All Star de la NBA: había una vez un circo
Si no lo viste, no te perdiste absolutamente nada. Igual has leído por ahí que se rompieron todos los récords de anotación: cierto. Los 374 puntos combinados entre la unidad del Este (182) y la del Oeste (192) en el encuentro es la mayor puntuación lograda en las 66 ediciones que hasta la fecha se han celebrado… Y éste es un récord completamente hueco.
Los 52 puntos de Anthony Davis que le coronan como máximo anotador histórico del evento (al superar los 42 logrados en la edición de 1962 por Wilt Chamberlain, una leyenda eterna de la NBA) son totalmente insignificantes. Y también lo es su, también histórico, porcentaje de conversión de canastas en juego (66’6%).
Los 75 mates que vimos en el partido, los 162 tiros de campo, o el triple-doble de Kevin Durant (cuarto jugador en lograr uno en la historia del Partido de la Estrellas), no tienen realmente la trascendencia legendaria por la que estadísticamente pasarán a la Historia.
Nada de esto vale para nada porque los jugadores simplemente, de un tiempo a esta parte, han decidido tácitamente no defender. Sin defensa, no hay ataque. Sin defensa, no hay partido. Sin defensa, no hay baloncesto. Este acuerdo tácito de no defensa llegó a su máxima expresión en el pasado evento: la absoluta, total, vergonzante ausencia de defensa y de implicación competitiva de esta 66 edición del Partido de las Estrellas lo ha llevado a convertirse en una burla de si mismo.
Un simulacro infame
El Fin de Semana de las Estrellas es una fecha tradicionalmente marcada en el calendario. Permite a los jugadores no seleccionados reunir varios días de descanso seguidos para irse a unas saludables vacaciones. Los seleccionados tienen la oportunidad de lucirse ante los focos de la sobreexposición mediática que les espera.
El evento nació en 1951 como una selección de honor: los mejores jugadores del Este y los mejores del Oeste dejaban por una noche sus equipos para conjuntarse bajo la batuta del mejor entrenador de su conferencia en un encuentro por el honor de su región. Ese era el corazón de la gran fiesta de la NBA.
Cargándose de aspectos carnavalescos en detrimento de la quintaesencia del encuentro en sí, haciéndose pasillos los unos a los otros para ejecutar el mejor mate, aquello a lo que finalmente atendemos los seguidores NBA es una magnífica muestra de condiciones atléticas mucho más cercana a los Harlem Globetrotters que a un partido de baloncesto de la mejor liga del mundo. Todos estos récords rotos deberían figurar con un asterisco al lado en la Historia de la NBA. Por respeto a la gente que sí los logró compitiendo de verdad.
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