Una copa a las once, once copas a la una
En este momento histórico, en el que todo es desesperadamente inestable y cambiante, en el que, si quieres estar mínimamente informado de la actualidad, tienes que estar todo el día pegado al móvil o a la televisión, cualquier cosa o persona que roce la autenticidad me parece especialmente relevante. La confrontación política se degrada cada día más, poniendo en jaque la esencia misma de nuestro sistema de convivencia. Si antes buscábamos estar representados por los políticos, ahora nos basta con identificarnos mínimamente con alguna de sus actuaciones (ya ni siquiera ideales, que en la mayoría brillan por su ausencia). En este ambiente que demuestra claramente que hay una crisis profunda en las estructuras que cimientan el sistema, cualquier idea que esté regada de lógica, de evidencia, de legitimidad y de certeza se me asemeja al agua bendita.
Y así sucedió el domingo por la mañana, cuando, al leer la prensa nacional para ir planteando mentalmente esta columna, me encontré un texto tan lúcido y bien escrito como acertado en los días que corren. No descubro nada si digo que la juventud (o la mayoría de ella) avanza perfectamente preparada para alimentarse de forma saludable y equilibrada. Puedo comprobarlo a diario en mis propios hijos. Cuidan muchísimo lo que ingieren para tener a punto su organismo. Yo no soy tan exquisita en esas cuestiones, lo mismo me da comer vacuno wagyu que un plato de espagueti a los cuatro quesos (aunque sólo lleve un tipo de queso) y repetir lo mismo por la noche y al día siguiente. En eso no soy nada especialita. Sin embargo, con lo que ingiere mi mente soy de una exigencia inaudita. Al final, por un lado o por otro, todos tenemos un tirito dado.
Esta dieta de estupideces a la que me someto sin remedio por propia voluntad restringe mucho mis posibilidades de repetir lo que otros compañeros esbozan en sus prestigiosas columnas. Simplemente, porque no leo a casi nadie. Sin embargo, reconozco que los suplementos de los domingos de los dos periódicos más clásicos de este país, uno crítico con el Gobierno y el otro tradicionalmente afín, suelen ser joyitas que me gusta disfrutar. Sólo algunos y no siempre, eso nos pasa a todos.
Si tenemos algún texto especialmente brillante algún día, podemos relajarnos y pasar unas semanitas en modo avión, sobreviviendo en este maravilloso pantano de las letras. Pues en esta costumbre, leí el pasado domingo uno de los textos más lúcidos, bien escritos y acertados de todo el invierno. Felicito efusivamente a Ignacio Peyró por su Elogio ilimitado del aperitivo. Me gustó tanto el texto y me sentí tan identificada con la idea que defiende, que lo recorté y lo he guardado junto a una decena más que tengo recopilada como joyitas literarias de obligada lectura sine die.
Dice Peyró que esos minutos del aperitivo están mejor invertidos que los ahorros de Elon Musk, «sin más encrucijadas morales que tomarse o no tomarse el plato de aceitunas». Afirma que es una de las invenciones que honran a la especie que inventó la música, el aire acondicionado o la Seguridad Social. Es, ciertamente, un fácil alivio para esta sociedad doliente, que vive en una eterna encrucijada. «El fino espabila el apetito de comer no menos que el hambre de vivir». No puedo estar más de acuerdo con esta filosofía de vida. Ese ratito al final de la mañana, en el que hay algo en el ambiente que dice todo está bien y que puedes hacer un merecido receso, es pura inteligencia adaptativa.
Es fantástico que nuestros jóvenes estén mentalizados para cuidar su alimentación y tener así un cuerpo saludable, pero no es menos necesario atender lo que ingiere la mente para tener criterio e ideas propias. Se escriben a diario soberanas estupideces con calidades literarias de echarse a llorar, peores que la hamburguesa más putrefacta del mercado. Sin embargo, esta realidad hace que encontrar perlas como este texto sea aún más emocionante. Todo tiene su lado bueno. Felicidades, Peyró, a ver si en algún momento coincidimos: «Aquí una caña, allí un vermú», para eso que dices de «sentir que hemos vivido y no fue en vano».
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