Subí a un taxi sin conductor en Shenzhen y esto es lo que he aprendido sobre el futuro del transporte
Los robotaxis ya son rutina en varias ciudades chinas, Shenzen entre ellas
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Cómo hacer una copia de seguridad del móvil antes de un viaje largo

He estado la semana pasada en China y uno de mis objetivos era probar el servicio de robotaxi, es decir, el de un transporte automatizado sin conductor. En Alemania tuve la oportunidad de probar una conducción semiautónoma, pero las regulaciones euurpoeas están frenando este tipo de iniciativas. China es otra historia.
El coche llegó solo, se detuvo junto a la acera y me abrió el viaje con un mensaje en la pantalla. Detrás del volante no había nadie. En Shenzhen eso ya no llama la atención a casi nadie, y esa normalidad es, probablemente, lo más chocante para quien viene de fuera.
El servicio que probé se llama Apollo Go, o 萝卜快跑 (algo así como «el rábano corre rápido», por su mascota verde). Lo opera Baidu, el gigante chino de las búsquedas, en cooperación con el Grupo de Autobuses de Shenzhen (深圳巴士集团), el operador de transporte público de la ciudad. El coche que me tocó era un monovolumen amplio, luminoso y con muchísimo espacio para las piernas, más cercano a una furgoneta cómoda que a un turismo. El volante sigue ahí, pero va tapado con una funda y un cartel que prohíbe tocarlo, durante el trayecto es solo un objeto decorativo. La ciudad se ha convertido en uno de los grandes laboratorios de la conducción autónoma, junto a Wuhan, Pekín o Shanghái.

Pedirlo, la primera barrera para un extranjero
Aquí viene la primera lección, y no es menor, solicitarlo siendo extranjero es complicado. La aplicación funciona con número chino (+86) y verificación de identidad, y aunque existe una opción para pasaporte, el registro se atasca con facilidad. En mi caso lo pidió por mí una persona local desde su móvil, y esa es, hoy por hoy, la vía más realista para un turista. Algunos hoteles internacionales incluso lo gestionan desde recepción a cambio de un recargo. Conviene saberlo antes de viajar, sin ayuda china, es probable que te quedes mirando cómo pasan los coches vacíos.
Una vez dentro de la app, el proceso es idéntico al de cualquier VTC: eliges origen y destino entre las paradas habilitadas, confirmas y esperas. El coche aparece en el mapa y avanza hacia ti. Hay un detalle que aporta tranquilidad, la puerta no se abre sola sin más. Para entrar tienes que teclear un PIN que llega a la aplicación en un pequeño panel numérico situado en la propia puerta, así que nadie ajeno a tu viaje puede colarse en el coche que has pedido.

¿Da miedo? La sensación de seguridad
Reconozco que subí con más ilusión que otra cosa, ganas de comprobar de primera mano algo que en Europa todavía suena a ciencia ficción. Y el coche no defrauda. Conduce con una suavidad casi excesiva, frena con antelación, respeta distancias, cede el paso y no se deja llevar por las prisas del tráfico que lo rodea, algo que en una ciudad como Shenzhen dice mucho.
Es más, terminé sintiéndome más seguro que en un taxi convencional, y creo que la clave está en el impresionante conjunto de cámaras y sensores que corona el techo del vehículo. Según Baidu, sus robotaxis combinan varias unidades de lidar con más de una decena de cámaras para vigilar los 360 grados del entorno. El coche parece verlo todo, sin ángulos muertos ni despistes. No todo es perfecto, la conducción es tan prudente que a veces es lenta, el vehículo es muy estricto con las normas de circulación.

Cambiar la ruta y poner música desde el asiento
Dentro hay dos pantallas, una delante y otra detrás, así que da igual dónde te sientes. Desde ellas controlas el aire acondicionado, ves el recorrido en tiempo real y pones música. El sistema está integrado con NetEase Cloud Music, el equivalente chino a Spotify. Mi acompañante, por agradarme, puso canciones en español, ¡villancicos! y esa autonomía para decidir la temperatura, el volumen y la lista de reproducción es una de las diferencias más tangibles frente al taxi de toda la vida.

Sobre cambiar la ruta conviene matizar, porque aquí el marketing y la realidad no coinciden del todo. El destino se modifica desde el móvil, no desde la pantalla del coche, que carece de una función de «parada cercana» como sí ofrece su rival Pony.ai. Es decir, puedes replanificar el viaje, pero pasando por la app. Lo demás, como el clima, la música o el asiento, sí responde por voz, con el asistente «你好萝卜» («hola, rábano»), aunque para eso hay que defenderse en chino.
Barato, y ahí está la clave
El precio remata la jugada. Un trayecto corto, de unos 3 de kilómetros, salió por unos 30 yuanes, poco menos de cuatro euros. Baidu subvenciona con fuerza estas tarifas y ha llegado a generar inquietud entre los taxistas chinos por lo agresivo de sus precios, así que no conviene tomar esa cifra como el coste real y sostenible del servicio. Pero como experiencia de usuario europeo, es increíble.

La compañía asegura superar los 250.000 viajes semanales, una cifra que la sitúa a la altura de Waymo en Estados Unidos. No sé si el modelo será rentable ni cuándo llegará algo así a España, donde la regulación va muy por detrás. Lo que sí sé es lo que viví, en Shenzhen, pedir un coche sin conductor ya es tan normal como pedir uno con él. Y volver a un taxi tradicional es algo diferente.