Nueva York tiró al Atlántico más de 2.500 vagones de metro viejos y ahora dan hasta 400 veces más comida a los peces
Limpiados de grasa, plásticos y depósitos, los vagones acogen de media 323 peces cada uno y, según Delaware, multiplican hasta por 400 la comida disponible.
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¿Qué se hace con un vagón de metro que ya no sirve para llevar viajeros? En Nueva York, entre agosto de 2001 y abril de 2010, la respuesta fue subirlo a una barcaza y empujarlo al océano. Así acabaron en el fondo del Atlántico más de 2.500 vagones retirados, repartidos frente a las costas de Nueva Jersey, Delaware, Virginia, Carolina del Sur y Georgia.
No era un vertedero con otro nombre. La idea era crear arrecifes artificiales, estructuras hechas por el ser humano que imitan a un arrecife natural y dan a los animales marinos un sitio donde agarrarse, esconderse y comer. Más de veinte años después, el experimento ha dejado datos llamativos y alguna lección de ingeniería.
Un desierto de arena bajo el agua
Muchas zonas del fondo frente a la costa este de Estados Unidos eran auténticos desiertos, según el propio programa de la autoridad de transporte neoyorquina (MTA). Arena lisa y poco más. Sin nada donde fijarse no hay mejillones, y sin mejillones tampoco hay comida para los peces.
Cada vagón medía unos 15,5 metros de largo y casi 3 de ancho y de alto, un cajón de metal lleno de huecos. Los primeros fueron los famosos Redbird, llamados así por su pintura roja. Es la misma lógica de segunda vida que se aplica a los cascos de barcos abandonados.
La limpieza antes del chapuzón
Tirar un vagón al mar tal cual sería mala idea. Antes, la autoridad de transporte les quitaba los depósitos, los plásticos, los materiales degradables y la grasa, según el programa de arrecifes de Nueva Jersey. Solo quedaba la carcasa metálica.
El punto más polémico fue el amianto, un mineral aislante que es peligroso cuando se respiran sus fibras. Algunos Redbird lo llevaban en piezas del interior y en 2001 varios grupos ecologistas protestaron. Un oceanógrafo de la Agencia de Protección Ambiental defendió entonces que, bajo el agua, esas fibras no llegan al aire, que es donde hacen daño.
Nueva Jersey frenó nuevos hundimientos con una directiva en abril de 2003 y no readmitió los vagones hasta marzo de 2008, tras estudiar su resistencia, su estabilidad y los posibles contaminantes. Los buzos no vieron señales apreciables de deterioro.
Acero contra agua salada
El gran enemigo de un arrecife de metal es la corrosión, el proceso por el que el agua salada y el oxígeno se van comiendo el acero. Como una bici olvidada todo el invierno en la terraza, pero a lo bestia. Le pasa a cualquier resto de hierro hundido, como el submarino alemán que yace desde 1917 frente a Dinamarca.
Los Redbird eran la tanda más vulnerable. A partir de 2008 llegaron vagones de acero inoxidable de los tipos 301 y 302, que aguantan mejor el agua de mar. Cada uno pesaba 18 toneladas.
¿Cuánto duran ahí abajo? Nueva Jersey calculaba entre 15 y 25 años para un Redbird y entre 25 y 30 para uno inoxidable. Los primeros se hundieron en 2001, así que ya rondan el final de ese margen. Delaware, por cierto, apuesta desde finales de 2017 por la roca natural, que supone más del 90% del material colocado según su guía de arrecifes.
Mejillones, lubinas y mucha comida
El caso más conocido es el Redbird Reef, a unos 26 kilómetros de la costa de Delaware y a entre 21 y 27 metros de profundidad. Lleva ese nombre por los más de 700 Redbird que descansan allí. En total, el estado ha recibido unos 1.330 vagones del metro neoyorquino.
El metal se cubre de mejillones, ostras y otros invertebrados. Según el departamento de Recursos Naturales de Delaware, esa capa de vida puede dar hasta 400 veces más comida a los peces que el fondo desnudo. Por allí nadan lubinas negras americanas, tautogas y peces ballesta.
Nueva Jersey también hizo cuentas. Sus estudios entre 2003 y 2005 contaron una media de 323 peces por vagón. Vamos, un banco entero donde antes se sentaban los viajeros.
Lo que todavía no se sabe
¿Significa esto que hay más peces en el mar? No necesariamente. Un metaanálisis de 2020 recogido por la NOAA, la agencia oceánica de Estados Unidos, revisó 39 estudios y concluyó que los arrecifes artificiales igualan a los naturales en densidad y variedad de peces. Eso sí, su éxito depende del lugar y del material.
Una revisión de 2025 recuerda que solo 12 estudios han medido cuánta vida nueva producen de verdad estos arrecifes, y apenas tres con una zona de control. Es el viejo debate científico entre atraer peces que ya existían o fabricar peces nuevos. De momento, los vagones siguen ahí, cada vez más oxidados y más llenos de vida.
Los datos del programa de arrecifes de la MTA se han publicado en la web del New York Transit Museum.
Crédito de la imagen: Scdnr (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).