Es la demografía, estúpido
Más de 1,17 millones de inmigrantes han solicitado acogerse a la regularización extraordinaria impulsada por Sánchez. El dato, que ha superado todas las previsiones y que con toda probabilidad se quedará muy corto cuando empiecen las reagrupaciones familiares, se defiende desde el Gobierno con muchos argumentos, desde el lacrimógeno al económico, pero lo que subyace en el fondo es un factor que empieza a ser común en todas partes: España no tiene hijos.
No tiene hijos, entiéndase, en cantidad suficiente para mantenerse. Sabemos que es una excusa, pero es terrible cuando las excusas son, además, verdades. Los números no mienten; a este ritmo de natalidad, no solo nuestro país, sino el planeta entero empezará a decrecer en un plazo previsible. Y no será, sin más, un mundo con menos gente: será un mundo con menos jóvenes productivos y una proporción inasumible de ancianos, consumidores netos.
La tragedia del periodista, si me permiten el inciso, es que apenas puede dar la gran noticia de cada época, porque esta rara vez consiste en un único suceso concreto. En nuestro caso, la demografía, uno de los más lentos e invisibles fenómenos, es la mitad de la historia de lo que nos afecta hoy y lo que determinará el mundo de mañana.
Y lo peor es que llevamos décadas concienciados exactamente de lo contrario. Quienes hoy rondamos los sesenta crecimos escuchando que el gran problema del futuro sería la explosión demográfica. The Population Bomb, de Paul Ehrlich, los informes del Club de Roma y una inacabable sucesión de documentales y reportajes nos acostumbraron a imaginar un planeta superpoblado, incapaz de alimentar a sus habitantes. Aquellas profecías no se cumplieron. Pero sí triunfó algo mucho más duradero: la idea de que el exceso de población era el gran desafío de la humanidad. Por eso es tan difícil alarmar a la gente del peligro contrario.
Pero los signos están por todas partes. Grecia cerrará este curso más de setecientas escuelas por falta de alumnos. Alemania quiere ampliar de forma drástica su Ejército y descubre que el problema no es fabricar carros de combate, sino encontrar jóvenes dispuestos a vestir el uniforme. Japón reconoce oficialmente que la población en edad de reclutamiento caerá cerca de un treinta por ciento en las próximas dos décadas y adapta sus Fuerzas de Autodefensa a esa realidad. España regulariza a más de un millón de inmigrantes porque necesita trabajadores.
Durante medio siglo nos preguntamos cómo alimentaríamos a una humanidad cada vez más numerosa. La pregunta del siglo XXI empieza a ser otra: ¿quién sostendrá una civilización que deja de producir jóvenes? Porque no desaparecen habitantes de todas las edades por igual. Desaparecen primero quienes todavía no habían nacido. Los hospitales siguen llenos. Las residencias también. Pero las aulas empiezan a vaciarse. Escasean los aprendices, los ingenieros, los albañiles, los médicos, los policías y los soldados. El mundo no se queda sin personas. Empieza a quedarse sin personas en la edad en que trabajan, crean empresas, investigan, cuidan de sus hijos y sostienen a quienes ya no pueden hacerlo.
Y no hay aspecto del panorama mundial sobre el que no impacte este fenómeno. Mientras hablamos del petróleo, del gas, del litio, de las tierras raras o de los microchips como recursos estratégicos, nos olvidamos del recurso verdaderamente insustituible: la gente. Especialmente, la gente que innova, que produce, que crea, que emprende. Y mientras que siempre es posible encontrar un nuevo yacimiento de tierras raras o un pozo de petróleo inexplorado, no es posible recuperar la generación que no llegó a nacer.
Alemania puede destinar cientos de miles de millones de euros al rearme. Japón puede duplicar su presupuesto militar. España puede convocar miles de nuevas plazas para médicos o profesores. Ninguno de esos gobiernos puede fabricar veinteañeros para la próxima legislatura.
Esta es la excusa más plausible para una inmigración masiva que está causando muchos más problemas de los que resuelve y que está amenazando la continuidad nacional de muchos países occidentales. Pero que es más una excusa que una verdadera razón, lo podemos comprobar por un dato sencillo: con excepciones que se cuentan con los dedos de una mano (Hungría, se me ocurre), los gobiernos no hacen nada para animar a la gente a tener más hijos. Al contrario: están creando condiciones en las que formar una familia es directamente heroico.
Sobre todo, la inmigración, en el mejor de los casos (estoy siendo optimista), puede constituir un alivio momentáneo, pero no resuelve el problema, al tiempo que produce muchos nuevos. Los inmigrantes también envejecen. También se jubilan y también terminan adaptando su fecundidad a la del país que los recibe.
En última instancia, la negativa a reproducirse en un pueblo parece la expresión de una extraña pulsión de muerte, jaleada por una mentalidad cada vez menos capaz de pensar a largo plazo.