No ha vendido Ceuta, la ha regalado
No había dudas, pero por si acaso, Sánchez se fue a su OnlyFans mediático de cabecera a ejercer de felón mayor del reino, amo supremo de todas las traiciones a España y defensor de la invasión de Marruecos al país que dice gobernar. Necesitado como estaba de masaje cervical por parte de la cohorte de palmeras y bufones que ejercen de activistas porno del régimen, se llevó su sonrisa de plástico y su voz de telefonista de línea erótica para corroborar lo que todos, salvo sus escribas sexuales, ya sabemos: que Ceuta será entregada con la luz del quinto día, al alba, mientras los muecines le llaman a la oración y pleitesía, como todo buen feligrés arrodillado al Comandante de los Creyentes, Mojamé.
Para consumar la traición, y persistir en el delito, el afamado creador sociópata de listas musicales que a nadie importa se marca una tourné de activismo cervical, donde las agujetas de los informantes es proporcional a su servilismo hacia un gobierno y un autócrata tan apegado al poder que su resistencia de manual sólo se entiende por su aversión a pasar por la prisión. Ni los informes del CNI ni los documentos aportados por diferentes analistas militares y civiles que avisaban de la inminente invasión cambian el plan y el rictus de quien se siente obligado a cumplir con el enemigo para que su esposa no sea detenida por sus tejemanejes africanos.
Y como Sánchez tiene previsto regalar Ceuta a la morisma chusquera, usando todos los recursos del Estado y lo que sea menester para ello, la única solución al despropósito pasa, amén de porque Vivas -a la vejez, heroico- arme a la policía municipal para defender la ciudad, por hacer sentir a los causantes del miedo que vive la población ceutí lo mismo por lo que están pasando sus ochenta mil invadidos habitantes.
Por ello, propongo llevar a los invasores a las puertas de la Moncloa, arrebatarlos de manos de sus concubinas oenegeras y degeneradas e invitarlos (es un decir) a conocer los barrios, calles y domicilios de quienes defienden la invasión. Que sus amados apóstoles de la tolerancia sientan en sus carnes la cercanía del bárbaro a punto de ejercer su normalidad biológica. Que sufran el miedo de tener cerca a quien te mira con ojos de violador y no sabe ni conoce qué significa la palabra pensión. Que padezcan el sufrimiento de ver a sus seres queridos humillados sin salir de sus hogares, porque así lo dicta el catecismo del buen progre. No expulsemos a todos los invasores, dejemos a unos cuantos aquí y trasladémoslos adonde moran sus protectores, busquémosles habitaciones en los barrios seguros donde las mujeres, hijas y nietas de los políticos, periodistas y quintacolumnistas del régimen pasean con tranquilidad.
Llevemos su salvajismo a las escuelas donde estudian sus descendientes y amigos, a los parques donde el ‘socialismo Miró’ pasea con alegría, lejos del hurto consumado. Plantémoslos en las tiendas donde las señoras de partido funden sus generosas tarjetas de crédito con cargo a la cueva de Ali Ferraz, o sea, de todos los españoles. Que no dejen de sentir esa inseguridad subjetiva a la que hacía referencia el insuficiente e insignificante hacedor de listas negras, el Beria de Interior, que también será juzgado, como su jefe, no sólo por traición, sino por colaboración con banda criminal.
Con discursos encendidos y apelaciones parlamentarias no se cambia un contexto, ni se guillotina una autocracia. Para que vean el miedo que sufren los que pagan esta rendición firmada, deben sentir el mismo aroma que circula hoy por nuestra querida ciudad hermana de Ceuta: que sufran, los sanchistas políticos y mediáticos, la normalidad intrínseca de quien no distingue, machete en mano, entre monarcas y monsergas.