Zapatero, Trump tiene todas las cartas
La imputación del ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero por tráfico de influencias, blanqueo y organización criminal ha sorprendido esta semana a media España, pero probablemente la suerte de este Bambi —como le llamó con legendario desprecio Alfonso Guerra— se decidió mucho antes, durante la operación norteamericana que acabó con Nicolás Maduro en manos estadounidenses y abrió a Washington las cloacas completas del chavismo. Con el dictador chavista en su poder, Trump ya podía decir que tenía todas las cartas en este caso.
En su día, Zapatero fue un presidente desastroso, el que rompió con el equilibrio tácito de la Transición para sembrar la división y el enfrentamiento a cara de perro entre los españoles con sus leyes guerracivilistas de memoria histórica y de conflicto entre los sexos. Fue también un espantoso administrador en lo económico, negando la eventualidad de una grave crisis cuando ya la teníamos encima. Fue, en suma, una pesadilla. Pero, en ese viejo hábito de la izquierda de llevárselo calentito, parecía una excepción, sin dejar grandes escándalos, solo frases denterosamente cursis y sin sentido sobre la titularidad de la tierra por parte del viento. De las minas de oro, en cambio, no dijo nada.
Pero fue en su cesantía, parece ser, cuando a Bambi le crecieron los colmillos y una voracidad internacional: el caso Zapatero deja de parecer un asunto puramente español en cuanto uno empieza a seguir el dinero, el petróleo y los nombres que aparecen alrededor de la trama. Ya no hablamos solo del rescate de Plus Ultra o de la sospecha de pagos millonarios vinculados a operaciones petroleras venezolanas. Hablamos de empresas sancionadas por el Tesoro estadounidense, rutas de evasión de sanciones, crudo venezolano camuflado hacia China y figuras centrales del aparato chavista hoy directamente bajo control norteamericano.
La Audiencia Nacional sospecha que Zapatero ejerció una «influencia determinante» en operaciones vinculadas al petróleo venezolano. Las investigaciones apuntan a movimientos de hasta 1,95 millones de euros y el juez ha ordenado bloquear cerca de medio millón en cuentas relacionadas con el expresidente. Y en mitad de todo eso aparece Swissoil Trading SA, una compañía sancionada en 2021 por la Administración Trump por colaborar presuntamente en la evasión de sanciones contra PDVSA, la petrolera estatal venezolana.
Washington acusó a la empresa de facilitar exportaciones de petróleo venezolano hacia China mediante documentación falsa y estructuras opacas diseñadas para esquivar el bloqueo norteamericano. Bloomberg documentó incluso operaciones superiores a 11 millones de barriles bajo estos sistemas.
Y entonces aparece el nombre verdaderamente inquietante de toda esta historia: Hugo El Pollo Carvajal. Carvajal era jefe de inteligencia militar de Hugo Chávez, hombre de máxima confianza del régimen y una de las figuras que mejor conocían las finanzas, las relaciones internacionales y las cloacas criminales del aparato bolivariano. Estados Unidos le perseguía desde hacía años por narcoterrorismo, tráfico de cocaína y colaboración con las FARC. Tras ser detenido en España y extraditado finalmente a Nueva York, terminó declarándose culpable ante la Justicia norteamericana.
Precisamente ahí empieza el verdadero peligro para Zapatero y, por extensión, para Sánchez. Y es que cuesta muchísimo creer que una red internacional relacionada con petróleo venezolano sancionado, compañías monitorizadas por el Tesoro estadounidense, estructuras financieras opacas y operadores históricos del chavismo pudiera funcionar durante años sin que los servicios norteamericanos acumularan información extraordinariamente detallada. Estados Unidos lleva más de una década vigilando obsesivamente el ecosistema financiero del régimen venezolano. Mucho antes de que la Audiencia Nacional empezara a mover papeles, Washington ya seguía barcos, cuentas, empresas pantalla y rutas petroleras.
Las investigaciones españolas pueden haber comenzado formalmente en Madrid. La pregunta interesante es cuánta información llegó antes desde Washington. Sánchez y Zapatero llevaban años actuando como si Estados Unidos siguiera demasiado distraído entre Ucrania, Taiwán y Oriente Medio para prestar atención a las aventuras bolivarianas de la izquierda española. Como si España pudiera jugar simultáneamente a aliado OTAN, socio amistoso de Pekín y legitimador europeo del chavismo sin consecuencias reales.
Pero para Trump, Venezuela no es una extravagancia ideológica latinoamericana, sino una pieza estratégica donde confluyen narcotráfico, petróleo, inmigración, seguridad hemisférica y penetración china en América. Y eso cambia completamente el significado político de las viejas amistades chavistas del PSOE.
China no aparece aquí como un actor secundario. Durante años, Pekín fue el gran comprador final del petróleo venezolano, el principal sostén financiero exterior del chavismo y uno de los beneficiarios directos de las redes creadas para esquivar sanciones norteamericanas. Y precisamente ahí es donde la posición española empieza a resultar especialmente incómoda para Washington: un Gobierno enfrentado verbalmente a Trump, extraordinariamente complaciente con China y ligado políticamente a un expresidente que aparece cada vez más cerca de las cloacas financieras del chavismo.
Durante años, las fotografías de Zapatero con Maduro parecían simple folklore progresista europeo, la aspiración de convertirse en el gran mediador del Grupo de Puebla a este lado del Atlántico. Pero cuando Washington vuelve a mirar seriamente hacia Caracas, esas imágenes empiezan a adquirir otro significado. El de una posible red europea de intermediación política y financiera vinculada a intereses directamente hostiles a Estados Unidos.
No levantarse al paso de la bandera norteamericana fue, además de una grosería innecesaria, un error de principiante en Zapatero; para Sánchez, presentarse ahora como adalid mundial de la Liga AntiTrump resulta directamente suicida. Las potencias medias europeas pueden permitirse durante algún tiempo cierto antiamericanismo adolescente mientras Washington mira hacia otro lado. Pero Trump no es un hombre particularmente paciente, y ahora le toca jugar sus cartas.