Puigmamón & Co

Puigmamón & Co

Hace mucho que cada vez que Carles Puigdemont aparece en televisión me recuerda al Mocito Feliz. Lo recordarán, seguro, era aquel calvo y barbas malagueño que perseguía a la Pantoja y a los personajes del mundo rosa. Recuerdo cómo el tío persiguió a Julián Muñoz hasta la cárcel de Alhaurín. Aquel Mocito, que a estas horas imagino panza arriba en alguna playa de Motril, es la analogía carismática que me asalta espontáneamente la cabeza cada vez que veo a Puigdemont en un total televisivo desde Waterloo. Desde el día que salió de la “República” como conejo agazapado en el maletero junto a la rueda de cambio y el orinal del coche de su esposa. Transportarle acojonado desde el salón de casa hasta el túnel de Gerona, donde se cambió de ropa y de coche para esquivar a la Policía y la Guardia Civil, fue el más alto servicio que le rindió Marcela Topor, la mujer que el ex presidente de la Generalidad se compró por catálogo.

Ahora Puigdemont sigue haciendo de ‘Mocito chupacámaras‘ forzoso para compensar el martirio de Junqueras, quien le llama “Puigmamón” en las partidas intimistas de dominó jugadas en el presidio, e intenta, además, recuperar notoriedad asegurando que va a volver a Madrid con inmunidad para recoger su acta de eurodiputado. En una aparente prueba de rebeldía que sólo se creería un lobotimizado nivel Beatriz Talegón o aquel que no recuerde como el trilero, cagado hasta los tobillos, rogó a Rajoy “inmunidad jurídica” como condición para adelantar las elecciones autonómicas en la última semana de octubre de 2017. Desde entonces, Puigdemont, lleva dos años viviendo del diezmo del “Estado español” y haciendo de su día a día un truco para disfrazar al mayor cobarde y subsidiado del S. XXI de una especie de Rob Roy MacGregor del independentismo.

No vendrá a firmar su acta europea. Hace dos años, en lugar de ir a “votar” y de ser detenido por la Policía para convertir su existencia en un momento de gloria terrenal ante la cámara, salió pitando de “La República” como un vulgar camello que, una vez, vi en Mobilete huyendo de los Monegros. El 10 de octubre, en los mismos términos, y con el mismo miedo, en lugar de proclamar lo que tantas veces anunció que proclamaría en los días previos, hizo el simulacro de medio declarar la independencia para cancelarla acto seguido, creando hasta la desazón hormonal en sus propias filas y ofreciendo al Estado carta blanca para actuar e intervenir Cataluña por fin.

A su fama de chupacámaras sólo la mejora la de gallina. Puigdemont es jefe. Pero ser jefe del hospicio de cagados del independentismo no creo que le sirva de consuelo. “Carles” se cagó ante el Rey el 3-O, se cagaba con asiduidad ante la CUP cada vez que le amenazaban con no aprobarle los Presupuestos y mandarle a su granja de Gerona, y lo volvió a hacer cuando no se atrevió a parar el 1-O para no salir hecho fuet payés del Parlament. Se cagó ante aquel entrevistador belga la noche que éste le dijo en un debate que “si quería ganar un poco de dignidad, debía volver a España y encerrarse en prisión con sus amigos en lugar de estar en aquel estudio”. Como él, todos los que le seguían, ahora están escondidos esperando a que Puigdemont eche una meada para considerarlo un hecho histórico: Luís Llach, el duermeovejas oficial que chupaba suelo en el Parlament esperando a que le cayera lo suyo. Gabriel Rufián, el catalán psico de Súmate que empezó cobrando del paro mientras trabajaba para ERC. David Raventós, el huelguista de hambre indepe que acabó ingresado en un psiquiátrico. Sor Caram, la monja criolla trotaplatós con pulsión por los defraudadores, Messi y Artur Mas. Jubilatas paseándose en pijama de rayas por el Paseo de Gracia con una bola de corcho atada al pie, una bolsa amarilla, un gorro paquistaní y una bandera acubanada. Qué plantel, escolti, noi.

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