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El alga forma parte del paisaje habitual de ríos y arroyos en gran parte del mundo. En las piedras del lecho fluvial es frecuente observar capas verdes y resbaladizas, conocidas como algas epilíticas, que cumplen un papel básico en la cadena trófica. A ellas se suman otros tipos, como las cianobacterias, que pueden resultar tóxicas, y las algas filamentosas, cada vez más abundantes.
Estas últimas, caracterizadas por largos filamentos verdes que pueden alcanzar varios metros, están generando interrogantes dentro de la ecología fluvial. Su crecimiento acelerado produce grandes cantidades de biomasa vegetal que altera el aspecto y la dinámica del río.
¿Por qué el alga filamentosa está alterando los ecosistemas de los ríos?
Investigadores de varias universidades estadounidenses han documentado en los últimos años floraciones de alga filamentosa de gran escala en ríos del oeste de Estados Unidos.
Según la ecóloga fluvial Alice Carter, estas proliferaciones generan una enorme cantidad de biomasa y modifican la estructura del ecosistema. El estudio principal sobre este fenómeno fue publicado en la revista Ecology, una de las referencias internacionales en investigación ecológica.
Aunque no son venenosas, estas algas interfieren con usos tradicionales del río, como la pesca o las actividades recreativas. Además, su impacto va más allá de lo visible: estas masas vegetales funcionan como un callejón sin salida dentro de la red alimentaria, ya que no sostienen adecuadamente a peces ni a comunidades de macroinvertebrados.
El problema no es únicamente estético o funcional. La acumulación de alga filamentosa cambia el equilibrio entre los distintos productores primarios del río, desplazando a otras algas más pequeñas y de ciclo rápido que resultan clave para el funcionamiento del ecosistema.
El papel oculto de la alga epilítica
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que, pese al dominio visual de la alga filamentosa, el funcionamiento del ecosistema fluvial no cambia de forma drástica. La producción de carbono y los procesos metabólicos del río se mantienen relativamente estables gracias a la alga epilítica.
Este tipo de alga, menos llamativa y de crecimiento rápido, es la que sostiene realmente la productividad del sistema. Aunque ocupa una superficie menor, se renueva con rapidez y alimenta la base de la cadena trófica.
En contraste, el alga filamentosa crece lentamente, acumula biomasa y define la estructura física del ecosistema, pero aporta poco a su funcionamiento.
Los datos recogidos durante dos temporadas de crecimiento muestran que ambas algas producen cantidades similares de carbono, a pesar de sus enormes diferencias en tamaño y volumen. Este desacoplamiento entre estructura y función resulta llamativo para los científicos.
Los ríos se comportan distinto a otros ecosistemas
En los ecosistemas terrestres, una mayor cantidad de biomasa suele ir acompañada de una mayor productividad. Sin embargo, en los ríos estudiados esta relación no se cumple. El alga filamentosa domina el paisaje, pero no incrementa de forma proporcional la actividad ecológica.
Este fenómeno sugiere que los ríos pueden comportarse de manera distinta a otros ecosistemas. La proliferación de algas no estaría necesariamente ligada a un exceso de nutrientes, como se pensaba tradicionalmente, sino a otros factores aún por identificar.
Comprender cuál es el punto de inflexión que favorece estas floraciones permitiría diseñar estrategias de gestión más eficaces. En lugar de grandes campañas de reducción de nutrientes, podrían explorarse soluciones menos complejas para devolver a los ríos un estado más equilibrado.
La investigación continuará en los próximos años y sus resultados ya están influyendo en el debate científico sobre el papel del alga en los ecosistemas fluviales y su impacto real en la salud de los ríos.
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