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La villa medieval más desconocida y menos masificada de Madrid para hacer una escapada este otoño: es conjunto Histórico-Artístico desde 1974

villa medieval más desconocida y menos masificada de Madrid
Iglesia de Santa María Magdalena y Ayuntamiento de Torrelaguna. Foto: Zarateman en Wikimedia Commons.
Alejo Lucarás
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

En la Comunidad de Madrid abundan los pueblos con castillo, con murallas o con plazas porticadas. Encima, cada fin de semana se llenan de visitantes. No obstante, entre todos ellos hay una villa medieval que conserva buena parte de su trazado original, que figura en los catálogos oficiales de patrimonio desde los años setenta y que, pese a ello, sigue fuera de las rutas más concurridas.

Y su caso tiene una particularidad. La protección se debe a un interesante conjunto de calles, casas nobles y edificios civiles que un decreto describió con detalle hace más de 50 años. Ese documento, publicado en el Boletín Oficial del Estado, funciona casi como una guía de visita y ayuda a entender qué hace distinta a esta localidad del norte madrileño.

Torrelaguna, la villa medieval de Madrid protegida como conjunto histórico-artístico

La localidad es Torrelaguna, un municipio de algo más de 5.000 habitantes situado a 61 kilómetros de la capital, en el valle medio del Jarama y junto al límite con Guadalajara.

Su declaración llegó mediante el Decreto 3415/1973, de 21 de diciembre, que el BOE publicó el 23 de enero de 1974, la fecha que hoy se toma como referencia.

El texto lleva la firma de Francisco Franco y del entonces ministro de Educación y Ciencia, Julio Rodríguez Martínez. Su primer artículo declara Conjunto Histórico-Artístico «la villa de Torrelaguna», con los límites que marcaba un plano anexo al expediente, y el segundo deja su tutela en manos de la Dirección General de Bellas Artes.

Y la razón aparece explicada unas líneas antes, sin rodeos. Según el decreto, los valores de la villa «deben ser preservados de reformas o innovaciones que pudieran perjudicarlos», y por eso era necesario situarlos bajo la protección del Estado.

Dicho de otro modo, a partir de entonces cualquier obra en el recinto delimitado dejaba de ser un asunto privado y pasaba a necesitar el visto bueno de las autoridades de patrimonio.

Esto es lo que dice el BOE sobre el recorrido que justificó la protección

La parte más interesante del documento es su exposición de motivos, que resume la historia local en pocas líneas. Torrelaguna adquirió su forma actual en la Edad Media, como enclave fortificado sobre el valle del Jarama.

En 1085, Alfonso VI la cedió al arzobispo de Toledo por su ayuda en la toma de Alcalá y, en 1390, se separó de la mitra toledana para convertirse en villa real.

Posteriormente, las murallas sufrieron un golpe definitivo, ya que la guerra de la Independencia acabó con casi todas las fortificaciones. El decreto recuerda que aún se distinguían dos antiguas puertas, una en la plaza de Montalbán y otra llamada del Cristo de Burgos.

A partir de ahí, el texto se detiene en los edificios que, a juicio del Ministerio, merecían quedar a salvo de cualquier transformación. Entre los elementos que el BOE cita de forma expresa figuran estos:

  • Casas y palacios blasonados, como el de Juan de Salinas, obra renacentista de la que solo queda la fachada.
  • Viviendas populares con estructura de madera en las calles del Poeta Juan de Mena y del Hospital.
  • La iglesia de Santa María Magdalena, impulsada por el cardenal Cisneros, con el Cristo de la Salud que el papa Alejandro VI regaló a los Reyes Católicos y la tumba del poeta Juan de Mena.
  • El Ayuntamiento, un edificio castellano con soportales y galería superior sobre pilares.
  • La cruz de la plaza Mayor, que señala el solar donde nació el cardenal Cisneros, regente de Castilla.

¿Y qué supone hoy ser conjunto histórico para esta villa medieval?

La etiqueta de 1974 no se quedó en el papel. Con la Ley de Patrimonio Histórico Español de 1985, los antiguos conjuntos histórico-artísticos pasaron a ser Bienes de Interés Cultural (BIC), la máxima figura de protección del país.

Por su parte, la Comunidad de Madrid incluye hoy el casco de Torrelaguna en esa categoría, y la iglesia de la Magdalena suma además su propia declaración como monumento desde 1983.

Cabe señalar que la definición oficial aclara la diferencia con un monumento aislado. Para la Comunidad, un conjunto histórico es una agrupación de inmuebles que forman una unidad coherente, «aunque individualmente no tengan una especial relevancia».

En Torrelaguna, eso abarca casas palacio, casonas y viviendas urbanas de los siglos XVII y XVIII, además del catálogo municipal de edificios protegidos redactado en 1994.

Esa protección, sin embargo, no siempre basta. En enero de 2022, la asociación Madrid, Ciudadanía y Patrimonio denunció que el palacio del Marqués del Pozo (también llamado de Pimentel), un edificio del siglo XVIII incluido en el catálogo local, había sido declarado en ruina y tenía autorizado su derribo.

Según el colectivo, conservaba gabinetes decorados con papeles pintados de la época de Fernando VI.

Una excelente escapada de otoño: ¿Qué se puede hacer en Torrelaguna?

El conjunto se recorre a pie, desde la plaza Mayor hacia los restos de la muralla, el arco de San Bartolomé y la ermita de la Soledad.

Fuera del casco, la atalaya de Arrebatacapas (una torre de vigilancia del siglo IX) ofrece vistas sobre la Sierra Norte, y la antigua alhóndiga funciona hoy como restaurante de cocina castellana, con el cordero asado como plato fuerte.

La villa guarda también un vínculo poco conocido con el agua que bebe Madrid. En el palacio de Arteaga se instaló la dirección de las obras del Canal de Isabel II, y a pocos kilómetros se levanta el Pontón de la Oliva, la presa más antigua del sistema, construida a mediados del siglo XIX.

Junto a ella, unas cárcavas de arcilla con crestas y barrancos dibujan un paisaje casi lunar.

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