El veterinario de mi perro ha progresado

El veterinario de mi perro ha progresado

Mi veterinario —es decir, el de mi perro— ha sido propuesto a instancia de Esquerra como consejero de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC). El nombramiento forma parte de la renovación parcial de este órgano de control. La retribución anual es de 132.000 euros. Además de dietas, desplazamientos y otros gastos.

Joan Capdevila i Esteve (Martorell, 1965) se suma así a otras figuras ilustres de Junts y de Esquerra que ambos partidos han colocado —o mejor dicho, recolocado— en organismos y empresas públicas del mismo Estado del que se querían separar. En la inmensa mayoría, también con sueldos estratosféricos.

Me refiero -respecto a la formación de Puigdemont- a Eduard García en Renfe, Ramón Tremosa en AENA, Elena Massot en Enagás y Miquel Calçada en RTVE. Mientras que, por parte de los republicanos, encontramos a Jordi Pons en el Banco de España. O a Sergi Sol, también en RTVE.

De hecho, en la CNMC coincidirá con Josep Maria Salas (ERC) y Pere Soler i Campins (Junts), que fue director general de los Mossos en los momentos álgidos del proceso. Cuando dudaban entre la lealtad al Poder Judicial o al presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Pere Soler, de los primeros cesados tras la aplicación del 155, venía rodado porque antes había sido director general de Prisiones (2013-2016). Me ahorraré recordar todos los tuits que escribió en esa época contra España o los españoles. Más que nada porque necesitaría otro artículo entero.

Como aquel del 26 de octubre del 2016 dirigido al PSOE, el mismo que luego lo ha encumbrado: «Espero que nos vayamos ya. Me hacéis pena todos los españoles». Por cierto, el currículum oficial colgado en la página web de la CNMC omite no solo sus, sino su cargo durante el proceso. Sin duda, un lapsus involuntario de memoria.

Solo aparece su condición de abogado en ejercicio desde 1992, presidente del Tribunal Arbitral de Terrassa (2008-2013), asesor del Departamento de Empresa (2018-2021) y director general de la Autoridad Catalana de la Competencia (2022). Otro de la colla de Terrassa, como Josep Rull, ahora presidente del Parlament. Y Miquel Sàmper, que tras haber sido consejero de Interior nada menos que con Quim Torra, ahora lo es de Empresa con el socialista Salvador Illa. A este también se le han pasado las ínfulas y el líder del PSC lo recogió. De abogado tendría que trabajar mucho para cobrar lo que cobra (130.000 al año).

Joan Capdevila debe haber sufrido un proceso similar. Hace años, cuando era diputado, me lo encontré por el pueblo durante unas fiestas y le pregunté: «Joan, tú que eres de misa, no sé qué haces al lado de Rufián, que todavía se define como marxista».

Entre otras cosas porque había visto en las redes un vídeo del líder de ERC en Madrid en un debate y todavía se proclamaba como seguidor de Marx.

Me contestó abruptamente: «Eso tú, que vas con los españoles». No lo he olvidado, como pueden ver.

Teniendo en cuenta, además, que lo conocía desde hacía muchos años. A su condición profesional se añadía el hecho de que era el líder del sector crítico de Unió. Lo de líder es, sin duda, una exageración. No lo digo por él, sino porque eran cuatro gatos.

Como tal, le di cancha en alguna ocasión. Más que nada porque los periodistas hemos de ir, de entrada, con las minorías, los pobres y los oprimidos. Hasta lo entrevisté un par de veces. Una en un consejo nacional del partido, donde ejercía el papel de maldito. Y la otra cerca de su domicilio familiar. Quizá sería interesante recuperar la entrevista a ver si decía alguna de gorda.

A ello hay que añadir que fue también la cara visible de El Matí, el digital en el que escribía sobre fauna y «bestias carroñeras» un columnista que con el tiempo llegaría a presidente de la Generalitat, Quim Torra.

Su gran aspiración en esa época era ser miembro del Patronato de la Montaña de Montserrat, organismo de la Generalitat que vela por los intereses de este parque natural en el que está el conocido monasterio. Pero fue vetado por el propio Duran i Lleida, según me aseguró entonces.

No sé si, como consecuencia de ello, acabó fichando por Esquerra Republicana. Sin embargo, semejante aversión a los españoles no le impidió ser diputado de ERC en Madrid entre el 2016 y el 2023. Durante varias legislaturas -XI, XII, XIII y XIV- porque alguna acabó abruptamente. Pero repitió. Y luego empalmó con delegado de la Generalitat en Madrid entre el 2023 y el 2024.

La última vez que volví a verlo, mucho más conciliador que la anterior, ya no tenía cargo oficial alguno y la República catalana resultó un sueño de ocho segundos. Salió la típica pregunta sobre su futuro profesional ahora que ha pasado todo. A ver si sí, por casualidad, volvía a poner inyecciones a perros y gatos.

Me explicó que había fichado por una consultora energética. Y, aunque no se lo crean, hasta me alegré por él. A pesar de que no intuía experiencia pública alguna en el sector. Pero al menos, pensé, no seguirá viviendo de lo público.

Si ahora lo colocan en la CNMC es porque aquello no acabó de funcionar o, evidentemente, le ha salido algo mejor. Desde luego, no es fácil levantarse, en el sector privado, sueldos superiores a 130.000 euros anuales. A no ser que seas directivo de multinacional o gran empresa.

Me recuerda, en este sentido, a otra colega de Unió, Joan Ortega, vicepresidenta del Gobierno catalán con Artur Mas entre el 2010 y el 2011, cuando empezó el desvarío. También anunció, tras dejar la política, que montaría un outlet. Debió irle mal porque se acercó a Junts y ahora al menos es concejal en el Ayuntamiento de Barcelona.

Me van a permitir, para acabar de rizar el rizo, terminar con una anécdota de Jordi Pujol ahora que lo han sacado del armario para frenar las expectativas de Aliança. En enero del 2002, en un mitin en el Palau de la Vall d’Hebron, que yo cubrí como periodista, el aún president afirmó que ellos no estaban en política por la «menjadora», es decir, el comedero de las gallinas.

Tenía que ser la presentación de Artur Mas, como heredero al frente de CiU. Y, como se pueden imaginar, la frase eclipsó el resto del acto. Incluso lo admite el propio Pujol en las memorias. Pues bien, el proceso ha sido eso: la «menjadora». Todo por la pasta.

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