La hoguera de las supersticiones climáticas
Arde Europa y el culpable vuelve a ser el mismo que el de todos los años de un tiempo a esta parte (no, no es el Gobierno; nunca es el Gobierno).
España encadena uno de los peores veranos de su historia reciente; Francia ha visto avanzar las llamas hasta las proximidades de Burdeos, Grecia combate incendios cada vez más frecuentes e Italia no se libra de las llamas. Cientos de miles de hectáreas reducidas a cenizas, decenas de miles de evacuados, miles de millones de euros en pérdidas.
Y no hay intriga aquí sobre el malo oficial de esta película sin intriga: el cambio climático. Total, no es una teoría científica opinable, sino un dogma. Es usted, cada vez que coge el coche para ir a trabajar o cuando enciende el aire acondicionado, el que está quemando el monte.
Pero no es el cambio climático el que prende la cerilla, ni el que tiene los montes hechos unos zorros, ni el que pasa de limpiar los cortafuegos, ni mantiene los caminos forestales, ni organiza los dispositivos de emergencia, ni decide dónde se invierte el dinero público. Mejor un fenómeno global que lava todas las culpas.
Va, venga: digamos que el dogma climático es el evangelio, indudables hasta la última coma los informes emanados de la ONU y su IPCC. Supongamos que el calentamiento global está provocado principalmente por las emisiones humanas de dióxido de carbono y que sus consecuencias serán cada vez más graves. Incluso aceptando todas esas premisas, la estrategia europea es un disparate de cabo a rabo.
Y es que el carbono, como los chicos de Open Arms, no entiende de fronteras. Si el problema es global, la solución solo puede ser global. Reducir las emisiones en un continente mientras el resto del planeta continúa aumentando las suyas no modifica perceptiblemente el resultado final. El efecto físico de ese esfuerzo aislado resulta prácticamente imperceptible.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo. China continúa siendo el mayor emisor del planeta y sigue aumentando su capacidad industrial. India necesita consumir cada vez más energía para sacar de la pobreza a centenares de millones de personas y no está dispuesta a renunciar a ese desarrollo. Trump ha dicho, directamente, que el cambio climático es una «estafa» (hoax) y Estados Unidos ha abandonado de nuevo buena parte de la agenda climática impulsada en los últimos años. Europa se queda como una vieja loca, erre que erre, siguiendo unas recomendaciones draconianas que los mismos que las hacen advierten que no sirven de nada si solo las lleva a cabo una parte. Y una parte cada vez más irrelevante.
Ya nadie espera seriamente que Pekín, Nueva Delhi o Washington adapten sus políticas energéticas porque Bruselas cierre una central térmica o imponga una nueva obligación medioambiental a sus industrias. Europa ha dejado de marcar el paso. Simplemente continúa caminando mientras los demás han escogido otra dirección.
Pero, ay, no es cierto que las medidas climáticas europeas no sirvan para nada: sirven para empobrecernos y para limitar nuestras libertades. La energía se encarece. La industria pierde competitividad. Las inversiones buscan países con regulaciones menos gravosas. Se multiplican las obligaciones administrativas. Crece la dependencia exterior de productos que, en muchos casos, se fabrican precisamente allí donde las emisiones siguen aumentando. Europa reduce su peso industrial sin reducir de forma apreciable las emisiones globales.
Ahora, el cambio climático podrá traer las consecuencias apocalípticas que nos auguran o no hacerlo. Pero, en el primer caso, está muy claro quién lo tendrá mejor cuando lleguen las malas noticias: el rico. Esa es la razón por la que un terremoto de idéntica fuerza causa cientos de muertos en el Tercer Mundo y solo unos pocos en un país plenamente desarrollado: tener medios sirve, entre otras cosas, para hacer frente a las catástrofes.
La política climática europea corre el riesgo de convertirse en una versión burocrática de las supersticiones chamánicas, que veían relaciones donde solo hay similitudes superficiales. Porque el cambio climático, en su traslación política, se ha convertido en una absurda superstición. Si el fuego vuelve el verano siguiente, nunca significa que el ritual haya fracasado; solo demuestra que el sacrificio aún no ha sido suficiente.
Quizá esa sea la gran paradoja de nuestro tiempo. Mientras las principales potencias compiten por producir más, innovar más y asegurar energía abundante para sus economías, Europa parece convencida de que su misión consiste en dar ejemplo. El problema es que los ejemplos solo sirven cuando alguien está dispuesto a imitarlos. Y, si nadie los sigue, dejan de ser liderazgo para convertirse simplemente en un costoso acto de fe.
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