San Francisco de Sales y el consejo de paciencia que muchos necesitan hoy: «Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo»
San Francisco de Sales nos dejó para la historia algunos pensamientos que vale la pena recordar. Por ejemplo, sobre la paciencia.
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Vivimos acelerados por una exigencia invisible que nos empuja a medir el valor propio en función de la productividad inmediata. En medio de esta vertiginosa carrera contra el reloj, las palabras de San Francisco de Sales suenan a contracorriente, casi como un desafío a nuestra cordura: «Ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo». Este obispo de Ginebra del siglo XVII entendía con agudeza que la mayor parte de nuestros tropiezos cotidianos no nacen de la maldad, sino de la prisa y de esa intransigencia feroz con la que nos juzgamos a nosotros mismos ante cualquier error menor.
Los beneficios de la paciencia
Lejos de proponer una resignación pasiva o una pereza contemplativa, el santo saboyano planteaba la paciencia como una herramienta de precisión espiritual y psicológica. En su clásica Introducción a la vida devota, insistía en que la perfección no se alcanza mediante arrebatos de furia contra las propias debilidades.
Quien se desespera por haber caído en el mismo fallo por centésima vez demuestra que aún confía demasiado en sus propias fuerzas. Se enoja, patalea mentalmente y se castiga con un diálogo interno implacable, olvidando que la fragilidad forma parte de la condición humana y que ningún edificio sólido se levanta a base de latigazos.
La exigencia a los demás
Resulta curioso observar cómo exigimos a los demás una comprensión que nos negamos sistemáticamente a concedernos. Si un amigo tropieza, solemos disculparle con una sonrisa o una palmada en el hombro; si somos nosotros quienes cometemos el desliz, el tribunal interno se reúne de inmediato para dictar condena perpetua.
Francisco de Sales diagnosticaba esta trampa con una claridad asombrosa. Nos advertía que el desánimo ante nuestros propios defectos no es humildad sincera, sino una forma camuflada de soberbia impaciente: nos duele no ser ya santos perfectos, como si la transformación interior fuera un trámite administrativo y no un proceso lento y lleno de barro.
¿Cómo ver nuestros propios fallos?
El santo recomendaba tratar los propios fallos con una severidad mansa, desprovista de crispación. Cuando un jardinero poda una rama seca, no golpea el tronco con rabia ni arranca la planta entera; corta con firmeza, pero con pulso sereno, sabiendo que el ciclo de la naturaleza exige tiempo y cuidado constante.
Del mismo modo, corregir las malas costumbres o los malos hábitos cotidianos requiere un trato amable con la propia torpeza. Pretender extirpar los defectos de un solo tajo solo consigue crispar el sistema nervioso y bloquear cualquier avance real.
La búsqueda del equilibrio
Esta clase de equilibrio interior exige aprender a convivir con la propia imperfección sin que ello suponga un aval para la dejadez. El autor de este consejo clásico entendía perfectamente la psicología del esfuerzo sostenido. Sabía que el desánimo actúa como un freno de mano echado en mitad de una cuesta empinada; nos inmoviliza bajo el peso de la culpa y nos convence de que cualquier intento futuro es inútil.
Contra esa parálisis melancólica, proponía reiniciar el camino cuantas veces fuera necesario, tantas como marca la fragilidad de nuestros días, pero haciéndolo siempre con el ánimo ligero, sin cargar con la mochila del rencor hacia uno mismo.
La época de lo personal
Esta perspectiva adquiere una vigencia particular en una época obsesionada con la optimización personal, donde cada fallo se interpreta como un fallo del sistema que hay que reparar al instante con aplicaciones, métodos o cursos exprés.
San Francisco de Sales nos devuelve al terreno de lo terreno, recordándonos que el crecimiento interior se parece más al curso paciente de un río que a una línea recta trazada con escuadra. Hay días en los que el caudal avanza con fuerza y otros en los que parece estancarse en lodazales oscuros. Aceptar esa oscilación sin perder la calma constituye el núcleo de su enseñanza.
El consejo salesiano no invita al conformismo ni a cruzar los brazos esperando que el tiempo lo arregle todo. Al contrario, exige una vigilancia constante pero serena. Quien aprende a tener paciencia consigo mismo descubre una reserva de energía insólita, puesto que deja de malgastar sus fuerzas en el reproche estéril y la autoflagelación mental. Toda esa atención que antes se consumía en lamentar el pasado se libera ahora para atender el presente, que es el único lugar donde cabe aplicar un remedio eficaz.
Cambiar los hábitos diarios
Detrás de esta actitud late también una profunda comprensión de la naturaleza de los hábitos. Cambiar la inercia de años no es cuestión de un propósito de año nuevo o de un arrebato nocturno de voluntad de hierro. Requiere esa paciencia artesanal que sabe perdonar el paso en falso de hoy porque confía en la dirección general del rumbo elegido.
Cuando aceptamos que somos obras en construcción perpetua, el error deja de ser una catástrofe que invalida todo el esfuerzo previo y se convierte en un dato más, en una señal de tráfico que nos indica por dónde no debemos volver a pasar.
Temas:
- Religión católica