Fumata blanca o negra: ¿cómo consiguen cambiar el color del humo?
La fumata es una tradición que se remonta al año 1903, durante el Cónclave que eligió al Papa Pío X
La fumata, el humo que indica la elección o no de un Papa, es una tradición que se remonta al año 1903, durante el Cónclave que eligió al Papa Pío X. Aunque el uso del humo tiene raíces anteriores como medio para destruir las papeletas del voto, fue en ese Cónclave cuando comenzó a emplearse de manera más formal y sistemática para informar visualmente al público si se había alcanzado una decisión.
Actualmente la fumata se genera quemando las papeletas de votación en una estufa especial instalada en la Capilla Sixtina, junto con productos químicos que aseguran el color del humo:
- Fumata blanca (hay Papa): se logra añadiendo una mezcla de perclorato de potasio, lactosa y colofonia, que produce un humo blanco y espeso.
- Fumata negra (no hay Papa): se consigue con una mezcla de perclorato de potasio, antraceno y azufre, generando un humo negro visible.
Desde el Cónclave de 2005 (elección de Benedicto XVI), también se utiliza una segunda estufa eléctrica conectada a un sistema electrónico que ayuda a controlar mejor el color del humo, evitando confusiones como las que ocurrieron en Cónclaves anteriores. Tras la elección de Benedicto XVI el cardenal holandés Adrianus Simonis relató que la Capilla Sixtina se llenó de humo cuando la estufa, recién modernizada con productos químicos para aclarar el color, falló estrepitosamente. El humo blanco salió al fin, pero no sin antes convertir el recinto en una nube asfixiante.
Ahora bien, una de las fumatas más caóticas de la historia ocurrió en 1958, durante la elección de Juan XXIII. Tras varios días de votaciones, el 28 de octubre la chimenea empezó a soltar humo. Primero pareció blanco, desatando gritos de júbilo en la Plaza de San Pedro, pero luego se tornó grisáceo y finalmente negro, dejando a los fieles desconcertados. Los encargados de quemar las papeletas usaban una mezcla de paja húmeda para el humo negro (sin Papa) y seca para el blanco (con Papa), pero la fórmula falló. La multitud pasó de la euforia a la decepción en minutos, hasta que las campanas de San Pedro confirmaron que, esta vez «Habemus Papam» («Tenemos Papa»). Juan XXIII, conocido por su humor, bromeó después sobre cómo hasta el humo parecía dudar de su elección.
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