a final de mes y exige que sus servicios públicos funcionen. Un país que, cuando ocurre una tragedia, merece verdad, transparencia y responsabilidades.

Quizá haya llegado el momento de recordar a nuestros gobernantes que España no es una pista de baile ni los ciudadanos figurantes de su interminable campaña electoral. Porque mientras unos dirigen el baile, otros pagan la orquesta. Y algunos, desgraciadamente, ya no podrán volver a casa.

Así que… Danzad, danzad, malditos.

Pero no esperéis que los españoles os sigan el ritmo.

  • David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.

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