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Ictus: una emergencia médica en la que el tiempo es cerebro

El ictus continúa siendo uno de los grandes retos sanitarios en España. Cada año se registran más de 100.000 episodios y sigue siendo la primera causa de muerte en mujeres y la segunda en el conjunto de la población. Además, más de 435.000 personas viven con daño cerebral adquirido, y en más del 80% de los casos el origen está en un accidente cerebrovascular.

Ante una patología en la que cada minuto cuenta y cuyas secuelas pueden ser graves, la atención especializada y precoz resulta determinante. En este contexto, el Hospital Universitario Ruber Juan Bravo puso en marcha en 2017 una Unidad de Ictus diseñada para ofrecer una respuesta rápida, coordinada y altamente especializada, no sólo a sus propios pacientes, sino también a otros centros del grupo en la Comunidad de Madrid.

Cada minuto cuenta en la fase aguda

El ictus es una urgencia médica que se produce cuando se interrumpe de forma brusca el flujo sanguíneo al cerebro, provocando daño neuronal en cuestión de minutos. Sus síntomas suelen aparecer de manera repentina e incluyen dificultad para hablar, pérdida de fuerza o sensibilidad en un lado del cuerpo, desviación de la boca, alteraciones visuales o problemas de equilibrio. Ante cualquiera de estas señales, la actuación debe ser inmediata, ya que el tiempo es un factor decisivo para el pronóstico.

Los tratamientos actuales permiten, en muchos casos, restablecer la circulación cerebral, pero sólo son eficaces si se aplican en las primeras horas tras el inicio del ictus. Cada minuto de retraso aumenta el daño cerebral y la probabilidad de secuelas. Por este motivo, el diagnóstico precoz y la atención especializada resultan claves para reducir la mortalidad y mejorar la recuperación funcional del paciente.

La importancia del tiempo no es sólo teórica. Existen tratamientos de revascularización cerebral —como la fibrinólisis intravenosa o la trombectomía mecánica— cuya eficacia depende directamente de la rapidez con la que se restablezca el flujo sanguíneo. Cada minuto que pasa sin tratamiento implica una mayor extensión del daño cerebral y, por tanto, un mayor riesgo de secuelas permanentes.

Además de su impacto agudo, el ictus es una de las principales causas de discapacidad adquirida en adultos. La mayoría de los casos están asociados a factores de riesgo modificables, como la hipertensión arterial, la diabetes, el colesterol elevado, el tabaquismo o el sedentarismo. El control de estos factores y el seguimiento médico adecuado son esenciales tanto para prevenir un primer episodio como para evitar recurrencias.

Un abordaje especializado para una patología compleja

Precisamente para dar respuesta a esta urgencia médica, el Hospital Universitario Ruber Juan Bravo puso en marcha en 2017 la Unidad de Ictus territorial del grupo Quirónsalud Madrid, una organización en red que presta servicio urgente al Hospital Universitario Quirónsalud Madrid, al Hospital La Luz, al Hospital Quirónsalud Sur y al Hospital Quirónsalud Valle de Henares.

La unidad está diseñada para atender de forma integral a pacientes en fase aguda de ictus, con protocolos específicos, personal altamente especializado y tecnología avanzada. “Un innovador sistema de Teleictus permite al neurólogo atender por teleconferencia y en tiempo real al paciente en cualquiera de los hospitales”, explica el doctor Rafael Arroyo González, jefe del Departamento de Neurología. 

Gracias a este sistema, el tratamiento se inicia sin demoras en cada centro y, una vez estabilizado el paciente, se traslada al Hospital Ruber Juan Bravo para completar el estudio y ajustar el tratamiento.

Tecnología, coordinación y experiencia clínica

La Unidad de Ictus cuenta con cuatro camas monitorizadas, neurólogos con presencia física en turnos de mañana y tarde y guardia localizada nocturna, con un sistema de teleictus que permite evaluar a los pacientes inmediatamente en cualquiera de los cinco centros implicados, especialistas en medicina intensiva las 24 horas y personal de enfermería dedicado exclusivamente a estos pacientes. Dispone además de monitorización cardiaca y tensional continua, pulsioximetría y un equipo de neurorradiología intervencionista de guardia permanente, lo que garantiza el acceso a tratamientos endovasculares en cualquier momento.

“Hemos habilitado un espacio dedicado exclusivamente a nuestros pacientes con ictus con un sistema de monitorización cardiaca y de constantes para el manejo de la fase aguda”, señala el doctor Jaime González-Valcárcel, coordinador de la Unidad de Ictus de Quirónsalud Madrid.

Resultados clínicos que avalan el modelo

El ingreso en unidades de ictus especializadas ha demostrado mejorar de forma significativa el pronóstico de los pacientes en fase aguda. La vigilancia estrecha reduce complicaciones, disminuye el riesgo de recurrencia y contribuye a una mayor recuperación funcional.

Desde su creación, la Unidad atiende a más de 300 pacientes al año, con una estancia media de dos días en la propia unidad y una hospitalización total aproximada de cuatro días y media. Según los datos disponibles, el 76% de los pacientes se mantiene independientes a los tres meses del episodio, mientras que la tasa de mortalidad se sitúa por debajo del 7%, cifras que reflejan un nivel asistencial de excelencia.

Prevención y seguimiento, claves para evitar recaídas

Más allá de la fase aguda, el ictus requiere un seguimiento estrecho. Tras el alta hospitalaria, los pacientes son atendidos en consultas especializadas para controlar los factores de riesgo y ajustar los tratamientos preventivos.  La prevención y el control adecuado de estos factores resultan fundamentales, ya que una parte significativa de los ictus podría evitarse con un manejo correcto del riesgo vascular.

La experiencia de la Unidad de Ictus del Hospital Universitario Ruber Juan Bravo demuestra que la combinación de rapidez, especialización y tecnología avanzada es determinante para mejorar la supervivencia y la calidad de vida de los pacientes.

En este sentido, el trabajo coordinado de las unidades de ictus y la concienciación social siguen siendo herramientas esenciales para reducir el impacto de una enfermedad que continúa siendo una de las principales amenazas para la salud pública.