Estados Unidos ha disparado una ojiva hipersónica de tamaño real desde un enorme cañón en Arizona para recrear los últimos segundos antes del impacto, reutilizando una tecnología vinculada a un supercañón de 1.600 kilómetros que terminó siendo cancelado
El experimento busca estudiar los efectos de la fase terminal sin tener que realizar en cada ocasión el costoso lanzamiento de un misil hipersónico completo.
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El Ejército de Estados Unidos ha probado una ojiva hipersónica de tamaño real lanzándola desde un gran cañón en el Campo de Pruebas de Yuma, en Arizona. La idea no era montar todo el espectáculo con un misil completo. Querían ir directamente a la parte más crítica: esos últimos segundos en los que la ojiva llega al blanco a una velocidad brutal.
¿Y qué ganan con eso? Básicamente, poder repetir este tipo de pruebas más veces y, sobre el papel, sin quemar tanto dinero como en un lanzamiento completo. Eso sí, el comunicado oficial dejó bastante misterio. No dijo qué velocidad alcanzó la ojiva, cuándo se hizo exactamente el disparo ni qué cañón utilizaron.
Las armas hipersónicas viajan al menos cinco veces más rápido que el sonido. A esas velocidades, una parte importante del daño puede proceder de la propia energía del impacto, incluso antes de contar la explosión de la carga.
El nuevo método intenta aislar ese momento final. En lugar de pagar por un cohete impulsor, sistemas de guiado y una trayectoria de vuelo completa, el cañón acelera la ojiva y permite observar cómo se comporta contra un blanco instrumentado.
Eso no convierte el disparo en un sustituto de todas las pruebas hipersónicas. No reproduce un vuelo prolongado por la atmósfera, el calentamiento acumulado ni las maniobras de un arma completa, pero sí ofrece datos sobre una fase concreta que resulta difícil y cara de estudiar.
Una ojiva preparada para soportar el cañón
El Laboratorio Nacional Lawrence Livermore y el Centro de Armamento del Ejército estuvieron unos dos años trabajando para que todo encajara. Y no era precisamente montar dos piezas y listo.
El problema está en lo que ocurre dentro del cañón. En el momento del disparo, la carga recibe una aceleración brutal y unas vibraciones muy fuertes. Es casi como meter un dispositivo delicado en una batidora gigante durante unos instantes y esperar que salga funcionando perfectamente.
Para aguantar ese golpe, los ingenieros prepararon un conjunto reforzado. También diseñaron un sabot especial, una pieza que funciona como una especie de cuna: mantiene la ojiva bien centrada dentro del tubo y, una vez fuera del cañón, se separa.
Además, desarrollaron una espoleta electrónica con un sistema de armado seguro. Dicho de forma sencilla, actúa como un seguro para impedir que la carga se active antes de tiempo.
Antes de jugársela con una ojiva real, en Yuma hicieron una primera prueba con una inerte. Querían comprobar que todo sobrevivía al disparo y llegaba entero al otro lado.
Después revisaron el diseño y dieron el siguiente paso. Esta vez utilizaron una ojiva real y siguieron el impacto con cámaras de alta velocidad y otros sensores, como si pusieran el momento del choque bajo una lupa.
El rastro del supercañón cancelado
Las imágenes publicadas por el Ejército parecen mostrar el banco de pruebas de artillería pesada asociado al antiguo Cañón Estratégico de Largo Alcance. Sin embargo, el artículo oficial de Yuma no utiliza ese nombre, por lo que la identificación procede del análisis de las fotografías y no de una confirmación expresa del Ejército.
Aquel programa buscaba desarrollar un cañón capaz de lanzar un proyectil hipersónico a unos 1.600 kilómetros. El proyecto no llegó a convertirse en un programa de adquisición y fue cancelado, aunque parte de su infraestructura quedó disponible para otros trabajos.
En la práctica, reutilizar el sistema como banco de pruebas no significa que el supercañón vaya a regresar como arma operativa. Significa que una tecnología descartada puede conservar valor para acelerar experimentos y evitar que cada ensayo dependa de un misil completo.
Más pruebas con un presupuesto menor y lo que aún queda por demostrar
El Ejército presenta el cañón como una alternativa de alta cadencia para estudiar efectos terminales a una escala útil. Al eliminar gran parte de los componentes de un vuelo completo, los investigadores pueden concentrar el gasto en la ojiva, el blanco y la instrumentación.
La publicación no dice cuánto costó el disparo, cuántas pruebas podrían hacerse al año ni qué velocidad exacta alcanzó la ojiva. Así que de momento, hacer cuentas cerradas sería como intentar cuadrar un presupuesto con media hoja en blanco. Hay pistas, sí, pero todavía faltan datos.
Estados Unidos ya utiliza otros atajos para estudiar partes concretas del vuelo hipersónico. En 2022, la pista de trineos cohete de Holloman recuperó un vehículo de prueba que viajaba a unos 1.950 metros por segundo, una velocidad cercana a Mach 5,8, para analizar materiales y sistemas sin realizar una misión completa.
El siguiente paso será comprobar si el cañón ofrece resultados repetibles y suficientemente parecidos a los de un impacto real. Los investigadores también tendrán que separar los daños causados por el disparo, especialmente la aceleración inicial, de los que aparecerían durante un lanzamiento convencional.
Las pruebas de vuelo completas seguirán siendo necesarias para validar el guiado, la navegación, la resistencia al calor y la integración de todos los componentes. El valor de este método está en detectar fallos antes y obtener más datos entre esos ensayos, no en reemplazarlos.
El trabajo oficial se ha publicado en THE OUT POST la revista de Yuma Proving Ground.
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