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Caminar

Llevas toda la vida caminando sin saber que lo haces mal: «Si no cuidas la postura y la pisada, caminar te está perjudicando»

Caminar es prácticamente para todo el mundo, una actividad tan automática que pocas veces nos detenemos a pensar en cómo lo hacemos. Salimos de casa, aceleramos el paso si tenemos prisa, subimos una cuesta o damos un paseo y damos por hecho que el cuerpo sabe perfectamente qué hacer. Sin embargo, la posición de la espalda, la manera de apoyar el pie o incluso el movimiento de los brazos pueden cambiar la forma en la que repartimos el esfuerzo cada vez que caminamos y de ahí que posiblemente lo estemos pasando mal y que además suframos las consecuencias.

La cuestión cobra importancia porque caminar es también una de las formas más sencillas de mantenerse activo. No requiere instalaciones, puede incorporarse fácilmente a la rutina y permite adaptar tanto el ritmo como la distancia a las posibilidades de cada persona. Instituciones como la Fundación Española del Corazón y la Mayo Clinic incluyen la caminata regular entre las actividades que pueden aportar beneficios a la salud. Pero salir a andar durante media hora y hacerlo de cualquier manera no son exactamente lo mismo. Una postura poco natural o una pisada inadecuada pueden favorecer molestias y sobrecargas, especialmente cuando se repiten durante kilómetros. Por eso merece la pena observar algo que hacemos casi sin darnos cuenta.

Llevas toda la vida caminando sin saber que lo haces mal

No es necesario caminar rígido ni mantener el cuerpo en una posición forzada. Las recomendaciones del Centro de Fisioterapia Cerro Prieto parten precisamente de buscar una postura erguida pero natural con la cabeza levantada, mentón ligeramente recogido, hombros relajados y abdomen activo. Y para entender cómo es exactamente esta postura podemos imaginar que una cuerda tira suavemente de la coronilla hacia arriba. La intención no es sacar pecho ni tensar la espalda, sino evitar que el cuerpo vaya vencido hacia delante mientras avanzamos.

Es fácil que esto último ocurra durante el día. Mirar continuamente hacia abajo, llevar los hombros adelantados o caminar encorvado puede terminar convirtiéndose en una costumbre y además, cuando se aumenta el ritmo para utilizar la caminata como ejercicio, mantener una técnica cómoda cobra todavía más importancia. Por otro lado, los brazos también deberían acompañar el paso de manera natural y aunque no hace falta exagerar el movimiento, lo que podemos hacer para ejercitarnos de forma más completa, es añadir bastones de marcha nórdica, que incorporan el tren superior al desplazamiento y obligan a coordinar brazos y piernas.

Así debería apoyarse el pie

La pisada es otro de esos gestos que hacemos sin mirar, pero según las recomendaciones recogidas por el centro de fisioterapia, al caminar el contacto comienza con el talón, continúa por la planta del pie y termina con el impulso de la parte delantera. Arrastrar los pies o acostumbrarse a caminar de puntillas altera ese movimiento y puede generar tensión en distintas zonas. El calzado también cuenta y para caminar durante periodos prolongados conviene que resulte cómodo, tenga una amortiguación adecuada y permita cierta flexibilidad de la suela.

Tampoco es necesario empezar andando deprisa. Si el objetivo es convertir los paseos en ejercicio, se puede aumentar progresivamente la velocidad sin sacrificar la forma de caminar. Otra opción consiste en alternar tramos rápidos con otros más tranquilos. El propio cuerpo puede ofrecer algunas pistas. Si después de caminar aparecen repetidamente molestias en los pies, las rodillas o la espalda, merece la pena prestar atención a cómo nos movemos. Observar si bajamos demasiado la cabeza, adelantamos los hombros o modificamos la pisada cuando estamos cansados puede ayudar a detectar costumbres que normalmente pasan inadvertidas. Si el dolor persiste, lo adecuado es consultar a un profesional sanitario en lugar de intentar corregirlo únicamente por cuenta propia.

Caminar también cuenta como ejercicio

Cuidar la técnica tiene sentido, entre otras cosas, porque caminar regularmente puede ser mucho más que desplazarse de un lugar a otro. La actividad física moderada está relacionada con beneficios cardiovasculares y metabólicos, y caminar a un ritmo adecuado es una de las maneras más accesibles de incorporarla a la vida cotidiana. La Fundación Española del Corazón señala los efectos positivos de mantener una vida activa sobre la salud cardiovascular. La Mayo Clinic también relaciona las caminatas regulares con el control del peso, el fortalecimiento de huesos y músculos y mejoras en aspectos como el equilibrio, el estado de ánimo o el sueño.

Incluso el momento elegido puede resultar interesante. Dar un paseo después de comer se ha estudiado por su relación con el control de la glucosa, mientras que convertir la caminata en una rutina permite aumentar poco a poco la resistencia sin necesidad de empezar con entrenamientos especialmente exigentes. La velocidad y la duración pueden adaptarse ya que una persona que lleva tiempo siendo sedentaria no necesita comenzar recorriendo grandes distancias, sino que puede hacerlo con trayectos más cortos y aumentar después el tiempo o el ritmo.

Al final, precisamente porque sabemos caminar desde pequeños, es fácil olvidarse de que también podemos hacerlo mejor. Levantar la mirada, relajar los hombros, observar la pisada y utilizar un calzado apropiado son detalles pequeños. Cuando ese mismo movimiento se repite miles de veces a la semana, dejan de ser tan insignificantes.