CRÍTICA

‘Cantar de Gesta’ de Mucha Muchacha, un viaje en balsa buscando al antihéroe colectivo

El Teatro Principal de Palma acogió el pasado viernes este espectáculo de danza contemporánea

cantar de gesta
Un momento del espectáculo de danza 'Cantar de Gesta'.

La historia comienza cuando cuatro chicas adolescentes de provincias, en la frontera de dejar de ser teenagers, van a coincidir en Madrid para cursar estudios en el Conservatorio Superior de Danza María de Ávila. Poquito a poco, va tejiéndose un marco de complicidades hasta que en 2019 deciden dar el salto y crear Mucha Muchacha, compañía de danza contemporánea.

Hoy, Ana, Marta, Belén y Marina se mueven en la treintena y, resultado de su complicidad compartiendo a partes iguales dirección, coreografía y baile, son, de momento, la creación de tres espectáculos: Volumen (2021), Para cuatro jinetes (2023) y Cantar de Gesta (2026), estos dos últimos llegados en coproducción con el Teatro Principal de Palma, donde los hemos visto.

En lo referente a sus señas de identidad, sobresale muy en especial apostar por la ruptura con los esquemas académicos del mundo de la danza, a la vez que dándole un enfoque netamente feminista. Cuando las vimos el mes de septiembre de 2023 con Para cuatro jinetes, llegaban con una considerable pájara ideológica o, por lo menos, se les atribuían dos afirmaciones, cuando menos muy discutibles. La primera, que «el mundo será queer o no será», y la segunda, que «el folclore es una herencia franquista». Tal vez fruto de ese tipo de fijaciones, la progresía tiene a Mucha Muchacha en un pedestal.

Hablamos de unas fijaciones extremadamente ideologizadas y no siempre conectadas con la realidad. El soporte musical de Para cuatro jinetes era una aportación de Los Voluble, dúo artístico andaluz centrado en remezclas electrónicas muy próximas al activismo político, más en concreto centradas en la provocación. Lo han vuelto a hacer en Cantar de Gesta, acudiendo en esta ocasión al proyecto Antropoloops, que gira en torno a dos factores: la diversidad musical, que a partir de la etnomusicología crea una herramienta para la diversidad, y la inclusión. Todos ellos son términos coincidentes con la ideología woke, tan enraizada en la nueva izquierda del siglo XXI.

Para cuatro jinetes, nuestra primera referencia, lo cierto es que asistíamos a una suerte de work in progress que respondía fielmente a su proceso de cuestionamiento del folclore, asistido por fobias a cuanto no era justificado por las consignas queer que estaban en su estándar argumental. Pese a ello, uno de los cuadros, en concreto la deconstrucción del folclore, nos advertía de la inspirada dinámica del colectivo para crear pasos ciertamente inéditos y no solamente identificables, también dignos de ser tenidos en cuenta.

Ahora nos han llegado con una propuesta que forma parte coherente de sus propósitos de rompimiento con los esquemas del mundo de la danza y los resultados son ciertamente renovadores o, como mínimo, originales. Cantar de Gesta más allá de ser la boutade por excelencia, no deja de constituir un primer trabajo de madurez centrado en desmontar a los clásicos, y donde el héroe ya no es la persona en singular, sino un colectivo anónimo, pongamos por caso la generación de antihéroes en la vida contemporánea; la no épica, en la vida común condenada irrevocablemente a la mediocridad.

El diseño de escenografía que firma Marta Lofi está inspirado en un juego de permanente penumbra en torno a lo que cabe entender como una embarcación, la balsa la llaman, sobre la que bailan las cuatro, en un viaje marcado por la amplificación de las pisadas que tanto sugieren ser consignas como dan a entender las permanentes indicaciones de la bailadora-guía.

Es indudable que aprendieron a bailar en el Conservatorio María de Ávila y lo hacen razonablemente bien. Cosa distinta es saber si han aprendido el sentido último de una coreografía, tan obsesionadas con la deconstrucción desde su enfoque feminista. Cantar de Gesta —el título ya es una boutade— es un ejercicio que mucho tiene de entender la danza como herramienta de lucha, antes que como una forma de expresión en los dominios de las artes escénicas.

La obra tiene un inicio soporífero que a nadie interesa; minutos mediocres e interminables. ¿Qué carajo puede importarle al espectador un ajuar de chistes prescindibles y meterse en consideraciones metafísicas de primero de bachillerato? Largo tiempo después llegó la danza propiamente dicha, justo en el momento de subirse a esa balsa que domina la escena a la manera de un refugio a partir del cual desarrollar su ejercicio político.

Como ya ocurriera en Para cuatro jinetes, en Cantar de Gesta vuelven a ser los apuntes musicales simple polución sonora, al servicio de un trabajo de clara inercia rítmica; una suerte de NO-coreografía con algunos pasos en ocasiones de gran plasticidad, otras veces sobrecogedores, aunque en líneas generales el relato se ajusta expresamente al formato feminismo militante.

Como ellas mismas apuntan, «la balsa es una declaración de intenciones en el sentido de querer estar juntas». Para mí, visto lo abrupto del sonido, en el fondo esa balsa no deja de ser un inmenso bodhrán, donde dibujar a golpes una sucesión de pasos surgidos –netamente– entre lo marcial y lo ancestral.
Llegado el final del viaje en balsa buscando al antihéroe colectivo, obvio, el público de inmediato puesto en pie como un resorte.

Lo último en OkBaleares

Últimas noticias