Opinión

Un psiquiatra para Pedro Sánchez

En un sublime ejercicio de apoyo al pueblo americano, hasta 15 rotativas españolas se hicieron eco esta semana de una carta enviada al New York Times por un grupo de 35 psiquiatras. En ella afirmaban que Trump sufría una “grave inestabilidad emocional” que le impedía ser presidente. 48 horas después de la diagnosis del Samur mental yanqui y de la presentación del nuevo programa de Pedro Sánchez, Por una nueva socialdemocracia, sorprende que ni un solo erudito de la moralidad política, ni un solo periódico, contertulio o político solidario se haya ofrecido a pagarle uno a Sánchez.

El ex secretario general del PSOE, que en el último año únicamente ha ascendido en su meteórica trayectoria autolesiva, volvió a insistir en el izquierdismo infantil y revisionista. Volvió demostrarse incapaz de romper su morbosa inclinación por Podemos al insistir en su idea de liderar un nuevo Frente Popular junto al nacionalismo más reaccionario, al que el pasado martes le ofreció la cabeza de España. El artículo 2 de la Constitución española: la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles. La de todos, no de la suya.

Cruzó la muchedumbre del Círculo de Bellas Artes de Madrid al ritmo del Color Esperanza de Diego Torres. Prometiendo plurinacionalidad para cepillarse a España, pero bueno, al menos sacó el puñal a ritmo de salsa. Y habló de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad mientras en su programa desgranaba como robárnosla. Lo hizo con la ligereza y la habilidad para mentir propias del incompetente que, sin nada que ofrecer, sólo sabe escupir mantras y negociar con los logros de 44 millones de personas. Sus líneas programáticas no eran más que una meada hacia arriba en la misma pared en la que antes había marcado Iglesias. La escenografía vulgar y hortera de su último intento de cacicada a España en los siguientes párrafos:

Su cruzada contra el capitalismo neoliberal desde el punto 32 al 37. Su apuesta por la oposición a las políticas de austeridad y a su intención de integrar en el Gobierno a todas las fuerzas de izquierda radical en el punto 126. En el punto 103 se compromete a derogar el artículo 135 de la Constitución. Justo el epígrafe que ampara la Ley de Estabilidad Presupuestaria y que supedita al Gobierno a la Ley para emitir deuda pública o contraer crédito. El único punto que le enfrentó a Zapatero a pesar de haber seguido Sánchez la estrategia ideológica del primero. Promete, además, la transición hacia la renta básica universal en forma de impuesto negativo sobre la renta en el punto 78. La derogación de la reforma laboral. La elevación del salario mínimo a 1.000 euros. La apuesta por la ideología supremacista de género en el punto 66. La mutualización de la deuda soberana por parte del Banco Central Europeo. La entrega de las empresas privadas al control sindical bajo el tramposo y soviético término de la “democratización de las empresas”. Como si el capital y el riesgo fuera de cada uno de los trabajadores o del propio Sánchez. Así como la reducción de la jornada laboral a 30 horas semanales. ¿Y por qué no de 20 horas? ¿O de 10? Porque los españoles no viven de coger el coche para ir a Vallecas y tocarle el timbre a Iglesias para decirle: “Eh, machote. Baja que vamos a ver quién la tiene más larga”.