Barrios es el diablo del Atlético
Los rojiblancos exhibieron su superioridad ante el Manchester United
Barrios inauguró la fiesta en el primer minuto y Lookman redondeó la noche
El Manchester, entregado a la imaginación de Bruno Fernandes, acabó con un jugador menos por la expulsión de Yoro
Cuando los jugadores de Atlético y Manchester United se presentaron en el Metropolitano y levantaron la mirada, entendieron el guion. «Defended lo que amamos», rezaba el fondo sur del estadio. Lema presidido por Blas de Lezo y acompañado por una bandera de España que daba la vuelta al estadio, dibujada por todos los aficionados con sus cartulinas en alto. Reciente Día de la Hispanidad, Blas de Lezo y un rival inglés. Imposible más ingredientes nacionales. La trama fue una secuela de la histórica batalla naval. El bando español se impuso al inglés. El Atlético rindió (2-0) al Manchester y se quita el peso en Champions.
De Metropolitano al Metropolitano, eso sueñan en la parte rojiblanca de Madrid. De octubre a junio, un viaje de ocho meses con despegue y aterrizaje deseado en idéntico aeropuerto. En el mismo ring donde claudicó el Manchester se celebra en junio la final de la Champions. El camino ha empezado con el pie derecho después de hacerlo con el izquierdo en la primera jornada ante el Liverpool. El Manchester actual tiene más magnitud que recursos. Pocos más allá de lo que imagine Bruno Fernandes.
Tan arrítmico anda el Manchester que no le había dado tiempo a posarse con los dos pies cuando se quedó sordo de uno. O tan coral se mueve este Atlético, todo sea el punto de vista. Sea como fuera, el primer golpe no se demoró ni un minuto. Lo que tardó este Baena 2.0 en hacer lo que hacen los grandes futbolistas. Controlar, ver, pensar y ejecutar en el área, donde todo pasa muy rápido. Habilitó la entrada de Barrios y golpeó lo suficiente para que el balón entrara. Llorando, pero entró por más que Heaven intentó frenarlo desde el suelo.
Y la secuencia terminó con Barrios dibujando un 6 al cielo. De heredero a capitán. En honor de Koke y en memoria de Ana Merodio, madre de Koke fallecida este martes. Faltaba el capitán, pero estaba el heredero. Junto a él los que descansaron en Vitoria -Baena y Kang-in Lee- y Julián Álvarez, cuya titularidad estaba cantada desde el pasado sábado, cuando fue suplente ante el Alavés. De primero de cholismo. El Manchester, sin delantero puro de inicio, trató de arrebatar la posesión. Muy osado ante este Atlético que disfruta con balón; muy osado para este Manchester que apenas es una rémora de lo que fue.
Ya se pueden gastar más de 1.500 millones de euros en la última década que, si no hay una línea de juego a seguir, el castillo se convierte en uno de naipes. Ni una leyenda como Carrick puede con ello. Ya ha firmado el peor arranque del club desde 1986. Con dinero se compran individualidades, como la de Mbeumo, que rozó el gol en dos ocasiones, pero alcanza para el colectivo. El Manchester vivía por destellos, mientras que el Atlético por la fuerza del grupo.
Así se topó Grimaldo con la escuadra y Llorente con el VAR, que invalidó otro gol de museo. El Atlético fluía, pero esperaba a Julián. El argentino estuvo móvil y participativo en la jugada, pero tiene la aureola oscurecida. Se topó con el palo en una ocasión que ya celebraba la grada. Incluso cuando lo tiene a favor, le sale en contra. Le conviene no descuidarse, pues Jonathan David volvió a dejar buenas sensaciones y prácticamente aporta un gol o asistencia por partido. Julián lleva 167 días sin marcar gol. Se dice pronto.
Jonathan David está en ese momento en el que saca algo potable de aguas contaminadas. Retiene el balón de espaldas, ataca el espacio y obliga a los defensas a equivocarse. Un balón aparentemente fácil para Yoro se convirtió en su perdición después de que Jonathan David le ganase la posición y acabara trastabillado. Expulsión para el central. Una roja de esas del fútbol de ahora. Con un jugador menos ya fue imposible para el Manchester y, por si acaso, Lookman dobló la ventaja del Atlético. Victoria cómoda para Simeone, más que aquella de Blas de Lezo.