Marchena, una década al frente de la Sala II
Manuel Marchena Gómez, Las Palmas de Gran Canaria, 1959, abandona en breve la presidencia de la decisiva Sala II del Tribunal Supremo, tras dos lustros repletos de retos decisivos para el Estado de derecho, asunto para el que se había preparado concienzudamente desde sus tiempos de estudiante de Derecho en la otrora prestigiosa Universidad de Deusto.
Marchena es el gran nombre jurídico de la España de nuestros días; por su inteligencia natural, por su sólida preparación y sabiduría para andar y escribir legajos trascedentes, por su sentido del Estado y la defensa del mismo dentro del sistema de libertades y libre autodeterminación ciudadana. Incluso sus más acérrimos detractores (todo hombre de centro vital lógico tiene necesariamente gente a favor y en contra, a derecha e izquierda) reconocen la inteligencia superior que le ha permitido a este canario recriado en todas las Españas destacar entre sus pares.
Desde el 2007 tiene toga de magistrado para deambular con su propio paso por el Tribunal Supremo y fue el fiscal de Sala más joven del Ministerio Público. Luego, derrotó democráticamente a Conde Pumpido cuando el convicto e, incluso, confeso sanchista trató de arrebatarle la presidencia de la Sala II de lo Penal en el Alto Tribunal. Pero quizá por lo que Manuel Marchena pase con letras fluorescentes a la historia jurídica española sea por su rol presidiendo la Sala del Supremo que juzgó a los golpistas secesionistas catalanes en el conocido e histórico juicio al procés.
Consiguió el consenso entre todos los magistrados togados que tenían la responsabilidad de condenar a los sediciosos golpistas que intentaron dinamitar el Estado que conforma la todavía cuarta potencia democrática de la Unión Europea. Ajustó con precisión las penas que luego fueron trastocadas innecesariamente por los indultos a los condenados. Después le tocó comprobar una amnistía claramente inconstitucional abría las puertas a un camino quizá sin posibilidad de retorno.
¿Alguien en su sano juicio y vivencia democrática puede imaginarse el dolor profesional e incluso humano de profesionales probos viendo cómo el poder político, buscando su permanencia en la poltrona, da la vuelta innecesaria a una decisión del Supremo?
Dicen los compañeros de la Plaza de la Villa de París que una vez entregue los trastos de su presidencia, Marchena busca reintegrarse como simple magistrado a escribir sentencias que le toquen en turno. A sus 65 años y en plenas facultades podría ser, quizá, un desperdicio para un país ahíto de hombres justos y suficientemente preparados.
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