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El ‘superhongo’ Candida auris, resistente a fármacos, se expande globalmente y amenaza con llegar a España

Candida auris representa, hoy, uno de los patógenos fúngicos más peligrosos de las últimas décadas

Candida auris, recientemente reclasificado como Candidozyma auris, es una levadura patógena que desde su identificación en 2009 ha demostrado ser extraordinariamente peligrosa. A diferencia de otros hongos que causan infecciones leves, C. auris es resistente a múltiples antifúngicos, capaz de sobrevivir durante largos periodos en superficies hospitalarias y difícil de identificar con técnicas convencionales de laboratorio. Estas características lo convierten en un patógeno singular y especialmente preocupante dentro de los hongos humanos.

En los últimos años, la expansión global de Candida auris ha sido sostenida y rápida. Más de 60 países han anunciado casos hasta finales de 2025, y en Europa entre 2013 y 2023 se notificaron más de 4.000 infecciones, con un aumento notable en 18 países en 2023. En Estados Unidos, la expansión supera las fronteras hospitalarias tradicionales, con al menos 7.000 infecciones confirmadas en más de 25 estados. En Portugal, un estudio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Porto documentó los primeros ocho casos en 2023, incluyendo tres infecciones invasivas con resultado fatal en pacientes ya gravemente enfermos. Además, se han detectado mutaciones que sugieren una adaptación continua del hongo.

La principal razón por la que se le denomina superhongo es su resistencia farmacológica combinada con su facilidad de propagación. La mayoría de los aislamientos muestran resistencia a al menos una clase de antifúngicos, y algunos presentan resistencia a varias, incluyendo azoles, equinocandinas y anfotericina B. Esto limita gravemente las opciones de tratamiento y aumenta el riesgo de mortalidad en pacientes vulnerables. Su capacidad de colonizar la piel sin causar síntomas permite la transmisión silenciosa, y puede permanecer viable en superficies durante semanas, incluso resistiendo algunos desinfectantes habituales.

¿Cómo se transmite?

Candida auris se transmite principalmente en entornos hospitalarios y no de forma comunitaria. La infección ocurre por contacto directo entre pacientes o de manera indirecta a través del personal sanitario y equipos contaminados. Los grupos de mayor riesgo son los pacientes en unidades de cuidados intensivos, aquellos con dispositivos invasivos y personas inmunocomprometidas o con tratamientos prolongados. La mortalidad asociada a infecciones invasivas puede alcanzar hasta el 60% en algunos contextos, aunque generalmente está influida por comorbilidades graves.

El diagnóstico temprano es fundamental, pero representa un desafío, ya que muchos laboratorios carecen de métodos especializados. En cuanto al tratamiento, las opciones son limitadas: los azoles suelen ser ineficaces, las equinocandinas se consideran de primera línea aunque ya hay resistencias emergentes, y la anfotericina B se reserva como último recurso debido a su toxicidad.

Estrategias de prevención

Las estrategias de prevención se centran en la vigilancia activa y detección temprana en hospitales, higiene de manos rigurosa, desinfección avanzada de superficies y equipos, y aislamiento de pacientes colonizados o infectados. Organizaciones internacionales como el ECDC y CDC enfatizan que una respuesta coordinada y global es clave para contener brotes antes de que se vuelvan endémicos.

Aunque España todavía no ha experimentado grandes brotes, los casos recientes en Portugal y el aumento global de infecciones reflejan que la amenaza es real. Es esencial reforzar la vigilancia hospitalaria, mejorar la capacidad diagnóstica, investigar nuevas opciones farmacológicas y adoptar estrategias de prevención adaptadas en todos los centros sanitarios para evitar que Candida auris se convierta en un problema de salud pública masivo.

Candida auris representa, hoy, uno de los patógenos fúngicos más peligrosos de las últimas décadas. Su resistencia múltiple, su capacidad de propagación silenciosa y la limitada eficacia de los tratamientos disponibles convierten su vigilancia y control en una prioridad sanitaria internacional, con España y Europa en la primera línea de alerta.