Los ‘fontaneros’
Los fontaneros, que no son ya los del gotelé y el plomo sino los del subsuelo del poder, están de vuelta. Vienen con sigilo, sin mono azul ni caja de herramientas, y lo que quieren arreglar no son cañerías, sino taponar corrupción. La nueva fontanera del PSOE, una mujer con carné en el bolsillo y consignas en la boca, ha aparecido como un comisario soviético de pasillo estrecho, decidida a cerrar el grifo a quienes husmean donde huele a cloaca.
Porque huele, señores. Huele a agua estancada, a la humedad vieja del poder descompuesto. Lo que está pasando no es una anécdota política ni una travesura parlamentaria: es un engranaje deliberado, un plan sistemático para convertir al Estado en un invernadero de obediencias. Cerdán, el muñidor, el hombre de las sombras, ha sido descubierto, desnudo y sudando tinta ante lo que ya no puede ocultar. Lo de ahora se parece más a una Gestapo institucional que a una democracia consolidada.
La unión del PSOE con sus nuevas izquierdas e independentistas —esas sucursales del resentimiento: PNV, Sumar, Podemos, ERC, Bildu, Junts— no es coalición sino colusión. La Fiscalía de Álvaro García Ortíz, servil y mansa, se agacha ante el caudillismo de salón de Sánchez, porque ha sido pillado con más roscas tontas que listas. Aquí no hay división de poderes, hay reparto de habitaciones en un hotel sin salida. Todo parece escrito por Orwell y rodado por Berlanga. Dice Tocqueville que el despotismo no aparece con cadenas y fusiles, sino con leyes amañadas y silencios cómplices.
Han creado una maquinaria: hay que controlar a los jueces -excepto a Conde- Pumpido que la historia le pondrá en su lugar-, desacreditar a la Guardia Civil (UCO), y calumniar a quien no cante el coro de la propaganda. La estrategia es grosera, pero hasta ahora efectiva, y ahí están sus socios de gobierno porque quien apoya y calla, otorga: primero siembran sospechas, después exigen dimisiones, y al final purgan como en los buenos tiempos del estalinismo. La nueva fontanera no arregla fugas, instala censuras. Lo suyo es cerrar válvulas, sellar testimonios, convertir la transparencia en sospecha.
Y el país, como siempre, se resigna. Pero un país que calla cuando se derriba a la UCO, que traga cuando se utiliza a la Fiscalía como arma blanca, no es un país, es una costumbre. Salid. Hay que salir. A la calle, a los balcones, a los cafés. Esto ya no es política, es fontanería de Estado. Y nos están sellando las ventanas con silicona de miedo.
Pero hay que actuar. No mañana. Hoy. Porque cuando los fontaneros del poder logren sellar la última salida, será tarde para quejarse del humo.
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