¿Quién piensa en el día después? Feijóo debe ser Feijóo

Feijóo
  • Graciano Palomo
  • Periodista y escritor con más de 40 años de experiencia. Especializado en la Transición y el centro derecha español. Fui jefe de Información Política en la agencia EFE. Escribo sobre política nacional

Se mire por donde se quiera, la próxima alternancia en el poder ejecutivo de la nación tendrá que adobarse con ingredientes de choque en el objetivo máximo de reconducir la actual situación imposible a la que ha conducido un jefe de gobierno tan inapropiado democráticamente como irresponsable.

Se requiere refundación moral del Estado, de la práctica totalidad de las instituciones y capacidad técnica, amén de honradez, para poder llevar a cabo tan monumental tarea.

En este y actual contexto, no conozco ni una sola cabeza relativamente amueblada que cuestione que ese cambio de poder pasa necesariamente por Alberto Núñez Feijóo, la persona que cuando decidió quemar sus naves gallegas nunca pensó que se iba a encontrar con lo que se ha encontrado. De ahí que, modestamente, entienda que, después de pasar durante seis años por una áspera labor de oposición, que todavía debe rematar (para lo que el personaje está menos dotado que para la «gestión» de las cosas de comer), Feijóo debe dedicar el principal de sus esfuerzos a otear el día después de la
caída de Sánchez, esto es, después de ganar las elecciones generales y estar ante la posibilidad de formar gobierno. Recuerdo a los lectores, una vez más, que en democracia las elecciones no las suele ganar la oposición, sino que las pierden los gobiernos, según tiene acreditada la vieja praxis política del mundo libre.

Observo que se anteponen muchos «sí, pero…» a la posibilidad de que el máximo dirigente nacional del PP pueda encarar con éxito la formidable tarea que supone volver España a los cánones democráticos, alejar las fantasías fatuas, devolver a la sociedad civil lo que se le ha hurtado y cambiar las cañerías mientras el agua continúa fluyendo por el grifo. Montar un gobierno realista, capaz técnicamente, y hacer inventario de lo que recibe serían tareas urgentes. No vaya a ser que le pase algo parecido a lo que le ocurrió a su paisano de Pontevedra.

No seré yo, en ningún supuesto, el que cometa la osadía de dar consejos a un dirigente que lleva toda su vida en política, gobernó su predio galaico con éxito, ha demostrado que el aspaviento y el griterío a nada conducen y, sobre todo, que está sabiendo capear el temporal repleto de injusticias, sin perder de vista lo esencial. Sin embargo, sí observo (por ser algo perfectamente descriptible) que hay gente a su alrededor y de antaño que se permite ejercitarse en tamaña perorata. España no es hoy igual al ayer y mucho menos al anteayer.

La España de Feijóo, políticamente hablando, no es aquel país de 1996 donde la unidad electoral de la derecha se había convertido en un bien de Estado. Tampoco la nación en ruina económica que heredó Rajoy del ilustrante Zapatero. Esta es una colectividad de 50 millones de españoles que, en la actual coyuntura, devastada por el frentismo sanchista, con un gobierno manirroto dispuesto a hacer tabula rasa de todo con tal de no apearse del machito.

He estudiado muy a fondo al candidato a la presidencia del gobierno del centro-derecha. Tiene, a mi entender, una cierta idea de España y, sobre todo, de lo que hay que hacer para dirigir con equipos honrados (lo primero) y competentes después empezar una nueva y urgente página en la historia del país más antiguo del mundo. Y, desde esa atalaya, su acierto para ser el mismo, escuchando, sin duda, pero sin rendirse a cantos de sirena de algunas personas que deberían estar ya en el museo del pasado, y que, en cambio, quieren seguir sonando su flauta.

El que quiera entender, que entienda.

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