Opinión

Rufián, el mejor candidato

Puede sonar extraño que elogie al candidato de un partido golpista —que es lo que es Esquerra Republicana—, pero es de reconocer que Gabriel Rufián es el activo más valioso de la extrema izquierda. No solamente por su capacidad de comunicar y de montar espectáculos que luego se hacen virales en redes. Rufián es mucho más que un showman que protagoniza vídeos con millones de visualizaciones. Hasta jóvenes que no tienen ningún interés por la política saben quién es Rufián y, al menos, le escuchan durante unos minutos.

Rufián es un político que ha sabido introducir dentro de la extrema izquierda debates que parecían vetados, como el de los problemas que la inmigración ilegal o la falta de seguridad generan en los barrios más populares de las grandes ciudades. Temas que para cierta izquierda son exclusivos de la extrema derecha y la derecha extrema, y que Rufián al menos ha planteado que se deberían debatir para intentar recuperar a muchos votantes desencantados con la izquierda que se han ido a otras formaciones.

Rufián tiene más olfato político que Ada Colau, que se piensa que por haber ido al numerito de la flotilla de Gaza ha resucitado políticamente. Parece que olvida que, siendo alcaldesa de Barcelona, los ciudadanos decidieron echarla a patadas dejándola en tercera posición en las últimas elecciones municipales. Rufián plantea temas incómodos para intentar que la extrema izquierda crezca, mientras esta sigue instalada en la deriva woke y está dejando a este espacio político en los huesos.

No estoy diciendo que Rufián me parezca un político serio, porque me parece un demagogo de primer nivel. No hay nada más que escuchar lo que dice cuando de vez en cuando habla sobre la cuestión separatista. Sigue instalado, como su partido, en el golpe de Estado permanente y el «ho tornarem a fer». Pero no reconocer las virtudes del adversario es siempre un error. Y Rufián tiene cualidades políticas de las que carecen algunos de sus competidores, desde Irene Montero a Ernest Urtasun, pasando por Mónica García y Pablo Bustinduy.

Es posible que en el último momento toda la extrema izquierda llegue a un acuerdo. Ada Colau tiene la extraña virtud —que no entiendo— de llevarse bien con Rufián y con Irene Montero, y puede reparar muchas de las heridas que se han producido en ese espacio político. Pero, pase lo que pase, el auténtico candidato popular de la extrema izquierda es Gabriel Rufián, quien es más exitoso entre los votantes radicales de Burgos o Leganés que entre los de Vic o Manresa.

Rufián es un candidato del que abomina buena parte del separatismo catalán, mientras la extrema izquierda lo adora. En un espacio político cuyos líderes se han alejado cada vez más de su base electoral, el de Santa Coloma destaca porque desprende una cercanía, aunque posiblemente sea impostada, pero que funciona mucho mejor que la soberbia de Mónica García o Ada Colau.

De hecho, me alegro de que la candidata del Frente Amplio sea Ada Colau porque me parece la peor opción posible para que consigan unos buenos resultados. Y cuanto peor le vaya al Frente Amplio, mejor nos irá a los españoles. Así que me parece perfecto que tanto ella como Mónica García y el resto de ministros encabecen las listas de un proyecto fracasado que sólo ha demostrado que sabe saquear y producir problemas a los ciudadanos. Y a Rufián le auguro en el futuro, si no cambia y sigue manteniendo el mismo tono populista con toques de inteligencia, un brillante porvenir político cuando la extrema izquierda abandone su manía de suicidarse políticamente con su desprecio hacia los que le votaron en el pasado.